miércoles, 14 de diciembre de 2011

Desde mi higuera (25)


La ingeniería financiera está de moda con tantos casos sub judice o ya juzgados (con sentencia condenatoria) de los últimos años, desde que el conocido “ingeniero” Mario Conde fuera investido con el Doctorado Honoris Causa por la Complutense de Madrid a finales de los años 80 del siglo pasado. ¡Vaya metida de pata y vaya desprestigio para tal honor y para la Universidad que lo otorgó! Pero no cabe duda que el “ingeniero”, guapito de cara, es un tipo listo y sabe sacar leche de un botijo: en los años de cárcel para penar sus delitos ha colocado en la industria editorial varios best seller, cuyas ganancias está disfrutando rotatoriamente en sus fincas multimillonarias. Y es que, en el fondo, todos llevamos dentro un “ingeniero” esperando la oportunidad de hacer de Conde y nos apasiona conocer sus trucos.

Otro caso de “ingeniería” con proceso judicial en ciernes lo está protagonizando estos días el Excelentísimo Señor Iñaki Urdangarín, diestro en el pelotazo tras sus muchos años de balonmanista. La Justicia se encargará de aclarar sus cuentas y sancionarlas como sea de justicia. Mientras tanto ya no comerá de gorra en los actos oficiales, aunque maldita la falta que le hace con los millones que dicen que ha afanado.
Y es que la Casa Real, sea dicho con todo respeto hacia la institución, no ha tenido suerte con los yernos. Uno echa en falta aquí a alguien como la vieja Reina Federica de Grecia (la madre de nuestra reina Sofía), que era el bicho que picó al tren. Ella no se hubiera dejado seducir por braguetazos y hubiera llevado a sus nietas más tiesas que un huso, como llevó a su hija hasta que pronunció el “Si, quiero”. Claro, que con ella tampoco tendríamos en la Casa Real a una plebeya que, dicho sea de paso, me parece una mujer íntegra y buena esposa, que aporta sangre limpia y roja a la deteriorada sangre azul.

Y ya, para cerrar el trío, debo mencionar a ese extraordinario “ingeniero” que es Ruiz Mateo, el reincidente. No encuentro palabras para calificar su sinvergonzonería superlativa.

En el fondo, lo que se trasluce de estos trabajos de “ingeniería” es que el sistema financiero tiene agujeros por los que colar fondos hacia los bolsillos particulares. Yo, que tiendo a ser malpensado, creo que son agujeros hechos a propósito y convenientemente camuflados. El fallo de los “ingenieros” está en no calcular adecuadamente la sección del agujero e intentar hacer pasar por él demasiado caudal, lo cual provoca inundaciones visibles. Porque, por lo demás, como decía mi madre, con paciencia y saliva se folló el elefante a la hormiga…

sábado, 3 de diciembre de 2011

Desde mi higuera (24)


Esta tarde me he puesto perdido por la lluvia. Estaba tranquilamente sentado bajo las desnudas ramas de la higuera, removiendo con una caña la hojarasca para ver la intensa vida que anida bajo las hojas secas cuando el sol ha sido ocultado tras negros nubarrones y, sin darme apenas tiempo para buscar cobijo, se ha puesto a llover.

De pronto he caído en la cuenta que la próxima semana es semana de puentes, sobre todo para la miríada de funcionarios que organizan con precisión de relojero sus “moscosos” (¿estará en la cárcel su inventor, el exministro Moscoso?) para tener más vacaciones que nadie. Pero, mala cosa si el tiempo se tuerce.
Junto a las nefastas noticias del paro, los recortes económicos y otras lindezas, nos cuelan que para esta semana que entra se esperan no sé cuántos millones de desplazamientos en automóvil, y que la Guardia Civil ya tiene preparadas las operaciones de salida y retorno para ver si hay suerte y se mata menos gente por las carreteras que el año pasado por estas mismas fechas. ¡Ah, las estadísticas! ¡Cuántos misterios encierran! ¿Pero, no habíamos quedado en que estamos hasta el cuello? Serán, sin duda, sólo los cinco millones de parados que, total, sólo representan cuatro o cinco millones de hogares. Los demás (quizás no todos) pueden permitirse el capricho de darse un garbeo para ahogar en vino la angustia de tener trabajo todos los días.

