miércoles, 3 de enero de 2007

La Muerte, ya...

I

Era una tarde desapacible del mes de febrero. Del mar soplaba un viento frío y cortante que arañaba la piel hasta escocer. El grupo de amigos acababa de salir de una sesión de cineclub en el Colom donde se había proyectado El séptimo sello, de Ingmar Bergman, y seguían discutiendo sobre la complejidad de las metáforas visuales mientras se encaminaban al Bar Gandía para guarecerse de las inclemencias del tiempo y tomar algún refrigerio bien caliente. Una vez allí, sentados en torno a una mesa de velador, la tertulia prosiguió largo rato. En uno de esos silencios tensos y embarazosos que se producen a veces alguien dijo: "El día que me muera me gustaría que organizarais una gran comida a mi salud. ¡Sin mujeres!". Rieron la ocurrencia e incluso hablaron de la necesidad de escribir un protocolo a tal efecto. Tenían entre 18 y 19 años.


II

Miércoles, 27 de diciembre de 2006. La tarde era fresca pero por fin había dejado de llover. La Calle Mayor estaba muy animada por la gente que entraba y salía de las tiendas haciendo sus compras. Néstor y yo paseábamos entreteniendo el tiempo hasta que llegara Mariles (su mujer) y marcháramos a cenar. Era imposible llevar una conversación: a cada paso alguien nos paraba para desearnos felices fiestas y preguntarme si estaba de vacaciones y cómo me iban las cosas por Madrid y si era verdad que había tantas obras por las calles. Así fue como nos cruzamos con Joan M. Monjo. Andaba con parsimonia, luciendo una leve sonrisa mientras repartía saludos. Nos abrazamos cordialmente y le pregunté por su salud. "Hace unos días me dijo Salva -por nuestro amigo cardiólogo- que mi corazón es una cafetera rusa. Cualquier día se parará...". Sonreía escépticamente elevando las cejas con su gracejo particular. Todos sabíamos, y él también, que llevaba cuatro años viviendo de prestado tras un infarto grave. Nos abrazamos de nuevo y seguimos nuestros caminos en direcciones opuestas.


III

Martes, 2 de enero de 2007. Estoy en casa y suena mi móvil. Es un mensaje de Néstor enviado a varias personas. Lacónico: "Joan M. Monjo nos ha dejado. El entierro será esta tarde a las 5 en la Alquerieta de Guardamar". Son las 11:19 de la mañana. Me visto para la ocasión, subo al coche y enfilo la autopista de Valencia.
Guardamar de la Safor era una pequeña pedanía junto a Gandía hasta que el "boom" turístico de las últimos años la ha convertido en municipio independiente. Cuando he llegado a la iglesuela de la Alquerieta ya estaba formado el duelo junto al féretro y desfilaba ante él la crema de la intelectualidad literaria valenciana para rendirle homenaje. He buscado a Néstor y a los otros amigos, que formaban corrillo un poco apartados del desfile oficial.
Responso y luego, a hombros, hemos llevado el ataúd al cementerio distante apenas doscientos metros de la iglesia. Allí se han leído algunos poemas y fragmentos en prosa de Joan M. y, con un largo aplauso, se han introducido sus restos mortales en un nicho.
Cuando ha terminado el ritual necrolátrico era ya de noche, aunque apenas habían dado las seis y media en el reloj del nuevo ayuntamiento. Una luna llena espléndida, perfectamente redonda, rielaba en las aguas de las acequias y dejaba nacarados reflejos en las hojas de los naranjos humedecidas por el primer rocío.
El grupo de amigos caminaba en silencio hacia el caserío cuando ha dicho Otis: "He reservado mesa para las nueve en L'Arnadí. ¡Sin mujeres!"


PS Joan M. Monjo es el primero de aquel grupo de amigos que se ha ido. Podría colgar aquí, como homenaje al hombre de letras, alguna creación suya. Pero Joan M. escribió siempre en valenciano-catalán. Tendría que traducirlo y ya sabéis lo que se dice: "Traduttore... traditore...". Quizás lo haga en otro momento. Ahora me apetece más colgar una canción que fue nuestro himno de guerra cuando, a finales de los años 60 del siglo pasado, comenzamos a luchar en las universidades contra la dictadura reclamando libertades: Al vent, del cantautor valenciano Raimon.


jueves, 28 de diciembre de 2006

Cuentecillo navideño

La comida del día de Navidad había sido copiosa y su estómago le producía ciertas flatulencias como de un ser vivo que se desperezara espasmódicamente dentro de su abdomen. Pensó: "He comido demasiado. Me subirá el azúcar". Pero, ¿quién se resiste ante un buen puchero navideño? Su cuñada Teresín era una respetuosa seguidora de la tradición: la comida de Navidad, puchero, faltaría más... Y, cuando todavía andaba uno regurgitando la cena de Nochebuena, había que sentarse de nuevo a la mesa ante una humeante sopera llena de exquisiteces aviares y varias bandejas con las guarniciones y viandas del puchero.

