He pasado unos días apacibles, otoñales, en los albergues de Péret (Francia), un pueblecito de no más de 500 almas situado en el corazón de los viñedos de L’Hérault. Buenos vinos, buena cocina campiñesa y todo el tiempo del mundo para dar largos paseos y pensar en las musarañas. El pueblo tiene apenas una docena de calles, una de las cuales está dedicada a los esposos Curie. Intenté en vano recordar algún pueblo o ciudad española con alguna vía pública dedicada a algún científico español de renombre universal pero resultó en vano. Quizás Severo Ochoa.
Y es que, mientras el desarrollo de las ciencias debe mucho a científicos franceses como Pasteur, Lavoisier, Carnot, Pascal, Ampère, Becquerel, Gay-Lussac, Fourier, Laplace, Cauchy, l’Hôpital, Poisson, Berthollet, Le Châtelier, Baumé, Flammarion (por mencionar sólo a algunos, a los que los franceses honran dedicándoles calles y plazas) cuyas aportaciones recuerdo haber estudiado en mis años de bachillerato, en esos mismos años y textos de formación básica no recuerdo que figurara ningún científico español. Y me he preguntado por qué.
La respuesta a la raquítica aportación española al panorama de las Ciencias (con mayúscula) podría ejemplarizarse en la desafortunada frase nada menos que de D. Miguel de Unamuno, dicha a comienzos del siglo XX: “¡Que investiguen ellos!”. O la más genérica, trágica y patética del matón con galones de general Millán Astray (que sí tiene o ha tenido muchas calles con su nombre): “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!” (relacionada, curiosamente, con un discurso de Unamuno). Y es que durante demasiados siglos ha habido el triste convenciendo de que los españoles debían ser la mitad frailes y la otra mitad soldados (las españolas contaban poco en la comedia).
La rica España Imperial, esa en cuyas tierras no se ponía el sol, no fue capaz de alumbrar ningún científico. Muchos humanistas, eso sí. Pero en Francia, en Alemania, en Inglaterra e incluso en Italia, además de grandes humanistas fueron surgiendo esas cabezas pensantes que, contra viento y marea en ocasiones, han hecho posible el desarrollo científico y tecnológico que disfrutamos todos.
El “quid” de la cuestión está ahí: en el poder ilimitado que durante siglos han ejercido la Iglesia Católica y las instituciones militares sobre la educación. Sobre todo la Iglesia y su política castrante del desarrollo científico que tan frontalmente choca con el inmovilismo dogmático. Sí, que investiguen los otros, los librepensadores, los heterodoxos, los descreídos, los ateos, los protestantes, los infieles, los condenados al fuego eterno. Mientras tanto, veamos la televisión que se ha inventado gracias a ellos…
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