Turismo interior… Sí, ya sé que no genera riqueza. Que es como cambiarse el dinero de bolsillo para el Estado, cuyo único beneficio en este caso son los impuestos directos que el consumo genera. Pero ayuda a los hosteleros a hacerse la ilusión de que entra “cash” fresco y, como dicen, al menos cubren gastos y mantienen abiertos sus establecimientos. Pero saben en el fondo que el turismo interior es un “bluff”, un engaño económico. El dinero que verdaderamente hace hervir la olla es el que llega de fuera, del extranjero. Ése sí que suma. Porque el de dentro sólo se desplaza cambiando de manos. Y, en cuanto te descuidas, se arma otra burbuja…

lunes, 21 de noviembre de 2011

Desde mi higuera (23)


Ayer los españoles que ejercieron su derecho al voto decidieron mayoritariamente que había que dar un giro a la derecha de la política gubernativa. El resultado era previsible. España va mal, las cosas van mal y los políticos son la casta más desprestigiada del momento, con un desprestigio ganado a pulso día a día con sus escándalos, negaciones y silencios. La elección no era sencilla, pero la mayoría del electorado mueve su voto no por los colores políticos sino por las necesidades de su entorno inmediato. Muchos se habrán dicho: “Los que mandan no nos sacan de apuros. Veamos si otros lo hacen”. La democracia occidental se ha convertido en un sistema de “trial and error”, en un “veamos si ahora funciona”. Lo que probablemente ignora (o de lo que no es consciente) la mayoría de votantes es que la solución de los grandes problemas de la crisis no va a depender de la voluntad política española. España tiene pocos medios para producir riqueza: nuestro sector primario (industria, agricultura, pesca) es escaso y el terciario (turismo y anejos), que es la tajada del león del PIB, es muy volátil, especialmente en tiempos de crisis.
Ciertamente, el engrosamiento de la deuda es en gran medida consecuencia de medidas políticas internas dictadas en tiempos de bonanza y con poca previsión de futuro. Una de nuestras desgracias políticas es la miopía de nuestros próceres, que no ven más allá de la legislatura en la que les toca oficiar, lo cual da pocas opciones para políticas de largo alcance. Otra cosa son las coplas que nos cantan, porque, como dice la sabiduría popular, una cosa es predicar y otra dar trigo. Los nuestros se suelen quedar más en las prédicas y apelan a la esperanza.
Mientras tanto, la banca internacional se frota las manos desde hace tiempo porque ha encontrado la forma de ganar dinero gestionando la deuda de países como el nuestro a unos intereses de usura. Poco importa quien haya ganado estas elecciones: de apretarnos el cinturón no nos vamos a librar mientras no cambie el ciclo económico y las bases en las que se asienta, un asunto en el que España, tristemente, no pinta nada. La cosa es tan vieja como la Biblia: vacas gordas y vacas flacas…

martes, 20 de septiembre de 2011

Desde mi higuera (22)

He estado una semana en Toulouse (Francia), la vieja Tolosa capital del reino visigodo occitano y uno de los núcleos de resistencia cátara. Es una ciudad encantadora, solazada en las riberas del río Garona (siempre me ha resultado chocante que los franceses asignen a los ríos el  género femenino: “la Garonne”), un río caudaloso alimentado por las nieves de los Pirineos. Me encanta pasear por su casco antiguo, que conserva el trazado dieciochesco y no pocos edificios de aquella época, y sentarme en alguna de sus pequeñas terrazas a contemplar el paso de una gente multirracial completamente integrada en una floreciente polis de medio millón de habitantes, tres universidades y gran aparato industrial.

Inevitablemente, mis pasos perdidos acaban siempre en la basílica de Saint-Serin o San Saturnino de Tolosa, una monumental iglesia románica de las más grandes de Europa, que me hace recordar la importancia que tuvo Tolosa en el Medioevo como centro de acogida de peregrinos del Camino de Santiago, antes de dar el salto a los Pirineos por el paso de Canfranc hacia Jaca, o ya de vuelta. Es un edificio soberbio, de poderosos muros y arriesgada arquitectura. De planta cruciforme, su nave central eleva sus pilares a gran altura, y sus cuatro naves laterales, dos a dos, están recorridas en lo alto por una amplia tribuna que bordea todo el templo. Sobre el crucero apoya una esbelta torre-campanario octogonal de cinco cuerpos y aguja con gallo en la veleta. Sus relieves, tallados en piedra con detallismo de orfebre, me recuerdan los estilos y las manos de los maestros canteros que también trabajaron en las iglesias y claustros románicos españoles. Ante los ojos observadores desfila un complejo programa iconográfico en el que se entremezclan lo sagrado y lo profano lanzando un mensaje que ya no tiene receptores porque el hombre moderno ha perdido las claves para interpretarlo como lo hacían los peregrinos medievales.

Reanudando una vieja costumbre, he preparado un reportaje con algunas imágenes de tanta maravilla. Espero que les guste.





jueves, 8 de septiembre de 2011

Desde mi higuera (21)

Hace mucho tiempo, demasiado, que no vengo a sentarme a la sombra de mi higuera. Ahora comienza a ser tiempo de higos por acá y ya van pintando de negro. El verano da sus últimos coletazos retozones regalándonos calores todavía, pero las playas se van quedando desiertas. Sería bueno que lloviera antes de la siega del arroz. Que lloviera, no esas tormentas que a veces nos trae septiembre y que nos pone perdidos en unas horas, con el agua hasta la rodilla.