Eran casi las cinco de la tarde cuando se había levantado de la mesa dispuesto a tomar una reparadora siesta pero la pesadez de estómago no le dejaba conciliar el sueño. El estómago y una idea fija que, al principio como simple punzada y luego como abierta inquietud, ronroneaba por su cerebro. Tumbado como estaba, levantó la cabeza de la almohada para asegurarse de que el teléfono móvil estaba conectado y bien visible sobre la mesilla. Esperaba una llamada especial o, mejor dicho, un mensaje. El año anterior, ese mismo día hacia la media tarde, había recibido un mensaje suyo: "Felices pascuas y próspero año nuevo". Nada original en sí, de no haber sido porque era la primera vez tras dos años que se producía ese contacto.

Desde entonces muchas cosas habían sucedido. La más notable, sin duda, esas inolvidables vacaciones de Semana Santa que pasaron juntos tendiendo puentes hacia lejanas ciudades y acariciando esperanzas de nuevos rumbos. Lo que había sucedido luego hizo posible que estrenaran esa nueva andadura.

Sintió sed y una pirueta del subconsciente trajo a primer plano el contenido de su nevera, siempre bastante desangelada: unas botellas de agua refrescándose, una botella de cava tumbada esperando su momento, un cabo de lomo de Guijuelo duro como una piedra después de varios meses, dos latas de Red Bull y una pastilla de chocolate puro Valor...

Chasqueó la lengua algo estropajosa varias veces y se dio la vuelta en la cama. Un dulce sopor le estaba venciendo mientras esperaba...



(La canción, Pigliate 'na pastiglia, interpretada por Renzo Arbore creo que viene al pelo...)

viernes, 22 de diciembre de 2006

¡Feliz Navidad!

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sábado, 16 de diciembre de 2006

La Natividad



Como supongo que harán otros miles de "bloggers" en estos días, se me ha ocurrido la nada original idea de escribir algo sobre la Navidad o, más específicamente, sobre la Natividad. Para la mayoría de las personas del mundo occidental, sean o no creyentes, estas fechas de final de año y comienzo del siguiente tienen algo de especial.

En el orbe católico se celebra la Natividad, el nacimiento del Jesús histórico quien, al crecer, tomaría conciencia y se convertiría en el Mesías Redentor. Pero ¿nació Jesús un 25 de diciembre o fecha equivalente en el calendario romano? ¿Qué dicen los textos canónicos y los no canónicos al respecto?

En los Evangelios sinópticos más antiguos, los de Lucas y Mateo, escritos en el último cuarto del siglo I, se pasa muy por encima sobre el hecho del nacimiento de Jesús, sobre todo en Mateo. Los otros dos evangelistas, Marcos y Juan, no tratan el tema. Sus intereses, desde perspectivas algo diferentes, se centran en la vida pública del Nazareno como camino hacia la Pasión y la Redención. Pero en todos ellos excepto en Juan hay algunos datos que, cruzando fechas y contextos históricos, nos pueden aproximar al momento que buscamos. Mateo nos dice que nació cuando reinaba en Judea Herodes el Grande (Nacido, pues, en Belén de Judá en los días del Rey Herodes..., Mt 2,1) quien, por miedo a las profecías mesiánicas (Jesús como rex judeorum), hizo asesinar a todos los niños menores de dos años (...mandó matar a todos los niños que había en Belén..., Mt 2,16). De este hecho sangriento sólo habla Mateo.

Herodes el Grande, personaje que conocemos en sus rasgos principales a través de los anales de Roma puesto que fue un protegido de la República, reinó en Judea entre los años 37 y 4 antes del nacimiento de Cristo, según el cómputo del calendario actual. Aquí se aprecia un desajuste calendárico que luego justificaré. Pero ¿por qué ordena la degollación de inocentes varones de hasta dos años? Los evangelios canónicos no aclaran este extremo y la única referencia en Mt 2,16, ...según el tiempo que con diligencia había inquirido (Herodes) de los magos..., hace pensar que falta texto aclaratorio en Mt 2,7. Se desprende que Jesús era ya niño crecido cuando recibió la visita de los Magos o, lo que es lo mismo, que los Magos de Oriente no fueron a adorarle de recién nacido como es creencia popular.

