Hoy me he sentido especialmente sensibilizado para escuchar la integral de los Conciertos de Brandenburgo, BWV 1046 al 51. Son tan variados dentro de la unidad que forman, que su audición-lectura resulta refrescante, reparadora. Bach escogió minuciosamente los instrumentos solistas de cada uno de ellos para ensayar la mayor gama posible de recursos expresivos y de combinaciones de fuga y contrapunto. Había, por otra parte, que quedar bien ante el margrave (algo así como el marqués) de Brandenburgo, a quien se los dedica, y es bien sabido el desvelo del músico por impresionar con su arte y poder ganar unas perrillas con las que sacar adelante a su prolífica familia.
Los Brandenburger están construidos sobre la cuerda barroca clásica: dos violines, viola, violonchelo y bajo continuo. Con ella dialogarán, según en qué BWV, los oboes, los cornos, el fagot, la flauta, la viola da gamba y la trompeta. El autor exige a los solistas un cierto grado de virtuosismo aunque, en mi opinión, no un extraordinario virtuosismo como se dice a menudo en los folletos y críticas. Excepto en el trompetista.
Hace muchos años, debió ser en 1972 o 1973, la Orquesta Nacional de España (ONE) había invitado al trompetista francés Maurice André (un auténtico maestro del instrumento) para actuar como solista en un par de los Conciertos para trompeta de Torelli. Después del concierto fui a cenar, como era habitual, con un grupo de amigos, músicos valencianos de la ONE, y en esa ocasión nos acompañaba también Maurice André. No era infrecuente que algunos solistas invitados, especialmente instrumentistas de viento, se apuntaran a aquellas cenas-tertulias. En ellas se hablaba sobre todo de música, de la recién interpretada, de las anécdotas ocurridas durante el concierto que casi nunca llegan al público. Hablar de música desde el punto de vista del intérprete es bastante distinto a hacerlo desde el punto de vista del autor o del musicólogo o del crítico o simplemente de oyente. El intérprete es realmente quien desentraña hasta lo más profundo las intenciones del autor.
Hablábamos de la dificultad de algunos pasajes de los Conciertos de Torelli y Maurice nos confesó que hacía una "pequeña trampa" para salvar algunos intervalos particularmente dificultosos: había hecho añadir un cuarto pistón especial a la trompeta, que facilitaba las cosas. "Pero -nos dijo- ni aun con esa ayuda se pueden salvar bien las dificultades del Concierto de Brandenburgo nº 2. Es más que evidente que Bach no lo escribió para la trompeta sino contra el trompeta". Yo me permití recordarle una grabación suya que acaba de salir hacía poco con I Musici y que me parecía impecable. "¡Ufff...!" -dijo, sonriendo con una mueca muy expresiva. Interpreté que daba a entender que había sido muy trabajoso conseguir una buena grabación.
No tengo a mano aquellos vinilos pero para ilustrar esos pasajes "contra el trompeta" bien vale la grabación de Thomas Stevens con miembros de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles bajo la batuta de Pinchas Zukermann. Stevens, por cierto, resuelve con suficiencia esos trinos y arpegios infernales, aunque no puede evitar desafinar o trabarse ligeramente en alguno de ellos. Y es que Bach obliga a la trompeta a situarse constantemente en la octava más aguda mientras el resto de instrumentos solistas, la flauta, el violín y el oboe deambulan por tesituras cómodas.
Escuchad y lo comprobaréis.
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
martes, 29 de mayo de 2007
martes, 3 de abril de 2007
La "Pasión según San Mateo", de J.S. Bach
Estamos en Semana Santa y todavía vibra en mis adentros la música monumental del Cantor de Leipzig escuchada con ánimo reverente el pasado Domingo de Ramos. Desde 1970 tengo la costumbre de escuchar la Pasión según San Mateo, BWV 244, de Johann Sebastian Bach por estas fechas. La adquirí en los muchos años en que Rafael Frübeck de Burgos fue director titular de la Orquesta Nacional de España e, invariablemente, el Domingo de Ramos daba en concierto la "Gran Pasion" con la O.N.E., el Orfeón Donostiarra y un escogido grupo de solistas vocales e instrumentales.
