viernes, 18 de mayo de 2007

He cumplido un año "bloguero"


Esta mañana he caído en la cuenta de que soy un jovencísimo blogger que acaba de cumplir un año. Así que he decidido hacerme un regalo de cumpleaños. Llevaba algunos meses con problemas en la unidad lectora de CD de mi equipo de alta fidelidad, una Pioneer PD 5500 que tartamudeaba y me hacía cosas desagradables. Así que avanzada la mañana he ido a la calle madrileña de la Alta Fidelidad y, tras algunas consultas y pruebas, me he traído conmigo una Harman/Kardon HD 950 cuyas características están de acuerdo con mis exigencias. Además, lee MP3, cosa que no hacía la vieja (cuando la compre hace unos 15 años todavía no se había inventado eso).

Mi equipo de Alta Fidelidad es una parte importante de mi infraestructura doméstica. Instalado en mi estudio ocupando algunos estantes de la biblioteca, me porporciona muchas horas de solaz y es motivo de audiciones y animadas tertulias con las amistades. Desde muy joven me apasionó la música y la alta fidelidad, afición que comparto con un buen grupo de amigos.

Mi equipo lo forman:

Un viejo amplificador Dual CV120 de 60+60 watios eficaces de salida (pero que va de maravilla).
Dos cajas acústicas herméticas Miniwatt de 130 litros, cada una con un buffer de 25", dos motores de medios y dos tweeter de agudos.
Dos platos giradiscos semiprofesionales Thorens TD 125 MKII, con dos cápsulas Shure V15 y dos Shure M75, para según qué discos de vinilo.
Un magnetófono Revox A77 (la joya del conjunto).
Una pletina de cassette Dual C901 Autoreverse (otra joyita).
Una pletina grabadora de analógico a digital Philips CDR 570.
Un sintonizador multibanda de radio Sansui T-80.
Una unidad lectora de CD Harman/Kardon HD 950 (la nueva, a ver cómo se porta).
Un mezclador SM 808 con ecualizador visual.
Unos auriculares (para no molestar con la música a horas intempestivas) Sennheiser HD414, de baja impedancia (otra joya).

Me diréis algunos que ahora se llevan otras cosas, más simples, más miniaturizadas. Ya lo sé, pero soy mayor, llevo más de 40 años coleccionando música en conserva en todos los formatos que se han ido inventando en esos 40 años y no soy capaz de renunciar a escucharla en su forma original. Diréis: además de viejo, cabezón... ¿Qué se le va a hacer?

domingo, 13 de mayo de 2007

De paella


No hay ninguna celebración familar en ningún rincón del mundo que no contemple en algún momento la reunión en torno a la mesa. El acto de comer se convierte así en un ritual íntimo y, a la vez, compartido, participativo. Todas las culturas verdaderamente sólidas, arraigadas, ancestrales, tienen sus manjares típicos para las distintas celebraciones.

En mi tierra, el Reino de Valencia, uno de esos típicos platos propios para celebrar un acontecimiento señalado es el arroz en paella o, dicho de forma rápida, la paella. Decir "voy de paella" significa que uno va a reunirse con la familia o amigos para celebrar algo con una comida de mediodía (la paella, en mi tierra, nunca se cena; eso es cosa de turistas).

La paella se ha convertido en un plato de la gastronomía internacional lo cual equivale a decir que, en general, se puede comer casi en cualquier parte algo que alli llaman "paella" pero que a saber... Tampoco en mi tierra se comen buenas paellas en cualquier restaurante. Pero las hechas en casa de acuerdo con el ritual, con todas sus variantes, están siempre buenas. Por eso casi nunca vamos de paella fuera del ámbito familar, salvo a algunas casas de comida en las que sabemos que saben guisarla de acuerdo con el canon.

Luego está la estúpida discusión sobre cómo y de qué debe estar hecha una paella valenciana. Digo estúpida porque quienes animan esa discusión han olvidado (o no lo han sabido nunca) lo fundamental: la paella es, sencillamente, una de las mil formas de guisar el arroz que, en este caso particular utiliza un recipiente especial muy abierto y sin apenas altura lateral (que es a lo que realmente llamamos paella o caldero, al recipiente donde se guisa; llamarlo "paellera" es puro madrileñismo; en mi tierra una paellera es una señora que guisa paellas). Con la paella se reparte el fuego por toda la base y queda un arroz seco, entero y en su punto de textura. Discutir qué se le echa a la paella para acompañar al arroz es otra estupidez: se echa lo que se tiene a mano, como para cualquier otro arroz. Por otra parte, mi tierra es tan variada en ecosistemas (la costa de pescadores, las riberas agrícolas, las tierra de secano, la montaña...) que en cada sitio tienen lo que tienen y no por eso van a dejar de guisar un arroz en paella. Pero es verdad que con el tiempo se han ido decantando ciertos "menús": que si marinera, que si de carne, que si mixta, que si a banda...