El evangelio apócrifo (no canónico) de la Natividad llamado Pseudo Mateo, escrito a mediados del siglo VI d. de C., nos da alguna luz sobre estos acontecimientos aunque, dada su redacción tardía amén de ciertas desviaciones del canon, la Iglesia no lo considera fruto de la inspiración divina: Después de transcurridos dos años (del nacimiento), vinieron a Jerusalén unos magos... (Ps Mt XVI,1).

Para librar a Jesús del loco infanticidio, la Sagrada Familia huyó a Egipto, hecho que sólo recoge el evangelio de Mateo, regresando y afincándose en Nazaret de Galilea después de la muerte de Herodes (Mt 2,19). El Pseudo Mateo nos dice que tras el regreso ...se encontraba Jesús en Galilea, recién cumplidos sus tres años... (Ps Mt XXVI, 1). Es decir, que cuando Herodes murió Jesús contaba con tres años vividos y acababa de iniciar su cuarto año. Sabemos con bastante aproximación la fecha de la muerte de Herodes porque, según escribió el historiador fariseo romanizado Flavio Josefo a finales del siglo I d. de C., murió pocos días después de que ocurriera un eclipse de luna. Tal eclipse sucedió la noche del 12 al 13 de marzo del año 750 de la fundación de Roma, equivalente al año 4 a. de C. de nuestro cómputo y es una fecha avalada por varias fuentes de la época y por el caledario astronómico.

Por lo tanto, Jesús debió nacer poco más de tres años antes de esa fecha, es decir en los años 7-6 a. de C. La credibilidad de esa fecha "antes de Cristo" para el nacimiento de Cristo concuerda con otros dos datos que encontramos en el evangelio de Lucas en donde se nos dice que Jesús contaba unos 30 años de edad cuando fue bautizado en las aguas de Jordán (Lc 3,23) y eso sucedía en el año 15 del imperio de Tiberio César (Lc 3,1). Tiberio fue emperador desde el otoño del año 14 al 37 d. de C. y su decimoquinto año imperial está a caballo de los años 27 y 28 d. de C. Si sumamos los 5-6 de decalage salen 32-33 años, esos aproximadamente 30 años de los que habla Lucas, que no saldrían si aplicáramos a rajatabla las fechas calendáricas por las que nos regimos actualmente.

Ese desequilibrio de fechas entre el nacimiento de Jesús y nuestro calendario se debe a que, cuando se estableció el calendario actual allá por el siglo VI d. de C., se consideró que la fundación de Roma era del año 754 a. de C. (los propios romanos no se ponían de acuerdo en la fecha de la fundación, encontrando en las fuentes oscilaciones entre el 758 y el 728 a. de C.). Pero la fecha en concreto de 754 es errónea, como se ha podido demostrar cruzando el calendario astronómico y los hechos históricos. La Era Cristiana, cuyo punto de origen es el nacimiento de Cristo, comenzó realmente cinco o seis años antes. Pero, como al fin y al cabo, es sólo una referencia acordada para que nos sirva de orientación, no vale la pena modificarla.

Otro tema distinto es por qué se celebra la Navidad el 25 de diciembre. La Iglesia Cristiana primitiva sólo celebraba una festividad: la de la Pascua de Resurrección, enraizada en la Pascua judía que tenía lugar en torno al equinoccio vernal. La Pascua se celebrara el primer viernes de luna llena de la primavera (por eso la Semana Santa fluctúa dentro del calendario actual). Fue a partir del edicto de Milán promulgado por Constantino en el año 321, por el cual el cristianismo dejaba de ser una religión ilegal y perseguida, cuando comienzan a celebrarse festividades públicas, generalmente cristianizando viejas fiestas paganas. El papa Julio I, mediado el siglo IV, fijó la fecha del 25 de diciembre para celebrar la Natividad del Señor, aprovechando las antiguas tradiciones festivas romanas de las Saturnales, del Mitraísmo y otras incluso anteriores relacionadas con el solsticio de invierno del mundo conocido entonces.

Estas breves pinceladas de historia, nada originales por mi parte porque sobre el tema se han escrito decenas de libros, sólo pretenden airear algunos datos curiosos en torno a unas celebraciones que la tradición cristiana ha consagrado como cliché estereotipado de una secuencia de hechos históricos cuya pauta fue otra.

