viernes, 18 de abril de 2014

Desde mi higuera (40)

 Hace un día espléndido de primavera. Sentado bajo la higuera estoy viendo cómo los botones de la ramas anticipan la salida de los nuevos pámpanos que me darán su sombra en verano. Es Viernes Santo y la suave brisa trae aroma de azahar de los floridos naranjales del entorno.

El campo ha jugado un papel importante en mi vida, aunque mi padre no fuera agricultor. De pequeño pasaba los veranos en casa de mi tía Ana María y mi tío Vicente, campesinos acomodados. Todos los días, al clarear, montaba en el carro tirado por la jaca Lucera (que por cierto era un caballo), con mi tío y mis primos, y ayudaba en las tareas propias de la estación. Era el tiempo de la recogida del cacahuete, del algodón, del tabaco, de segar alfalfa para las vacas estabuladas en el corral, de atender las últimas tareas en los arrozales antes de la siega... Quizás alguien piense con mentalidad moderna que, a mis once o doce años, aquello era explotación infantil. ¡Vaya memez! Aquello era el aprendizaje de las cosas útiles de la vida. Y mi tío, que de la vida sabía mucho, cuando me veía tronchado por el cansancio, me decía con cierta sorna: "¿Que prefieres, ésto o los libros?". La respuesta era evidente en mi caso.

Con mucho esfuerzo, mis padres compraron un parcelita en el campo, entre montañas, y poco a poco construyeron una casita. Allí pasábamos los fines de semana, los veranos y, cuando mi padre se jubiló (yo ya estaba emancipado), mis padres vivían allí la mayor parte del año hasta que los achaques de la vejez lo hicieron inviable.

Recuerdo que era el 1 de Mayo, día festivo, y yo había ido a ver a mis padres. Mi padre estaba delicado de salud. Pensé que sería bueno que fuéramos a pasar la tarde a la casita y allá que nos fuimos. En un momento dado, mi padre me pidió que le ayudara a subir a la azotea de la casa y así lo hice. Allí estuvo lago rato, disfrutando del paisaje.

Al atardecer regresamos al pueblo. No habría pasado una hora cuando mi padre sufrió un infarto cerebral que le dejó hemipléjico. Tras un mes de hospitalización cayó en coma fatal. Me gusta pensar que aquella tarde presintió el final y quiso llenarse con las imágenes de aquel paisaje tan querido para que le acompañaran en su última andadura. De esto hace casi treinta años...


3 comentarios:

Pedro dijo...

Tu escrito conlleva sencillez, encanto y emoción.

Te sigo día a día.

Pedro.

Tessitore di Sogno dijo...

Que buen relato Yayo.

De eso se trata la vida, del carpe diem. Y nada más.

Saludos

Andy dijo...

Don Yayo... después de casi dos años de no andar por estos sitios.. regreso.. y me encuentro con esta historia (tan interesante, como siempre y es de esperarse viniendo de usted), me acordé de algunos detalles.
El primero es que hace ya años que no voy a un pueblo a pasear, a ver el campo, distrutar de la vista y filosofar sobre la vida (lejos de la tecnología), también, inevitablemente, me acordé de mi abuelita, la cual sufrió de una embolia. Desafortunadamente, en este caso, duró en fisioterapias unos dos años antes de que finalmente falleciera. Su enfermedad me trajo muchos aprendizajes, unos buenos y otros no tanto.
En fin, pues me da gusto poder saludarlo y leerlo y espero que no tengan que pasar otros dos años para el siguiente comentario jejeje.