Para mi gusto (que coincide con el familiar), mi arroz en paella ha de tener un sofrito de tomate y ajos, algunas verduras de temporada y, de tropezones, pollo, conejo y costillitas de cerdo. Todo condimentado con azafrán y un puntito de pimentón dulce. Y si hay pato que se quiten los demás tropezones.

Otro aspecto que hace que la paella sea para mí el plato familar por excelencia es la forma de comer el arroz, un hábito que se está perdiendo como tantos otros. El arroz hay que comerlo dentro de la propia paella cuando, tras unos minutos de reposo fuera del fuego, está templado, y hay que comerlo con cuchara a poder ser de madera; es cuando sabe más exquisito. La paella se coloca encima de la mesa y los comensales se sientan en torno a ella, cuchara en mano. Cada cual es dueño del sector circular que tiene delante, una especie de triángulo con el vértice en el centro de la paella. Si en tu terreno sale algún tropezón que no te gusta lo amontonas en el centro para que pueda cogerlo otro a quien le interese (si el arroz está bueno, suelen sobrar la mitad de los tropezones). Cuando has agotado tu sector completamente tienes derecho a entrar en el de tus vecinos inmediatos si andan más rezagados, lo cual da lugar a todas las bromas imaginables.

Comer arroz en paella es, como veis, un ritual con sus reglas.

domingo, 6 de mayo de 2007

Desde mi pueblo

Estoy sentado ante una máquina en un cibercafé de mi pueblo, abarrotado de gente joven que me mira, unos con curiosidad, otros con extrañeza. Debe ser cosa de la hora, casi mediodía del domingo Día de la Madre.

Me concentro en la tarea que me ha traído aquí: escribir. Desde hace unos días me atosiga la idea de escribir sobre vosotros, los amigos que han ido pasando por esta página abierta y han dejado comentarios interesándose por mi salud. Os diré que mi recuperación es muy satisfactoria, según los médicos, y que espero en una semana más poderme reintegrar a mis tareas de despacho en el museo y volver a dar mis clases en la universidad. Ambas actividades las echo de menos ya.

Pero decía que quiero escribir sobre vosotros. Intento imaginaros en vuestras actividades cotidianas pero es esfuerzo vano porque, salvo de muy pocos, apenas conozco algún retazo que habéis ido dejando colgado en vuestras entradas. Tampoco puedo hacerme una idea cabal de vuestras caras (ese espejo del alma, dicen algunos) en todos los casos. Busco en la memoria las fotos que algunos habéis publicado de vuestros viajes o vuestras fiestas. De otros sólo tengo imágenes parciales: unos ojos, una boca. De la mayoría, una viñeta alegórica. Se hace difícil conversar con esos fragmentos anatómicos. Pero como detrás estáis cada uno de vosotros entero y verdadero, a esos “todos personales” les digo que ha sido una experiencia maravillosa el contacto establecido. Eso hace que mi blog, más que una experiencia personal, sea una experiencia colectiva. A todos, a los jóvenes y a los menos jóvenes, os digo que entrar en vuestras páginas me resulta una experiencia gratificante. Todas tienen su atractivo: temas livianos, incluso triviales, que me hacen recordar que el mundo es un teatro diversísimo; ensayos literarios juveniles sorprendentemente “maduros”; crónicas de la vida que hablan de actividades vitales; inquietudes y reflexiones personales que invitan a reflexionar sobre temas importantes; artículos de maduros profesionales. Siento a mi alrededor infinidad de ventanas abiertas para que mire hacia el interior de otras casas y, lo confieso, no puedo (ni quiero) evitar sentirme en ocasiones involucrado en lo que allí veo.

Estos días que paso en mi vieja casa del pueblo abarrotada de recuerdos y de libros, al cuidado amoroso de mis dos cuñadas, curioseando en viejas carpetas con cuartillas amarillentas garabateadas hace muchos años he encontrado un poemilla que escribí en abril de 1963. Os lo copio, no sin cierto rubor y vergüenza ajena:

EN LA DISTANCIA

Que la distancia nos separa y nos atrae
es un flujo vital que me alimenta,
ahora que la senda que anduvimos tantas veces
embriaga de azahar mis pasos vacilantes.