Y como colofón musical os invito a escuchar un viejo villancico castellano recogido en el Cancionero de Oaxaca (esa Oaxaca que tanto nos duele desde hace demasiado tiempo), recopilado en el siglo XVII.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

De la memoria histórica



Otra agresión contra el patrimonio cultural de la humanidad. No es de hoy sino de hace unos pocos años y ya entonces se aireó en los medios de comunicación: el expolio de los museos de Irak como consecuencia de la guerra. Era algo que los profesionales de los museos sabíamos que ocurriría y por eso, poco antes de que se iniciara la cerril contienda, firmamos un manifiesto pidiendo protección para los yacimientos arqueológicos de la Mesopotamia, cuna de civilizaciones, y para los bienes culturales depositados en los museos. Como era de esperar, tras buenas palabras de la ONU, se pasaron las recomendaciones por el forro de los co..nes.

Los pasados cuatro o cinco años ha estado trabajando una comisión internacional de expertos en la confección de la interminable lista de obras de arte robadas por unos y por otros, aprovechando el río revuelto de la guerra y, por fin, hace unos días se presentó en España el libro editado como resultado de sus trabajos. Pretende ser una guía para anticuarios, policía de fronteras y galerias de subastas para que denuncien a Interpol la localización de alguno de esos objetos robados y puedan ser recuperados para la memoria histórica. La verdad, soy poco optimista al respecto. Se rumoreó en su momento sobre robos selectivos "bajo pedido" de coleccionistas sin escrúpulos, por lo que muchos de esos objetos están a buen recaudo en cajas fuertes privadas y pasará al menos una generación hasta que, probablemente por cuestiones de reparto de herencias, vuelvan a asomar a la luz pública. Sólo espero que la legislación internacional no haga prescribir el delito e Irak pueda recuperar esa parte importante de su identidad.

La desfachatez y el expansonismo imperialista yankee, ya expuestos sin ambages en 1823 con la Doctrina Monroe, sintetizable en la frase "América para los americanos" (entendiendo por americanos a los norteamericanos blancos, claro está) ha ampliado su ámbito al orbe entero justificando sus nefastas (y nefandas) intervenciones allá donde sus intereses económicos=políticos lo han aconsejado. No descubro nada nuevo al incluir la guerra de Irak dentro de esa categoría de intevenciones interesadas. De acuerdo en que el tal Saddam es un pájaro de cuentas, pero hay tantos como él en las avanzadillas políticas que si se les hiciera la guerra el mundo sería una antorcha ardiente. Hay un dicho en mi tierra que dice: "Si los hijos de pu.. volaran, taparían el sol". Pues eso. Confiemos en la democracia y en que "a todo cerdo le llega su San Martín".

Irak se ha convertido en un nuevo Viet-Nam. Lo reconocen las propias autoridades norteamericanas (aunque no con esas palabras) al decir estos días que esa guerra no les está yendo nada bien. Y es que la mentalidad de Oriente Medio, fundamentada en el mohometanismo y forjada por una memoria histórica particular es muy distinta de la occidental. El contraste es más acusado cuando se le antepone la mentalidad norteamericana blanca, que es la de un pueblo sin apenas memoria histórica y la poca que tienen no es para echar cohetes (de fiesta, que de los otros bien que lanzan).

Los fundamentalismos no son nada buenos. Son siempre resultado de posturas exacerbadas de agresión-defensa basadas en consignas religiosas que las sacralizan. Los viejos reinos de la España medieval son el ejemplo más prístino (y creo que único) de la posibilidad de convivencia pacífica y creativa de tres mentalidades con memorias históricas bien diferenciadas, la cristiana, la musulmana y la judía. Hubo sus rifi-rafes pero, en el fondo, poca cosa hasta que la mentalidad medieval cristiana dio paso a la "modernidad" y las nuevas consignas inspiradas en lecturas viciadas de los textos sagrados hicieron incompatible la tolerancia con el judaísmo y el arabismo. Detrás, todos lo sabemos, había la necesidad de justificar cuestiones políticas y económicas. Y surgieron las posiciones fundamentalistas, cuyo más dramático exponente en el campo católico fue la llamada Santa Inquisición de triste recuerdo, y de cuyos abusos sólo recientemente el Vaticano ha iniciado un discreto mea culpa en tono menor.