Si alguien me pusiera en la tesitura de tener que escoger tres obras entre la prolífica producción bachiana no dudaría ni un segundo: me quedaría con El Clave Bien Temperado, El Arte de la Fuga y, desde luego, la Matthäus-Passion.
Con el paso del tiempo la Pasión... se ha convertido en algo cercano, familar, y aunque la audición la reservo para el Domingo de Ramos, tengo siempre a mano la partitura en mi modesta biblioteca y la abro al azar y leo algunos pasajes de cuando en cuando.
Sobre esta obra absolutamente genial se ha escrito mucho, pero posiblemente nunca se dirá todo porque, como ante tantos otros monumentos sublimes del genio humano, las actitudes personales, las evocaciones, las sugerencias son incontables. A mí me llena de inquietud, de sosiego, de estupor, de melancolía, de esperanza según van discurriendo los pentagramas. Porque en pocas obras como en ésta empleó Bach tan a fondo sus profundos saberes musicales. El músico convierte el constreñimiento de un guión que no puede alterar (el texto de Mateo en el Evangelio luterano) en una historia apasionada y apasionante, narrada en recitativos en los que la música subraya el dramatismo de los distintos pasajes del relato evangélico de la Pasión. Evangelista, Coro y Orquesta nos llevan plácidamente o nos zarandean o nos ponen un nudo en la garganta. ¿Quién no ha sentido el sobresalto cuando en el compás 30 del nº 54 (de la edición de Eulenburg) los dos coros gritan "Barabbam!" y pocos compases después inician una vivaz fuga mientras siguen gritando "Lass ihn kreuzigen!"? ¿Quién no se siente transportado a otra dimensión ante las sentidas corales que, como remansos de paz, jalonan la obra? ¿A quién no se le anuda la garganta con el aria para contralto del nº 47, "Erbarme dich..."? En una ocasión vi cómo se le saltaban las lágrimas a Norma Procter mientras la cantaba. ¿Quién no se siente empequeñecido y hasta ruín cuando, tras el breve recitativo iniciado en el compás 39 del nº 76, que corresponde a las últimas frases del relato evangélico, ve caer la losa sobre el sepulcro del Crucificado y escucha al coro y a los solistas en la tonalidad de Si bemol mayor despedirse del difunto con jaculatorias acabadas con el familiar "Mein Jesu, gute Nacht!".
La apoteosis llega, para mí, con la coral que cierra la obra, la nº 78, también escrita en Si bemol. Las dos orquestas inician un andante sosegado, solemne, con una melodía que presagia altísimos vuelos desarrollada en doce compases como un diálogo entre las orquestas. En la repetición entran los coros con ese impresionante "Wir setzen uns mit Tränen nieder...". En una ocasión asistí a una audición de la Pasión... en el nuevo auditorio de la ciudad de Colonia y me sorprendió ver que, llegados a esta parte de la obra, el público alemán se ponía de pie y cantaba enfervorecido con el coro. El director (nada menos que Karl Richter) había bajado de su podio para dirigir a coro, orquesta y público. Pensaréis que soy un sentimentaloide pero no pude reprimir las lágrimas. Y no era el único, os lo aseguro.
Dejo como ilustración musical precisamente esa Coral del nº 78 de la Pasión según San Mateo, BWV 244, de J. S. Bach. Para escucharla haz clic AQUÍ.
Si alguien me pusiera en la tesitura de tener que escoger tres obras entre la prolífica producción bachiana no dudaría ni un segundo: me quedaría con El Clave Bien Temperado, El Arte de la Fuga y, desde luego, la Matthäus-Passion.