En la distancia, envuelta con encajes de susurros,
tu imagen se filtra como el sol en los naranjos
y llena mis pupilas de luces imposibles,
calidoscopio soñado, o real, o visión mágica.

Me asomo a la distancia y un vahído
de ausencias me aproxima con su vértigo
al cálido perfil de tu presencia imaginada.

Junto a mí, o quizás dentro, la oquedad
de tus formas alejadas se hace túrbido
alimento de un deseo aplazado inevitable.

lunes, 23 de abril de 2007

Crónica apresurada de una urgencia quirúrgica

10/04/07

Por la tarde, al terminar la clase de Museología en la facultad, empiezo a notar molestias intestinales. Se agudizan a lo largo de la noche.

11/04/07

No me encuentro en condiciones de acudir al trabajo. Llamo al médico y me diagnostica, en primera instancia, gastritis o gastroenteritis. Me receta sulfamidas y calmantes para el dolor.
Mañana he de viajar a Montpelier (Francia) para dar unas conferencias. Aprovecho para ir preparando el equipaje.

12/04/07

He pasado una noche horrorosa. Por la mañana telefoneo al médico y me sugiere que anule el viaje a Francia y me ingrese por vía de urgencia en un hospital. Así lo hago.
Analíticas, exploraciones, radiografías, escáneres... El dolor es insoportable. A las 22h el diagnóstico está listo: apendicitis pasada que ha provocado peritonitis.
A las 22:30 entro en quirófano. Recupero la consciencia a las 4:35 del día siguiente. El dolor ha cesado.

Llevo varios días recuperándome y cada día me encuentro mejor que el anterior. El 20/04/07 abandoné el hospital. En cuanto resuelva algunos temas administrativos pendientes marcharé quince o veinte días a mi tierra, con mi gente, para terminar la convalecencia.

Disculpadme si abandono por unos días más la blogosfera. Y muchas gracias a todos los que os habéis preocupado por mi situación. Como dicen por mi tierra al referirse a una persona achacosa, "Caldera vella, bony i forat..." (en caldera vieja todo son abolladuras y agujeros...).

Saludos a todos.

lunes, 9 de abril de 2007

De la levedad de un blog

Hace algún tiempo me decía un jovencísimo corresponsal (algo airadamente) que no entendía qué hacía un tipo como yo en un sitio como éste. Mi respuesta fue muy sencilla: "Hacía lo que me apetecía hacer, dependiendo de los momentos". Según ese muchacho, la blogosfera es patrimonio de la gente joven en el que no tienen cabida los sesentones como yo. ¡Bendita inocencia de adolescente, si es que lo era! Me parece innecesario explicar lo evidente. Mis blogs, en nada extraordinarios, hablan por ellos mismos mediante sus contenidos. ¿Hasta qué punto son facetas de mi personalidad? Pues no lo sé, pero os aseguro que yo no dejo de ser quien soy cuando, como ahora, golpeo (con cierta inseguridad como mecanógrafo, que no en las ideas) los botones del teclado.

Un blog puede representar muchas cosas para su autor pero, cuanto más incidental resulte su contenido, más efímera será su vida. Un blog condicionado por una circunstancia personal concreta tiene una alta probabilidad de convertirse en un escombro más en la Red cuando esa circunstancia cambie lo suficiente. Y eso es lo que sucede con bastantes páginas de autores jóvenes que, una vez pasados los sarpullidos que las animaron, languidecen y quedan en la inopia de un limbo tan virtual como el otro limbo.

Llevar adelante un blog requiere tener tiempo e ideas que expresar. El tiempo siempre se puede conseguir, recortando de aquí y de allá y sumando esos minutos que dejamos volar a lo largo del día. Las ideas ya son harina de otro costal. No es infrecuente, paseando por la blogosfera, encontrar páginas raquíticas de contenido. Diréis, y no os faltará razón, que esa es una apreciación personal. Lo acepto. De todo ha de haber en la viña del Señor. Y con harta frecuencia se comprueba que esos blogs tenían los meses contados. Porque, después del punto final de una entrada, comienza la verdadera aventura: la de llegar a alguien a quien le parezca interesante tu aportación y puedas sentir, virtualmente, que formas parte de la blogosfera viva. No creo que haya nadie que considere irrelevante si su esfuerzo creativo tiene o no destinatario. Y no por una cuestión de alimentar el ego, que eso sí lo vería como algo hasta cierto punto criticable, sino porque somos seres que necesitamos comunicar y, si es posible, comunicarnos. Pensar lo contrario sería pervertir los propios fundamentos de la Red y, por extensión, de los medios de comunicación. Aunque, desde luego, yo prefiero otras formas de comunicación más personal, según para qué asuntos.