Los iraquíes se han visto abocados a abrazar posturas fundamentalistas, más o menos larvadas desde hace siglos, como mecanismo de defensa ante una injerencia occidental que va mucho más allá de una simple balacera. No las justifico. No justifico ningún uso de la violencia. Pero (con dolor) les entiendo. Y es que la memoria histórica acaba despertando y confiere a las personas nuevas formas de interpretar el presente y de proyección hacia el futuro. Y luchan por ello sin importarles el coste. Eso es algo que nunca comprenderán quienes, o no tienen memoria histórica o la pretenden ocultar bajo oropeles de supuesta modernidad.

Ya veis, he comenzado hablando de una cosa y, sobre la marcha, se me ha ido calentando la pluma. Porque si me duele el expolio de obras de arte, más me duele la pérdida de vidas humanas.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Alarmante...



Hace unos días seguía en la televisión española una entrevista a un científico especializado en la investigación del genoma humano, en particular de los cromosomas. Dio algunos datos sobre nuestra salud cromosomática realmente preocupantes, alarmantes...

Hace muchos años estudié y seguí de cerca las diversas teorías sobre la evolución del género humano. Entonces me interesaba la Prehistoria y para su comprensión es de capital importancia el tema de la hominización, de la aparición del hombre sobre la Tierra. Por los años 60 del siglo XX teníamos pocos fósiles de homínidos y de los distintos eslabones de la secuencia del género Homo. Hoy la colección de restos fósiles es abrumadoramente mayor, lo que ha dado lugar al abandono de algunas teorías y al afianzamiento de otras. Pero el tema sigue (afortunadamente) sin solución.

Desde aquellos años mi posición ideológica es decididamente evolucionista aunque sigamos desconociendo detalles importantes de la secuencia evolutiva que llevó desde los homínidos al Homo sapiens sapiens, género y especie a las que creo pertenecer. Fue también entonces cuando comenzó a germinar en mí la idea de que si algo distingue al género humano de otros géneros de la escala zoológica es su capacidad de evolución en un tiempo (geológico) relativamente corto y que esa capacidad debía estar ligada a un hecho aparentemente simple: ser un animal inteligente progresivamente desadaptado. Lo que nos enseña la evolución social (ligada sin duda a la biológica) desde la más remota Prehistoria hasta la actualidad es que el Homo ha sido capaz de ir desadaptándose de su medio natural, la Madre Naturaleza, para intentar dominarla y crearse un entorno a su medida gracias a su inteligencia. No entro a valorar si eso es bueno o malo: simplemente constato lo que me parece un hecho evidente. ¿Qué sucedería si, de pronto, al levantarnos una mañana nos encontráramos sin energía eléctrica ni combustible para los vehículos ni agua potable ni alimentos en los anaqueles de los supermercados? Las íbamos a pasar canutas, pero quienes salvaran el pellejo pondrían en marcha recursos tecnológicos para sobrevivir, crecer y multiplicarse porque, de algún modo que ignoro, en algún rincón de nuestra herencia genética almacenamos recursos para superar las "crisis de adaptación".

Pero ¿qué sucederá si el Homo sapiens sapiens pierde su capacidad para reproducirse?

Algunos datos preocupantes que he ido entresacando de aquí y de allá:

1) En el cromosoma X (femenino) está escrita la posibilidad de que la mujer produzca durante su vida fértil más de un millón de óvulos. En la mujer neonata actual esa capacidad se ha reducido a unos 400.000 y a lo largo de su vida se reduce aún más.

2) Desde hace unos quince años se sabe que la cantidad de espermatozoides en el esperma del varón se ha reducido en un 50%. Pero, además, la calidad de esos bichitos ciliados y retozones deja mucho que desear incluso en la población juvenil.

3) Hace unos 300 millones de años el cromosoma Y (masculino) contenía unos 1.500 genes. Actualmente apenas son 50 los genes activos; el resto son inservibles, lo que hace que algunos genetistas lo hayan denominado "cromosoma vertedero" o "cromosoma basura".

4) En el Primer Mundo una de cada siete parejas es incapaz de concebir descendencia. La tasa de infertilidad se debe en un 40% a la mujer, otro 40% al hombre y el 20% restante a ambos. Esa situación ha puesto en marcha toda una "industria" de reproducción asistida, inseminación artificial, bebés-probeta, etc.

Los especialistas dicen que las causas podrían ser consecuencia de la polución, de un exceso de ingestión de estrógenos (hormona femenina, habitual componente, por ejemplo, de los conservantes alimentarios, cuyo efecto en los hombres es disminuir la capacidad para producir espermatozoides y en la mujer su exceso mengua la disposición para ovular), de la obesidad o la extrema delgadez, del sedentarismo, etc. Pero creo que el asunto no está nada claro.

