sábado, 19 de mayo de 2012

Desde mi higuera (29)


Lisboa es una ciudad que me encanta. Ya me gustó cuando la visité por primera vez hace por lo menos cuarenta años, a pesar del aspecto entonces ruinoso y sucio de algunos de los barrios populares de la Lisboa antigua. Hoy es una ciudad moderna gracias al reto que supuso la celebración de la Exposición Internacional de 1998. Pero en realidad ya era moderna cuando el Marqués de Pombal la reconstruyó tras el terremoto de 1755. A Portugal llegó La Ilustración con toda su fuerza y eso se nota en el diseño urbanístico de la capital de un imperio en el que tampoco se ponía el sol: amplias avenidas, entramados callejeros ortogonales, plazas soleadas y los característicos empedrados de caliza blanca. Nada parecido sucedió en el Madrid ilustrado, como es bien sabido.


Me gusta pasear desde la Plaza del Marqués de Pombal, por la Avenida da Liberdade, hasta Restauradores y seguir por Rossio hasta la Plaza del Comercio, abierta al estuario. Todo un símbolo. Si se hace la hora de comer o de cenar procuro rehuir las muchas ofertas restauradoras de la Rua da Palma para dirigirme a la Casa do Alentejo, un viejo caserón del siglo XVII que conoció tiempos gloriosos en el siglo XIX como casino, hoy envejecido, decadente y plagado de desconchones en sus pinturas murales pero con una excelente cocina alentejana. O, si se tercia, subir al Barrio Alto y sentarme en la mesa corrida de algún restaurante popular donde algún cantante de fados desgrana su melancolía en la cálida noche primaveral.

Lisboa multirracial y tolerante, como corresponde a su herencia imperial. Y no me olvido de tomar unos pasteles de feijão mientras saboreo alguna de las más de veinte variedades de café ofertadas en las buenas cafeterías. Lisboa antigua y señorial. Sí señor.