Formar parte de la blogosfera no es una cuestión de edad sino de ideas. Una vez dentro, si perseveras, encajarás en alguno de los muchísimos sectores que la componen. Si no encuentras hueco algo está fallando. Si te aburres es que la tarea supera tus expectativas. Si no encuentras tiempo para seguir con el blog es porque tienes otras tareas más importantes o atractivas o absorbentes. Nadie nos obliga a estar aquí para siempre.

Yo, por ahora, me quedo.

martes, 3 de abril de 2007

La "Pasión según San Mateo", de J.S. Bach




Estamos en Semana Santa y todavía vibra en mis adentros la música monumental del Cantor de Leipzig escuchada con ánimo reverente el pasado Domingo de Ramos. Desde 1970 tengo la costumbre de escuchar la Pasión según San Mateo, BWV 244, de Johann Sebastian Bach por estas fechas. La adquirí en los muchos años en que Rafael Frübeck de Burgos fue director titular de la Orquesta Nacional de España e, invariablemente, el Domingo de Ramos daba en concierto la "Gran Pasion" con la O.N.E., el Orfeón Donostiarra y un escogido grupo de solistas vocales e instrumentales.

Si alguien me pusiera en la tesitura de tener que escoger tres obras entre la prolífica producción bachiana no dudaría ni un segundo: me quedaría con El Clave Bien Temperado, El Arte de la Fuga y, desde luego, la Matthäus-Passion.

Con el paso del tiempo la Pasión... se ha convertido en algo cercano, familar, y aunque la audición la reservo para el Domingo de Ramos, tengo siempre a mano la partitura en mi modesta biblioteca y la abro al azar y leo algunos pasajes de cuando en cuando.

Sobre esta obra absolutamente genial se ha escrito mucho, pero posiblemente nunca se dirá todo porque, como ante tantos otros monumentos sublimes del genio humano, las actitudes personales, las evocaciones, las sugerencias son incontables. A mí me llena de inquietud, de sosiego, de estupor, de melancolía, de esperanza según van discurriendo los pentagramas. Porque en pocas obras como en ésta empleó Bach tan a fondo sus profundos saberes musicales. El músico convierte el constreñimiento de un guión que no puede alterar (el texto de Mateo en el Evangelio luterano) en una historia apasionada y apasionante, narrada en recitativos en los que la música subraya el dramatismo de los distintos pasajes del relato evangélico de la Pasión. Evangelista, Coro y Orquesta nos llevan plácidamente o nos zarandean o nos ponen un nudo en la garganta. ¿Quién no ha sentido el sobresalto cuando en el compás 30 del nº 54 (de la edición de Eulenburg) los dos coros gritan "Barabbam!" y pocos compases después inician una vivaz fuga mientras siguen gritando "Lass ihn kreuzigen!"? ¿Quién no se siente transportado a otra dimensión ante las sentidas corales que, como remansos de paz, jalonan la obra? ¿A quién no se le anuda la garganta con el aria para contralto del nº 47, "Erbarme dich..."? En una ocasión vi cómo se le saltaban las lágrimas a Norma Procter mientras la cantaba. ¿Quién no se siente empequeñecido y hasta ruín cuando, tras el breve recitativo iniciado en el compás 39 del nº 76, que corresponde a las últimas frases del relato evangélico, ve caer la losa sobre el sepulcro del Crucificado y escucha al coro y a los solistas en la tonalidad de Si bemol mayor despedirse del difunto con jaculatorias acabadas con el familiar "Mein Jesu, gute Nacht!".

La apoteosis llega, para mí, con la coral que cierra la obra, la nº 78, también escrita en Si bemol. Las dos orquestas inician un andante sosegado, solemne, con una melodía que presagia altísimos vuelos desarrollada en doce compases como un diálogo entre las orquestas. En la repetición entran los coros con ese impresionante "Wir setzen uns mit Tränen nieder...". En una ocasión asistí a una audición de la Pasión... en el nuevo auditorio de la ciudad de Colonia y me sorprendió ver que, llegados a esta parte de la obra, el público alemán se ponía de pie y cantaba enfervorecido con el coro. El director (nada menos que Karl Richter) había bajado de su podio para dirigir a coro, orquesta y público. Pensaréis que soy un sentimentaloide pero no pude reprimir las lágrimas. Y no era el único, os lo aseguro.