Yo no sé si la Naturaleza es sabia. Pienso que es como es, y se auto-regula en función de las infinitas relaciones que se dan en el medio natural y de las que, en el fondo, el ser humano, por muy desadaptado que sea, no puede zafarse. En el último millón de años, sin que sepamos por qué y sin que nuestra especie pintara un pimiento, la Tierra ha vivido varios periodos glaciares cada vez más cercanos en el tiempo. ¿Estamos entrando en esa fase de calentamiento previa a una glaciación?

Pero, en el fondo, esa última pregunta es irrelevante dentro del tema raíz que me ha movido a escribir esta entrada. Lo inquietante es qué está pasando con nuestra especie. ¿Estamos al comienzo de una fase de recesión poblacional cuya solución es cada vez más dependiente de la manipulación genética? ¿Estamos abocados a sobrevivir como especie (en un futuro) gracias a sistemas de reproducción que hoy consideramos artificiales o éticamente criticables? ¿Se está abriendo el camino hacia una nueva especie de Homo?

Muchas preguntas para las que no tengo respuesta. Pero, en todo caso, me parecería una vida terriblemente aburrida la de esa nueva especie si se perdiera la capacidad para el orgasmo. Si, triste.


sábado, 18 de noviembre de 2006

La música rusa

Llevo unos días tristón. Un exceso de trabajo pero, sobre todo, una cuota de decepción demasiado alta. Creo que nunca me quedaré vacunado contra la decepción que me causan los comportamientos y reacciones negativas, incluso agresivas, de personas en las que había depositado cierto margen de confianza. Trato de verlo desde todos los ángulos, de comprenderles. Pero no consigo evitar sentirme decepcionado y preguntarme dónde están los fallos, en qué me he equivocado si es que ha sido mío el error.

Lo cierto es que desde hace unos días escucho cuando estoy en casa música rusa. Debió ser, al principio, una reacción subconsciente que luego ha seguido.

Al decir música rusa no me refiero a los grandes clásicos (Tchaikowsky, Glinka, Rimsky-Korsakow, Balakirev, Prokofieff, Shostakowitch y otros). Me refiero a la música popular, a esos cantos nacidos del pueblo con sus armonías sencillas y también a las corales litúrgicas, solemnes, de la religión ortodoxa, tan ancladas en las tonalidades de la música renacentista.

La música popular rusa es triste. Lo descubrí en innumerables noches bajo el cielo estrellado de la estepa siberiana, regadas con vodka casero, cuando inevitablemente del alma rusa aflora la faceta sentimental y canora. En comparación con nuestras canciones de melopea (El vino que tiene Asunción..., sin ir más lejos) sus cantos son musical y narrativamente tristes. De hecho, muchas de ellas forman una saga de "romances crueles" en los que lloran la opresión y el sufrimiento del mujik, del campesino, o los amores contrariados. Y las que no son tristes en sí mismas dejan un regusto de nostalgia. Los más de cincuenta años de dictadura soviética a ritmo de marcha militar y canción patriótica no han podido borrarlas de la memoria colectiva.

Algunas canciones rusas traspasaron el telón de acero y son bien conocidas en Occidente. Recordemos, por ejemplo, Ojos negros, Noches de Moscú, Katiusha o las diversas variantes del Swing de cosacos. Aunque en realidad ninguna de esas canciones forman parte del folklore, a pesar de su popularidad. Sólo Los remeros del Volga, conocida aquí a partir de un excelente arreglo de Glenn Miller y alguna más que no me viene ahora a la memoria serían música popular rusa. Por cierto, habría que separar de esa música tristona la de raíz kazak. Los cosacos son un pueblo alegre y bullanguero.