Con el paso del tiempo la Pasión... se ha convertido en algo cercano, familar, y aunque la audición la reservo para el Domingo de Ramos, tengo siempre a mano la partitura en mi modesta biblioteca y la abro al azar y leo algunos pasajes de cuando en cuando.
Sobre esta obra absolutamente genial se ha escrito mucho, pero posiblemente nunca se dirá todo porque, como ante tantos otros monumentos sublimes del genio humano, las actitudes personales, las evocaciones, las sugerencias son incontables. A mí me llena de inquietud, de sosiego, de estupor, de melancolía, de esperanza según van discurriendo los pentagramas. Porque en pocas obras como en ésta empleó Bach tan a fondo sus profundos saberes musicales. El músico convierte el constreñimiento de un guión que no puede alterar (el texto de Mateo en el Evangelio luterano) en una historia apasionada y apasionante, narrada en recitativos en los que la música subraya el dramatismo de los distintos pasajes del relato evangélico de la Pasión. Evangelista, Coro y Orquesta nos llevan plácidamente o nos zarandean o nos ponen un nudo en la garganta. ¿Quién no ha sentido el sobresalto cuando en el compás 30 del nº 54 (de la edición de Eulenburg) los dos coros gritan "Barabbam!" y pocos compases después inician una vivaz fuga mientras siguen gritando "Lass ihn kreuzigen!"? ¿Quién no se siente transportado a otra dimensión ante las sentidas corales que, como remansos de paz, jalonan la obra? ¿A quién no se le anuda la garganta con el aria para contralto del nº 47, "Erbarme dich..."? En una ocasión vi cómo se le saltaban las lágrimas a Norma Procter mientras la cantaba. ¿Quién no se siente empequeñecido y hasta ruín cuando, tras el breve recitativo iniciado en el compás 39 del nº 76, que corresponde a las últimas frases del relato evangélico, ve caer la losa sobre el sepulcro del Crucificado y escucha al coro y a los solistas en la tonalidad de Si bemol mayor despedirse del difunto con jaculatorias acabadas con el familiar "Mein Jesu, gute Nacht!".
La apoteosis llega, para mí, con la coral que cierra la obra, la nº 78, también escrita en Si bemol. Las dos orquestas inician un andante sosegado, solemne, con una melodía que presagia altísimos vuelos desarrollada en doce compases como un diálogo entre las orquestas. En la repetición entran los coros con ese impresionante "Wir setzen uns mit Tränen nieder...". En una ocasión asistí a una audición de la Pasión... en el nuevo auditorio de la ciudad de Colonia y me sorprendió ver que, llegados a esta parte de la obra, el público alemán se ponía de pie y cantaba enfervorecido con el coro. El director (nada menos que Karl Richter) había bajado de su podio para dirigir a coro, orquesta y público. Pensaréis que soy un sentimentaloide pero no pude reprimir las lágrimas. Y no era el único, os lo aseguro.
Dejo como ilustración musical precisamente esa Coral del nº 78 de la Pasión según San Mateo, BWV 244, de J. S. Bach. Para escucharla haz clic AQUÍ.
sábado, 20 de enero de 2007
Mozart forever...
A Persio, que me dio la idea.
Ayer, viernes, regresé a casa por la tarde particularmente cansado de la Facultad. Tres horas seguidas de clase, con apenas una pausa de diez minutos para fumarme un par de cigarrillos apresurados en el jardín, me habían dejado el cerebro medio exprimido, reseco y doliente.
Fue así como, algo mecánicamente, me encontré con la flauta armada entre la manos y una partitura abierta en el atril: el Concierto KV 299 para flauta, arpa y orquesta en do mayor, de W. A. Mozart. Tañer la flauta me relaja de manera extraordinaria, sobre todo interpretando música barroca. Pero últimamente se está convirtiendo en un acontecimiento extraordinario porque el tiempo se me va de entre las manos, invertido en quehaceres supuestamente más importantes.