Dejo como ilustración musical precisamente esa Coral del nº 78 de la Pasión según San Mateo, BWV 244, de J. S. Bach. Para escucharla haz clic AQUÍ.

viernes, 30 de marzo de 2007

San José, un santo y paciente varón


El católico moderno tiene una imagen de este justo varón dibujada recientemente (en los últimos 500 años) con material procedente de fuentes no canónicas, en su mayor parte de los Evangelios Apócrifos. Porque en el Nuevo Testamento hay muy pocas referencias al padre putativo de Jesús, algunas de ellas enormemente polémicas y que siguen trayendo de cabeza a los exégetas cristanos. Por cierto, que de la abreviatura textual PP (Padre Putativo) se ha derivado que a los bautizados con el nombre de José se les llame familiarmente Pepe. Aunque eso supongo que ya lo sabíais.

De los cuatro Evangelios canónicos sólo los de Mateo y Lucas proporcionan algunos datos. Juan se limita a decir en un par de ocasiones que Jesús era hijo de José (Ju 1,45 y 6,42). Pero, ¿quién era ese José de Nazaret?

Según Mateo 1,16, era hijo de un tal Jacob. Para Lucas, en cambio, su padre se llamaba Helí (Lu 3,23). Este desacuerdo en las fuentes reveladas desconcierta a los exégetas, la mayoría de los cuales pasan de puntillas sobre el asunto sin detenerse y unos pocos han elaborado una teoría bastante infumable recurriendo a la Ley del Levirato: en tal teoría se considera que uno de los nombrados, por ejemplo Jacob (que tendría un hermano soltero llamado Helí), sería su padre biológico y habría muerto; según la Ley, su hermano Helí, por ser soltero, estaba obligado a casarse con la viuda, su cuñada, pasando a ser padrastro de su sobrino José.

Tampoco se sabe dónde nació aunque, por el hecho de desplazarse a Belén con María encinta para empadronarse, según ordenaba el edicto augusteo, es muy probable que fuera de Belén. El apócrifo Historia de José el carpintero (escrito en el siglo IV-V) lo afirma taxativamente: "Había un hombre llamado José, oriundo de Belén..." (HJC II,1). Textos canónicos y apócrifos coinciden en que era carpintero. Bueno, en realidad dicen que era tekton, algo así como persona habilidosa para hacer trabajos manuales. Pero desde muy antiguo se fijó el significado de carpintero, aunque en el apócrifo Libro sobre la infancia del Salvador (del siglo XIII) se deja traslucir que era agricultor: "... siendo la época de la sementera, salió José a sembrar trigo" (LIS 3).

Como carpintero no parece que siempre le salieran bien las cosas, a tenor de lo que nos narra el apócrifo Evangelio árabe de la Infancia (del siglo XIII-XIV) en el cap. XXXIX y que, resumiendo, nos viene a contar el milagro que tuvo que hacer Jesús para arreglar los desaguisados de su padre al contruir un trono que le había encargado el rey de Jerusalén.

A pesar del importante papel que jugó San José en la Sagrada Familia, los Evangelios transmiten poca información biográfica sobre el casto varón. Tampoco sobre María, su virgen esposa son en exceso explícitos. ¿Era José viudo cuando desposó a María o no había conocido mujer? La mención en varias ocasiones, en los Evangelios, de "los hermanos del Señor", por ejemplo en Mt 13,55 y ss., es un escollo difícil de salvar, que los exégetas católicos sortean haciendo filigranas retóricas. Pero en la Historia de José... se recoge que el Santo Patriarca era viudo, y que del primer matrimonio tuvo cuatro varones y dos mujeres (HJC II, 3 y ss.). En otros textos se nos indica que a la hora de desposar a María todos sus hijos se habían casado ya, excepto Santiago, el menor, luego Apóstol, al que los textos sagrados llaman "hermano del Señor".

