I
Era una tarde desapacible del mes de febrero. Del mar soplaba un viento frío y cortante que arañaba la piel hasta escocer. El grupo de amigos acababa de salir de una sesión de cineclub en el Colom donde se había proyectado El séptimo sello, de Ingmar Bergman, y seguían discutiendo sobre la complejidad de las metáforas visuales mientras se encaminaban al Bar Gandía para guarecerse de las inclemencias del tiempo y tomar algún refrigerio bien caliente. Una vez allí, sentados en torno a una mesa de velador, la tertulia prosiguió largo rato. En uno de esos silencios tensos y embarazosos que se producen a veces alguien dijo: "El día que me muera me gustaría que organizarais una gran comida a mi salud. ¡Sin mujeres!". Rieron la ocurrencia e incluso hablaron de la necesidad de escribir un protocolo a tal efecto. Tenían entre 18 y 19 años.
II
Miércoles, 27 de diciembre de 2006. La tarde era fresca pero por fin había dejado de llover. La Calle Mayor estaba muy animada por la gente que entraba y salía de las tiendas haciendo sus compras. Néstor y yo paseábamos entreteniendo el tiempo hasta que llegara Mariles (su mujer) y marcháramos a cenar. Era imposible llevar una conversación: a cada paso alguien nos paraba para desearnos felices fiestas y preguntarme si estaba de vacaciones y cómo me iban las cosas por Madrid y si era verdad que había tantas obras por las calles. Así fue como nos cruzamos con Joan M. Monjo. Andaba con parsimonia, luciendo una leve sonrisa mientras repartía saludos. Nos abrazamos cordialmente y le pregunté por su salud. "Hace unos días me dijo Salva -por nuestro amigo cardiólogo- que mi corazón es una cafetera rusa. Cualquier día se parará...". Sonreía escépticamente elevando las cejas con su gracejo particular. Todos sabíamos, y él también, que llevaba cuatro años viviendo de prestado tras un infarto grave. Nos abrazamos de nuevo y seguimos nuestros caminos en direcciones opuestas.
III
Martes, 2 de enero de 2007. Estoy en casa y suena mi móvil. Es un mensaje de Néstor enviado a varias personas. Lacónico: "Joan M. Monjo nos ha dejado. El entierro será esta tarde a las 5 en la Alquerieta de Guardamar". Son las 11:19 de la mañana. Me visto para la ocasión, subo al coche y enfilo la autopista de Valencia.
Guardamar de la Safor era una pequeña pedanía junto a Gandía hasta que el "boom" turístico de las últimos años la ha convertido en municipio independiente. Cuando he llegado a la iglesuela de la Alquerieta ya estaba formado el duelo junto al féretro y desfilaba ante él la crema de la intelectualidad literaria valenciana para rendirle homenaje. He buscado a Néstor y a los otros amigos, que formaban corrillo un poco apartados del desfile oficial.
Responso y luego, a hombros, hemos llevado el ataúd al cementerio distante apenas doscientos metros de la iglesia. Allí se han leído algunos poemas y fragmentos en prosa de Joan M. y, con un largo aplauso, se han introducido sus restos mortales en un nicho.
Cuando ha terminado el ritual necrolátrico era ya de noche, aunque apenas habían dado las seis y media en el reloj del nuevo ayuntamiento. Una luna llena espléndida, perfectamente redonda, rielaba en las aguas de las acequias y dejaba nacarados reflejos en las hojas de los naranjos humedecidas por el primer rocío.
El grupo de amigos caminaba en silencio hacia el caserío cuando ha dicho Otis: "He reservado mesa para las nueve en L'Arnadí. ¡Sin mujeres!"
PS Joan M. Monjo es el primero de aquel grupo de amigos que se ha ido. Podría colgar aquí, como homenaje al hombre de letras, alguna creación suya. Pero Joan M. escribió siempre en valenciano-catalán. Tendría que traducirlo y ya sabéis lo que se dice: "Traduttore... traditore...". Quizás lo haga en otro momento. Ahora me apetece más colgar una canción que fue nuestro himno de guerra cuando, a finales de los años 60 del siglo pasado, comenzamos a luchar en las universidades contra la dictadura reclamando libertades: Al vent, del cantautor valenciano Raimon.