Tantos años conviviendo con los rusos en nuestras expediciones a Siberia han dejado mucho poso y un amplio repertorio de canciones populares. Agunas de ellas me las he podido traer en grabaciones discográficas rebuscando en los mercadillos del viejo Moscú, especialmente en Izmailova. Remato esta entrada con una bellísima canción que habla de la inmensidad de la estepa, de sus días luminosos y verdes cuando los hielos del invierno se funden y la primavera renace con todo su esplendor. Y de la insignificancia del ser humano en medio de esa llanura interminable.


viernes, 10 de noviembre de 2006

Los trabajos y los días

He titulado esta entrada Los trabajos y los días, como la inmortal alegoría poética de Hesíodo, no porque tenga nada especial que ver con ella salvo la vaguedad de los días y los trabajos que nos cuesta vivirlos. Bueno, en realidad habría algo más: cierta intención calendárica en el devenir de las cosas. Aunque eso es meramente incidental en el poema. Son mucho más interesantes sus profundas reflexiones sobre la realidad (triste realidad) de su tiempo (¿a qué me suena eso?), sobre la bondad del trabajo honrado frente a la corrupción, sobre la justicia, sobre unos dioses que deben ser menos caprichosos y cachondos que los de la Grecia heróica. Pero bueno, entrar a fondo en los Erga... requeriría más de una entrada y, sobre todo, una mayor capacidad para filosofar de la que yo tengo.

Mi motivación viene de la mano de las conmemoraciones: casi cada día del año tiene su patrono temático, y no me estoy refiriendo al santoral. Día de la Madre, del Padre, del Amor Fraterno, del Orgullo Gay, de la Paz, día sin humo (contra los fumadores, no contra la polución industrial), día sin tráfico rodado, Día Internacional de la Mujer, Día de Internet, Día de la Hispanidad, Día de la Mujer Trabajadora, Día de la Ciencia en la Calle, etc., etc. Estamos tan acostumbrados a celebrar algo casi cada día que nos vamos insensibilizando y, lo que es peor, acabamos por pensar que "ese tema" es cosa de un día. El amor materno o paterno es cosa de un día; pensar en la paz es cosa de "hoy" pero no de ayer ni de mañana y así sucesivamente.

El tema del día siguiente nos quita de la cabeza el del anterior sin apenas haberlo digerido. Me pregunto si no obedecerá todo a una maniobra maniquea preciamente para, por un lado, tranquilizar la conciencia colectiva oficializando que "ese" problema es tan importante que hasta se le dedica un día mundial o nacional, y por otro, aturdiéndonos con un ruidoso "¡chim-pom, chim-pom!" para que no pensemos demasiado en el asunto.

Silenciar la conciencia personal para que no piense es el peor de los atentados contra la humanidad.

(La ilustración musical es un andante que me produce sensación de paz. Espero que guste)


miércoles, 1 de noviembre de 2006

"Cum mortuis..."

Días de recuerdo a los muertos. Cuando se llega a cierta edad uno tiene más familiares directos muertos que entre los vivos. Es ley de vida. Por eso me parece tremendo que alguien necesite de un Día de Difuntos para recordarlos. Yo, al menos, no lo necesito. Quienes en vida fueron realmente importantes siguen ahí cada día como una presencia inefable que no precisa recordatorios.

El culto a los muertos es tan antiguo como la propia humanidad. Los vivos siempre hemos visto con estupor, miedo, esperanza y qué sé yo cuántas otras impresiones diversas ese tránsito a lo que de manera eufemística llamamos la otra vida. Y hemos imaginado de muchos modos distintos cómo debería ser esa otra vida. Y como los vivos sólo podemos pensar como tales, configuramos la otra vida con incontables rasgos antropomórficos: unos piensan que su cielo es un lugar donde discurren ríos de leche y las fuentes manan miel; otros piensan que en ese cielo disfrutarán de todo aquello que han carecido en vida; los de más allá esperan gozar de la presencia de la divinidad (¿qué significará "gozar" para un muerto o para un alma?); aquéllos esperan reencarnarse: al parecer piensan que no han tenido bastante con una vida.

Mientras tanto, en torno al Día de Difuntos se monta una gran parafernalia de feriantes y mercachifles que aprovechan de todos los modos posibles la sensiblería humana. Y lo digo desde el más profundo respeto a las creencias de cada cual. Pero al final todo se convierte en negocio. Si triste es la muerte, más triste aún es verla convertida en mercadería.

En la España profunda, la de mi niñez, el Día de Difuntos era jornada de recogimiento, de visitas necrolátricas, de lutos públicos, de flores. Hoy las cosas han cambiado mucho, sobre todo en la población joven. Pero he de confesar que una de las direcciones de ese cambio me resulta poco menos que hilarante: por si no fueran suficientes las viejas consejas de muertos aparecidos, tan del gusto mediterráneo (aunque no exclusivamente), ahora hemos importado junto a la Coca-Cola el Halloween norteamericano, en un curioso viaje de ida y vuelta pues, en sus orígenes, era una fiesta de los pueblos celtas del occidente europeo. Lo que originalmente fue un culto pagano, pero serio, para impedir la reencarnación, ahora es una fiesta en la que, en cierto modo, se hace burla de la muerte a través del manoseo de sus símbolos (calaveras, máscaras, huesos, etc.). Cuenta, además, con el cortejo de un sinfín de películas "de terror" en las que muertos y reencarnados (siempre malos malísimos) ponen en jaque y hacen mil perrerías sanguinolentas a los pobres mortales.

