domingo, 28 de mayo de 2006

Miedo

Pintada en una pared, en Italia

Se dice que todos llevamos dentro el estigma del inquisidor. Yo no acabo de creérmelo. Pero sí parece cierto que abundan más de lo que debieran las miopías y las cerrazones mentales. En una extraña pirueta, los “mayores” parecen olvidar que años atrás fueron jóvenes, a veces díscolos e inconformistas. Se aferran a unos principios (a menudo pura fachada pero nunca lo aceptarían) y pretenden imponerlos manu militari a los que están creciendo detrás.

Educar, más que enseñar y conducir por un determinado camino es abrir las mentes al aprendizaje, ayudar a descorrer los pesados velos que ocultan las distintas realidades, propiciar que el educando descubra sus opciones personales y encauzarlo hacia ellas.

Educar es también intercambiar experiencias, aunque siempre se ha dicho (equivocadamente) que nadie escarmienta en cabeza ajena. Creo que es un error de base considerar al educando y al educador en planos netamente diferenciados. Educar y educarse son posturas inseparables y, además, intercambiables: nadie nace sabiéndolo todo ni muere sabiéndolo todo.

Pero eso implica tener la mente abierta y sensibilidad para comprender de manera libérrima a las personas que nos rodean y constituyen el mundo de relación más inmediato, y por tanto, más poblado de sentimientos.

Parece como si la sociedad de los “mayores” tuviera miedo de verse desgarrada y abducida si las libertades personales no se canalizaran hacia un ejercicio pautado, acordado previamente. Se protege imponiendo una libertad descafeinada, en todo caso. Y contra eso hay muchas voces, particularmente jóvenes, que se rebelan.

La maniobra maniquea que la sociedad de los mayores ejercita es la del consumismo-dependencia. Bombardeados por el consumismo y por la escasez de oportunidades para lograr la independencia (económica), la mayoría de los jóvenes han de someterse a la disciplina familiar hasta edad madura, entrando al cabo en la rueda del “tanto tienes, tanto vales”. Triste ley de vida, actualmente, que rechazo de plano.


En algún sitio he leído (creo que fue de pasada, en un blog) que para madurar libremente hay que ir despojándose de los viejos anacronismos aprendidos, para vestirse por dentro y por fuera de ideas renovadoras, creativas. Para ello hace falta valor.

Ten, pues, valor y lucha inteligentemente contra el miedo "protector" de los mayores.




1 comentario:

Mari-- dijo...

Es cierto que llevamos el inquisidor dentro.
Está grabado a fuego, y lo más difícil es mirarlo a los ojos y neutralizarlo. Es más fácil ver al inquisidor externo.
Eso entendí en esta frase:
"Ni a los Lestringones, ni a los cíclopes,
ni al fiero Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón..."
(tiene tela el poema, como dicen por tus tierras)