Para los ritmos de la sociedad española septiembre es el mes de los retornos: retorno al trabajo después de las vacaciones (aquellos afortunados que tienen trabajo y vacaciones), retorno a las aulas de grandes y pequeños, retorno…, πάντα ρει…

Me gustaría retornar de algo, pero comienzo a ser lo suficientemente añoso como para estar ya de vuelta de casi todo. No, no es cierto: Ítaca estará siempre más allá de mi horizonte. Por eso he retornado a mi higuera.

jueves, 5 de mayo de 2011

Desde mi higuera (20)

Dicen los norteamericanos que han matado a Bin Laden. Si es así, un canalla menos sobre la faz de la tierra. Pero el suceso tiene todo menos transparencia, de ahí que se hayan levantado muchas voces reclamando una claridad que los organismos oficiales norteamericanos no están dispuestos a proporcionar y otras apuntando ciertas ilegalidades de la acción que lesionan el Derecho Internacional.

Uno, que es perro viejo y desconfía del altruismo de las políticas y las acciones internacionales, no puede quitarse de la cabeza que el suceso ocurre en un momento en el que Obama se encontraba acorralado, perdiendo popularidad a manos llenas ante sus votantes y con el escándalo de la prisión de Guantánamo (que había prometido cerrar) estallándole en la cara. La sociedad norteamericana, simplona donde las haya, con la eliminación de su enemigo público nº 1 adecuadamente orquestada por la CIA ante los medios de comunicación, consagra de nuevo a su líder en el altar de la popularidad y mira a otro lado en el asunto de Guantánamo. Bueno, allá ellos.

Lo que me preocupó del primer discurso de Obama al dar oficialmente la noticia de la muerte de Bin Laden fue una frase que no recuerdo literalmente pero cuya idea venía a ser: Los EE.UU. tienen libertad de acción en cualquier parte del mundo para defender sus intereses. Y eso me recordó la tristemente célebre Doctrina Monroe de 1823 que se resumía, entonces, en “América para los americanos”, luego en “América para los norteamericanos” y ahora en “El mundo para los norteamericanos”, justificando así su intervención allí donde ve lesionados sus intereses.

En política, desde mucho antes de que Maquiavelo lo pusiera en solfa, el fin justifica los medios. Así de claro y de sencillo, aunque almas cándidas como la mía no consigan tragarse ese sapo.

jueves, 14 de abril de 2011

Desde mi higuera (19)

Acabo de regresar de Roma. La Ciudad Eterna está tomada por miríadas de adolescentes de caras granujientas y calzones a media anca, que graznan todas las lenguas imaginables con evidente predominio del slang yanqui. Imposible pasear por los foros con cierta tranquilidad y sosiego. Aquellas venerables ruinas que invitan a la meditación sobre la levedad del ser y en las que antaño uno podía encontrarse con el eco de la arenga de Cicerón contra el malvado Catilina (Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?...); aquellas nobles inscripciones epigráficas ante las que uno revitalizaba su oxidado latín clásico, ahora son pasto del trote juvenil, parejitas que pasan sin ver, entretenidas solamente en mirarse arrobadas, con ojos de cordero degollado, por los efluvios venéreos. La Vía Sacra calla: ha visto tanta necedad hollar sus enormes adoquines a lo largo de más de dos mil años que debe estar ya de vuelta de todo.

Sólo los pinos del Palatino parecen ajenos a todo y mecen sus serenas siluetas mientras cae la tarde…

martes, 5 de abril de 2011

Desde mi higuera (18)