Este asunto es importante para entender la animada discusión entre dos bandos de hagiógrafos: quienes defienden (sin ningún argumento claramente apoyado en la Revelación) que José era joven y soltero cuando se comprometió con María y quienes sostienen que era ya viejo. No quiero extenderme demasiado citando fuentes, pero coincido con quienes opinan que lo más razonable es pensar que era ya, efectivamente, añoso cuando celebró las nupcias con la Virgen. El devenir temporal del propio relato evangélico admite esa posibilidad: cuando Jesús inicia su vida pública su padre putativo debía haber muerto ya, pues no se le menciona como invitado en la boda de Caná; tampoco formaba parte del cortejo familiar al pie de la cruz, cuando, viendo su muerte próxima, Jesús encarga a Juan que se ocupe de cuidar a la Virgen. Las frases de Juan 19, 26-27 no tendrían sentido (exégesis posteriores aparte) si el esposo de María aún viviera. Por otra parte, y con todas las reservas a tener en cuenta, en la Historia de José... Jesús narra de manera presencial la muerte de su padre (HJC XVI y ss.).

Todas estas situaciones de desconocimiento hicieron que, en los primeros tiempos del cristianismo, San José fuera un santo ignorado, sobre todo para el cristianismo occidental. No figura en las nóminas y santorales de los Martirologios más antiguos y no hay constancia de que se le tributara culto oficialmente, aunque bien es verdad que durante los primeros siglos del cristianismo se veneraba principalmente a los mártires. Las referencias cultuales más antiguas que se tienen proceden de calendarios de la Iglesia Copta de los siglos VIII y IX. En Occidente se inició su culto hacia el siglo X, siendo una iglesia de Bolonia la primera dedicada al Santo cuando corría el año 1129. Su culto ganó adeptos gracias a la devoción de influyentes personajes del cristianismo como el Santo de Aquino, San Bernardino, Santa Brígida de Suecia... pero estaríamos ya a finales del siglo XIII y principios del XIV. Por fin, bajo el pontificado de Sixto IV (1471-1484), San José fue oficialmente introducido en el Misal Romano, fijándose su fiesta para el 19 de marzo.

Los gremios bajomedievales de carpinteros le tomaron por Patrón y así, poco a poco, la devoción a San José fué ganando popularidad. Con Clemente XI (1700-1721) consiguió el rango de fiesta doble de segunda clase, pero fue a lo largo del siglo XIX cuando se produjo el ascenso vertiginoso de categoría, que culminó en 1870 cuando Pío IX lo declaró Patrono Universal de la Iglesia Católica. Después San José entró en política. En 1889 se había instaurado el día 1 de Mayo como Fiesta del Trabajo a la que en pocos años se fueron adhiriendo todas las naciones a través de sus organizaciones sindicales de trabajadores. Pues bien, a Pío XII le cupo el honor de cristianizar en 1955 la Fiesta del Trabajo, convirtiéndola para el orbe católico en el día de San José Obrero.

En cuanto a su patronazgo de las Fallas, viene de la tradición de los gremios de carpinteros de Valencia, y como fueron los carpinteros los que construyeron las primeras fallas (y así ha continuado siendo hasta hace bien poco), cuando la fiesta tomó vuelo fue santificada bajo la tutela del Santo, que también había sido del gremio.

Lo del Día del Padre es más reciente y poco tiene que ver, en realidad, con San José.
(La ilustración corresponde el cuadro "La Sagrada Familia", de Simone Cantarini, pintado hacia 1645)

martes, 20 de marzo de 2007

San José, las Fallas, etc., etc.


Sí, ya sé que llevo el blog algo más desatendido de lo que suele ser habitual. Y no diré que es por razones de trabajo, no. Simplemente, me he tomado una semana de vacaciones para disfrutar de una fiesta tradicional de mi tierra, Valencia: las Fallas. La semana fallera es la apoteosis del cachondeo, del ruído atronador de los cohetes, de los excesos gastronómicos, de las noches sin dormir apenas... Es la quintaesencia de la burla y la crítica ácida a la política y sus personajillos, hecha monumento efímero de cartón y madera para ser quemado la noche del 19 de marzo, con la esperanza (que nunca se cumple) de que el fuego sirva de ejemplar metáfora y limpie nuestra sociedad de tanta basurilla. Mi falla, la de mi barrio, la que os muestro en la foto, llevaba por lema "Haciendo el indio..." y en ella satirizábamos a los políticos locales y su aldeana manera de entender la política. Nada nuevo bajo el sol.


Dentro de unos días, en cuanto me recupere, escribiré algo sobre San José, el patrón de las Fallas, ese santo modesto, casi de segunda fila en la nómina católica.


