He pasado unos días en Atenas por motivos profesionales. Atenas me sobrecoge siempre, y no porque sea actualmente una gran metrópoli abigarrada, ruidosa, incómoda... y llena de turistas (afortunadamente). Me sobrecoge el aleteo ingrávido de tanta Historia, de tantas mentes preclaras generando ideas que han quedado prendidas, fecundando el pensamiento humano, de tantas nobles piedras.
Siempre suelo hospedarme en un hotel cercano al centro histórico para, en mi tiempo libre, poder pasear tranquilamente por las callejuelas del Plaka y adentrarme en grato paseo por las calles de la Atenas clásica, las ruínas de la esplendorosa Atenas de Pericles, no sin detenerme antes o después en la taberna de Manniatis y allí, desde su pequeña terraza, contemplar la dominante silueta de la Acrópolis mientras saboreo, solo o en compañía, una jarra de recio vino resinoso y, si se tercia por la hora, engullir sin prisa unas
dolmades, o
moussaka, o
kolokithakia, aprestando el camino a unos calamares o al pulpo aderezado con
taramasalata, pero dejando algo de hueco para poder rematar con dulces
baklavas o
loukoumades.
Os invito a un paseo por las ruínas de Atenas (reproducido hasta cierto punto en el "clip" que cierra este artículo). En las últimas callejuelas de la ciudad actual uno puede encontrarse con bellas iglesias bizantinas y sus ricos mosaicos de tema religioso y, al levantar la vista en dirección sur, las escarpadas paredes de la mesa rocosa en cuya plataforma se eleva el Partenón. Es un regalo para la vista.
Pero entremos al Ágora desde el Cerámico por la avenida que la cruza en diagonal, por la que tantas veces discurrió la procesión sagrada de las Panateneas en dirección al Partenón, al templo mayor de Atenea Pártenos. A la derecha, y como un anticipo, el templo de Efestos, también llamado de Teseo, con sus evidentes concomitancias con el Partenón (no son pocos quienes opinan que los trazó el mismo arquitecto). Pasemos junto a las ruínas de la Casa de la Fuente y dirijamos la mirada (con la imaginación, pues sólo los cimientos perduran) hacia los recintos porticados que cerraban la gran plaza del Ágora, las pintadas Stoas, y prestemos oído a los ecos que todavía resuenan de las voces de Zenón enseñando filosofía estoica, de los
tyranos construyendo la democracia ateniense, de Demóstenes en sus diatribas contra Filipo de Macedonia... ¡Tantas voces magistrales se agolpan en mi memoria...!
Llego ya al pie del risco del recinto sagrado y el camino comienza a ascender y pasa zigzagueante junto al precipicio sur, al que me asomo para contemplar el Odeón de Herodes Ático y recordar aquella memorable representación de la
Electra de Eurípides, en griego clásico, hace de esto ya más de veinte años. Algo más al este se vislumbran las nobles ruínas del teatro de Dionisio, donde estrenaron Eurípides, Aristófanes, Sófocles y tantos otros clásicos. Impresiona sólo el recordarlo...
Paso junto al pequeño templo dedicado a Atenea Niké y enfilo la escalinata de los Propileos. El corazón me late a más de 100, no sólo por los achaques de viejo fumador, mientras subo los gastados escalones que conducen a la soberbia barrera de columnas jacenadas: sé que es el pórtico, la antesala de un espacio maravilloso. La Geometría reina allí como una aliada sublime de lo esotérico. Uno
quiere ver el Partenón pero la columnata del propileo no te permite sino una visión segmentada del espacio más allá. Has de rebasarla y entonces, ¡oh milagro!, ante ti se despliega una perspectiva absolutamente genial del templo en ligero escorzo, la mejor perspectiva posible a la distancia óptima. Todo calculado para el efectismo.
Me siento sobre el tambor de una columna caída, enciendo un cigarrillo y, mientras fumo con fruición, paseo la mirada por el Erecteion reconstruído y pienso en sus Cariátides originales (hoy en museos) recordando viejos grabados y fotografías del siglo XIX.
Pero el Partenón me llama con la atractiva salmodia de las Vestales en los cultos a la diosa protectora. Paseo por su alrededor y lleno con la imaginación el hueco horrendo de la
cella (derruida por la horrísona explosión del polvorín que los turcos otomanos instalaron en ella en el siglo XVII) con la gigantesca escultura de Atenea Pártenos labrada por Fidias, destruida por manos iconoclastas no se sabe cuándo. Huelo el incienso y los perfumes de ese
sancta sanctorum y recorro con la mirada por fuera y por dentro del templo los frontones y frisos con altorrelieves que cuentan historias maravillosas de la mitología griega. Mirada imaginaria que me ha de transportar a Londres y París donde se custodian, afortunadamente, la mayor parte de los restos conservados de tanta maravilla marmórea.
Atardece... Desando el camino tras una última mirada antes de cruzar de nuevo los Propileos. Es tiempo de pensar en la taberna de Manniatis y en un reparador refrigerio.