La comedia de la política española ha entrado en un nuevo lance tras el anuncio del presidente Zapatero de no ser candidato en las próximas elecciones generales. Como en las tragedias griegas, el coro de la oposición grita desaforadamente: “¡Que se vaya, que se vaya!”. Bueno, eso ya lo decían antes, pero ahora lo dicen más alto si cabe.
Estoy habituado a escuchar en las Cortes y en el Senado, según los reportajes que transmite TVE, argumentos con el calado de una barquilla de agua dulce. Después no tengo fuerza moral para amonestar a mis sobrinos, estudiantes de bachillerato, cuando dicen las simplezas que dicen. Siempre pienso: “Al menos valdrán para políticos”.
Confundir el culo con las cuatro témporas de año (en fino se diría confundir la gimnasia con la magnesia) parece habitual en nuestros próceres del PP, con tal de joder a sus oponentes. Los contrarios no lo hacen mejor, pero ante tales argumentaciones es más sencillo contra-argumentar. Ahora, los cerebros de actividad casi plana interpretan el anuncio de Zapatero como la evidencia inapelable de que no vale para presidente y de que ni los suyos le quieren. Como si uno, por el hecho de llegar a presidente, debiera morir con las botas puestas y en olor de multitud. Como si las elecciones anticipadas fueran otra cosa que un asalto al poder para cambiar de poltrona quienes ya están instalados y viven (¡y cómo viven!) de la política.
España, país de quijotes, de santos, de soldados y de aficionados a la contemplación de espectáculos deportivos (lo de los toros va de capa caída, para solaz de los antitaurinos) está siempre en contra, por definición, de la Autoridad, en particular cuando vienen mal dadas. Zapatero es el diablo en persona, dicen.
Yo no sé si el Gobierno es culpable de lo mal que van las cosas. Algo de imbecilismo sí hubo al principio de la “no crisis”, aunque más por miopía o por miedo a la impopularidad que porque se pudiera hacer algo positivo para evitarlo. Pero yo creo que no es culpable. Al menos no de las cosas que dependen de la gran economía mundial, que son, directa o indirectamente, el 90% de nuestros problemas. En tiempos de recesión económica un país como el nuestro, siempre subsidiario y a remolque de las economías más fuertes a las que sirve, está a merced de vaivenes ante los que nada puede hacer salvo apretarse el cinturón y tomar pastillas contra el mareo. Pero no significa lo mismo apretarse el cinturón para unos que para otros; como tampoco es lo mismo mandarlo que hacerlo. Y eso es lo triste.
Desde hace mucho tiempo todas las medidas legislativas serias impuestas vienen dictadas desde fuera, desde la Comunidad Europea. Y eso no cambiará mande quien mande en el país. Y todas son impopulares. ¿Cambiará de nombre el PP en la próxima legislatura si gana las elecciones?

domingo, 20 de febrero de 2011

Desde mi higuera (17)

Llevan ya transcurridos casi dos meses de un 2011 que nació envejecido, corroído por una crisis que parece interminable. “Y lo que te rondaré, morena…”, dice el saber popular. Viajar en el vagón de cola del convoy europeo hace que el traqueteo y las sacudidas sean más acusadas. Si lo sabré yo que me he pasado media vida viajando en "tercera" y la otra media en "turista", que es su equivalente modernizado.

Pero lo que me ha dado tema para esta entrada ha sido una conversación escuchada inevitablemente hace un par de días durante el entreacto de un concierto en el Palau de la Música de Valencia. Barenboim acababa de interpretar magistralmente el Segundo Concierto para piano y orquesta de Liszt y en nuestro grupo de contertulios se comentaban distintos aspectos de la música escuchada poco antes. Justo al lado, cuatro mujeres ya maduritas, luciendo pieles y abalorios de precio, cotorreaban en un tono de voz nada susurrante su enorme preocupación ante el rumor de que el Gobierno fuera a dejar de subvencionar los colegios concertados, y se referían al nada halagüeño futuro de un colegio católico en concreto (no recuerdo su nombre). Para ellas no había duda de que se trataba de un ataque frontal y diabólico contra la Iglesia Católica y sus principios o, lo que era lo mismo, contra los principios básicos de la sociedad española. Se me quedó bailoteando en la cabeza una frase lapidaria: “Si éstos siguen algún tiempo más en el Gobierno, van a acabar con todo. Recemos para que acabe pronto tanta persecución”.

Tentado estuve de irrumpir en su conversación para decirles que, en mi opinión, y en época de crisis, subvencionar colegios privados era una galantería que quizás fuera necesario suprimir por mor de otras urgencias realmente perentorias. No estoy en contra de la existencia de colegios privados, siempre que sus enseñanzas no colisionen frontalmente con los sistemas de valores socialmente acordados para una convivencia pacífica. En cuestiones de conciencia, allá cada cual. Pero pretender que el erario público de un país confesionalmente laico subvencione las enseñanzas religiosas me parece, como poco, cuestionable. Es responsabilidad de cada confesión religiosa afrontar el esfuerzo necesario para mantenerse y progresar, a expensas de sus propios correligionarios no de la ubre del Estado. La religión nunca ha sido una asignatura gratuita (aunque durante mucho tiempo fue obligatoria la Católica) y su coste no debe asumirlo toda la comunidad indiscriminadamente.

Pocas confesiones religiosas cuentan con una infraestructura tan compleja y rica en medios como la católica. No en vano sus iglesias se cuentan entre los edificios más visibles de nuestros pueblos y ciudades. Es en ellos y no en los colegios donde debe ejercerse su sagrada misión de evangelizar y ganar adeptos para sus cada vez más menguantes feligresías. Algo anda (huele) mal en ese tinglado y echarle la culpa al Estado es hacer como el avestruz. Hasta es posible que la culpa sea de la televisión...