Ahora os dejo con música: un pasodoble fallero por excelencia, El Fallero, del maestro Serrano.


domingo, 11 de marzo de 2007

En Atenas

He pasado unos días en Atenas por motivos profesionales. Atenas me sobrecoge siempre, y no porque sea actualmente una gran metrópoli abigarrada, ruidosa, incómoda... y llena de turistas (afortunadamente). Me sobrecoge el aleteo ingrávido de tanta Historia, de tantas mentes preclaras generando ideas que han quedado prendidas, fecundando el pensamiento humano, de tantas nobles piedras.

Siempre suelo hospedarme en un hotel cercano al centro histórico para, en mi tiempo libre, poder pasear tranquilamente por las callejuelas del Plaka y adentrarme en grato paseo por las calles de la Atenas clásica, las ruínas de la esplendorosa Atenas de Pericles, no sin detenerme antes o después en la taberna de Manniatis y allí, desde su pequeña terraza, contemplar la dominante silueta de la Acrópolis mientras saboreo, solo o en compañía, una jarra de recio vino resinoso y, si se tercia por la hora, engullir sin prisa unas dolmades, o moussaka, o kolokithakia, aprestando el camino a unos calamares o al pulpo aderezado con taramasalata, pero dejando algo de hueco para poder rematar con dulces baklavas o loukoumades.

Os invito a un paseo por las ruínas de Atenas (reproducido hasta cierto punto en el "clip" que cierra este artículo). En las últimas callejuelas de la ciudad actual uno puede encontrarse con bellas iglesias bizantinas y sus ricos mosaicos de tema religioso y, al levantar la vista en dirección sur, las escarpadas paredes de la mesa rocosa en cuya plataforma se eleva el Partenón. Es un regalo para la vista.

Pero entremos al Ágora desde el Cerámico por la avenida que la cruza en diagonal, por la que tantas veces discurrió la procesión sagrada de las Panateneas en dirección al Partenón, al templo mayor de Atenea Pártenos. A la derecha, y como un anticipo, el templo de Efestos, también llamado de Teseo, con sus evidentes concomitancias con el Partenón (no son pocos quienes opinan que los trazó el mismo arquitecto). Pasemos junto a las ruínas de la Casa de la Fuente y dirijamos la mirada (con la imaginación, pues sólo los cimientos perduran) hacia los recintos porticados que cerraban la gran plaza del Ágora, las pintadas Stoas, y prestemos oído a los ecos que todavía resuenan de las voces de Zenón enseñando filosofía estoica, de los tyranos construyendo la democracia ateniense, de Demóstenes en sus diatribas contra Filipo de Macedonia... ¡Tantas voces magistrales se agolpan en mi memoria...!

Llego ya al pie del risco del recinto sagrado y el camino comienza a ascender y pasa zigzagueante junto al precipicio sur, al que me asomo para contemplar el Odeón de Herodes Ático y recordar aquella memorable representación de la Electra de Eurípides, en griego clásico, hace de esto ya más de veinte años. Algo más al este se vislumbran las nobles ruínas del teatro de Dionisio, donde estrenaron Eurípides, Aristófanes, Sófocles y tantos otros clásicos. Impresiona sólo el recordarlo...

Paso junto al pequeño templo dedicado a Atenea Niké y enfilo la escalinata de los Propileos. El corazón me late a más de 100, no sólo por los achaques de viejo fumador, mientras subo los gastados escalones que conducen a la soberbia barrera de columnas jacenadas: sé que es el pórtico, la antesala de un espacio maravilloso. La Geometría reina allí como una aliada sublime de lo esotérico. Uno quiere ver el Partenón pero la columnata del propileo no te permite sino una visión segmentada del espacio más allá. Has de rebasarla y entonces, ¡oh milagro!, ante ti se despliega una perspectiva absolutamente genial del templo en ligero escorzo, la mejor perspectiva posible a la distancia óptima. Todo calculado para el efectismo.

Me siento sobre el tambor de una columna caída, enciendo un cigarrillo y, mientras fumo con fruición, paseo la mirada por el Erecteion reconstruído y pienso en sus Cariátides originales (hoy en museos) recordando viejos grabados y fotografías del siglo XIX.

Pero el Partenón me llama con la atractiva salmodia de las Vestales en los cultos a la diosa protectora. Paseo por su alrededor y lleno con la imaginación el hueco horrendo de la cella (derruida por la horrísona explosión del polvorín que los turcos otomanos instalaron en ella en el siglo XVII) con la gigantesca escultura de Atenea Pártenos labrada por Fidias, destruida por manos iconoclastas no se sabe cuándo. Huelo el incienso y los perfumes de ese sancta sanctorum y recorro con la mirada por fuera y por dentro del templo los frontones y frisos con altorrelieves que cuentan historias maravillosas de la mitología griega. Mirada imaginaria que me ha de transportar a Londres y París donde se custodian, afortunadamente, la mayor parte de los restos conservados de tanta maravilla marmórea.