Hubo un tiempo en que era costumbre por estas fechas representar en los teatros el Don Juan Tenorio de Zorrilla. La moraleja de ese drama apasionado, romanticón hasta la médula, era la redención (cristiana) por el amor, de toda una vida crapulosa, la de Don Juan, ahíto de desflorar doncellas, asesinar contrincantes y otras tropelías. Los muertos vivientes (Doña Inés, El Comendador) parecen al espectador algo natural, imprescindible para reconducir la voluntad del malvado. El ser humano es por naturaleza incrédulo de lo preternatural, necesita del milagro para convencerse. Ese es el papel de los muertos en el Tenorio, muy distinto del de los del Halloween a la americana.

La liturgia de los muertos en el catolicismo es de una grandiosidad sobrecogedora. Los textos latinos que forman el Requiem son, a mi modo de ver, de una inspiración sublime. No extraña, pues, que casi todos los grandes músicos hayan encontrado en esas letras tan dramáticas la motivación para componer misas de una fuerza y musicalidad increíbles. De entre todos ellos escojo hoy a W.A. Mozart para amenizar esta entrada: el primer canto de la Sequentia, el Dies irae de su Requiem, K. 626.


sábado, 28 de octubre de 2006

En Lisboa

He estado unos días en Lisboa. Motivos profesionales me llevaron allá. A Lisboa es fácil llegar pero difícil marcharse.

Lisboa siempre me ha parecido una ciudad entrañable, cordial, acogedora. El diseño que el Marqués de Pombal encargó de la actual "Lisboa antigua y señorial" tras el devastador terremoto que la asoló en 1755, con sus grandes plazas, amplias avenidas y calles bien trazadas de lo que sería el centro oficial y comercial es, todavía hoy, de sorprendente modernidad (Avenida Liberdade, barrio del Rossio, la Baixa, el barrio Alto, Praça do Comércio, Praça Restauradores, etc.). La última gran catástrofe que sufrió fue el incendio en 1988 del Chiado, afortunadamente ya reconstruído.

Lisboa está cargada de historia (¡qué ciudad antigua no lo está!), la historia sorprendente de una gran metrópoli en un país pequeño en el extremo más occidental de Europa que llegó a dominar medio mundo con sus remotas colonias, de las que extrajo pingües beneficios y riquezas sin cuento que han quedado plasmadas para el recuerdo en innumerables edificios monumentales de dimensiones gigantescas.

Me gusta pasear solo por Lisboa: adentrarme en la maraña de callejuelas de la Alfama, al pie del castillo; subir las cuestas empinadas del Chiado hasta el barrio Alto y de camino, quizás, si la hora acompaña, sentarme en la mesa corrida de algún pequeño restaurante y cenar un buen plato de bacalao aderezado de cualquiera de las mil maneras en las que los cocineros portugueses son maestros, regado con un vino verde. Nunca falta compañía en la multirracial Lisboa. Por la noche, de algún local salen melodías de fado que invitan a entrar y sentarse reverencialmente a escuchar los sones eternamente tristones de las canciones populares lusas, ante una copa de generoso vino de Madeira o de Oporto.

De entre todos los edificios históricos lisboetas ninguno me inmpresiona tanto como el Monasterio de los Jerónimos, en el barrio de Belém, con su inmensa fachada de caliza blanca tendida al horizonte abierto del Tejo. Casi un siglo duró su construcción, el XVI, y representa la quintaesencia del estilo manuelino, esa curiosa mezcla de arquitectura gótica tardía y renacentista. Una vez más he paseado por su ordenado recinto, parte del cual alberga actualmente el Museo Arqueológico de Portugal y, como en otras ocasiones, he tratado de imaginar sus salas y corredores habitados por los frailes franciscanos capuchinos, el eco de sus pasos sobre las losas desnudas y el leve roce de sus vestes pardas de recia sarga, acompañado quizás del frufrú de las sedas de algún personaje noble conspirando en voz baja. Sobrecoge el enorme poder temporal que administró esta orden religiosa mendicante seguidora de la regla de pobreza del Santo de Asís.