Atardece... Desando el camino tras una última mirada antes de cruzar de nuevo los Propileos. Es tiempo de pensar en la taberna de Manniatis y en un reparador refrigerio.

viernes, 2 de marzo de 2007

¿Eres espiado?

La Red es un medio de expresión y opinión cada día menos seguro, menos independiente y menos libre, si es que estas cualidadades las tuvo alguna vez. A estas alturas de la película, cuando las posibilidades ofrecidas por Internet ya son exploradas y explotadas por muchos millones de internautas tras varios decenios de bombardeo publicitario directo e indirecto ensalzando sus virtudes, la Red se está convirtiendo en un arma estratégica potencialmente peligrosa para la seguridad del "stablishment", que ve en ese acto voluntario de apretar una tecla un direccionamiento hacia el desacato, hacia lo prohibido, hacia la transgresión de moralidades pactadas no se sabe con quién.

Leía recientemente en un periódico abandonado en una repisa del tren de cercanías que me lleva a diario a la universidad, que cada día estamos más controlados por los sistemas informáticos del Estado. No es sólo por Hacienda, aunque por ahí comenzó. Nuestra actividad va dejando rastros que quedan almacenados en incontables bases de datos fiscalizadas por el Estado, desde la visita al médico hasta el gesto cotidiano de pagar la cuenta del restaurante o de la tienda con una tarjeta de crédito.

Luego están los hackers. Los buenos, los más hábiles, no suelen entretenerse en entrar y espiar un ordenador personal. Lo que les hace subir la tasa de adrenalina es romper las barreras de seguridad de grandes compañías u organismos oficiales y dejar allí su firma. Porque los PCs son demasiado vulnerables por más que instalemos esos programas anti-spy que nos venden a precio de oro y que, la verdad, sirven para bien poco a quienes utilizamos Internet con moderación. Pero, con el fenómeno hacker, los organismos policiales y de "inteligencia" se dieron cuenta de lo fácil que resulta espiar cualquier cuenta de correo electrónico, cualquier blog, cualquier página web, aunque nos identifiquemos con esos nombres a veces tan ridículos tras los que intentamos salvaguardar el anonimato. Es tan sencillo como "pinchar" un teléfono.

Así, ese soplo aparente de libertad que ofrece Internet puede convertirse en una trampa en la que puedes caer y verte cazado como un gazapillo si lo que muestras en tu escaparate o el contenido de tus mensajes no gusta a alguien con el poder y medios suficientes para tenerte controlado. Padres hay que ya controlan de ese modo todas las comunicaciones de sus hijos, incluidos los teléfonos móviles. La moraleja que pretenden introducir esos controladores de vidas ajenas es: "Habla, exprésate, comunícate, pero si te sales de mis normas te daré un garrotazo a ti y a quien se comunique contigo". Como al gazapo. Y, además, pueden conocer de antemano tus movimientos en cuanto los lances al éter.

Quienes somos partidarios de la libertad sin tapujos sabemos también que somos algo utópicos. Cuanto mayor despliegue tecnológico, mayor facilidad de control. Es la manera que tiene el Sistema de mantenerse y perpetuarse. El ejercicio de la libertad es limitado; desde fuera nos imponen unos límites de los que a menudo no somos conscientes hasta que, al traspasarlos, la Autoridad, ese Gran Hermano nacido con taras incurables de mala conciencia, te aplica sanción en virtud de no sé qué artículo de no sé qué código legal.

"Eres un poco ácrata", diréis. Así es. Aunque tampoco creo en Icaria, ese lugar de utopía donde todos podamos vivir en armonía y libertad perfectas. Ácrata y escéptico.

Yo soy espiado, lo sé (y no salta ninguna alarma en mi PC a pesar de las protecciones), porque también lo es una persona muy querida con quien me comunico utilizando a veces estos medios electrónicos. Y he sido advertido. Pero, como le dije al emisario, por ahora me paso las amenazas por entre las piernas, a la altura de mis colgajos. A mi edad hay muchos miedos que ya tengo superados y no me va a amedrentar lo que considero una instrusión inadmisible en mi esfera privada. Que uno también tiene algún derecho; no todo van a ser obligaciones.