Tampoco penséis que soy un intérprete atinado. Soy un mediocre aficionado desde los 10 años, prácticamente atodidacta, con algo de técnica aprendida del excelente método de Henry Altes e, indirectamente, escuchando a grandes maestros como J.P. Rampal. Toco para mi propio solaz y, en algunas ocasiones, para someterme a la crítica de mis amistades. Pues bien, mientras me enfrentaba al Andantino del KV 299, redordé un comentario de Persio en una de mis entradas anteriores y es lo que me ha llevado a escribir este texto.
W.A. Mozart es uno de mis compositores favoritos. No sólo su música me resulta fascinante: también su personalidad de genial adolescente es de un atractivo cautivador. Su biografía ha hecho correr ríos de tinta pero quizás sea suficiente para una puesta en escena con traer a la memoria, aquí, la recreación cinematográfica de Milos Forman, Amadeus. Sobrecoge pensar qué y cómo habría podido componer si hubiera vivido más años (murió con 34). En todo caso lo que sí es evidente es que con Mozart el clasicismo musical alcanza su máxima expresión y en sus últimas obras el estigma romántico ya rezuma de los pentagramas. No son pocos los musicólogos que descubrieron la ligazón temperamental entre sus últimas sinfonías y las primeras de Beethoven, el músico romántico por excelencia.
El Concierto KV 299, escrito en París en 1778 a los 21 años, es una rareza instrumental: para flauta, arpa y orquesta. Mozart, oportunista donde los hubiera, lo escribió para un noble francés que tocaba la flauta y para su hija, aficionada al arpa, con la esperanza de que le ayudara a introducirle en el ambiente musical parisino. Parece que esto último resultó un fiasco (el "chauvinismo" francés viene de lejos...). Con todo, es una joya musical de corte exquisitamente clásico. El Allegro inicial, que comienza con un tutti de dos compases con la orquesta y los solistas sonando fuerte, desarrolla con exquisitez ideas musicales juguetonas a base de escalas y arpegios, en las que los solistas dialogan entre sí y con la orquesta intercambiando protagonismo mediante juegos armónicos de gran brillantez. El segundo tiempo es un Andantino reposado, escrito en la tonalidad de fa mayor para el lucimiento de los instrumentos solistas, dejando a la cuerda el papel nada desdeñable de acompañarles con largas notas tendidas que tejen una especie de tapiz sonoro de fondo sobre el que evolucionan de manera modulada, destacando, las bellísimas frases musicales expuestas por los solistas. El movimiento final, un Allegro estructurado como Rondó, danza muy de moda en los salones cortesanos parisinos de gusto rococó, vuelve a retomar la tonalidad de do mayor. La música nos va transportando con creciente e impetuosa intensidad a un brillante final. Los solistas callan a menudo, dejando que la orquesta exponga los temas, subrayados por los sones del oboe y las trompas (tan queridas del gusto germánico mozartiano), y cuando intervienen lo hacen con extremado virtuosismo de largas escalas y arpegios de la flauta, acentuados por sobrios acordes del arpa.
A mí me gusta especialmente el segundo movimiento, el Andantino, y a él quisiera dedicar párrafo aparte. Constituye, además, la ilustración musical de esta entrada para que puedan seguirse sobre la propia música mis comentarios.
La cuerda expone en los doce primeros compases el tema que va a constituir el eje musical de todo el movimiento. En el compás 13 calla la orquesta durante varios compases y la flauta y el arpa inician la repetición del tema, comenzando un diálogo en el que en ocasiones será la flauta la que desarrolle largas frases moduladas en arpegios ascendentes-descendentes con el contrapunto de arpegios y acordes del arpa y el acompañamiento suave de la cuerda con notas tendidas, y en otros momentos se invertirán los papeles de los solistas. Esta sección se repetirá con armoniosas variaciones sobre el tema principal, en frases fugadas, a partir del compás 59, que se adornan con frecuentes y efectistas trinos. Hacia el final de esta sección está la nota fatídica para el flautista, donde todos fallan ligeramente (yo estrepitosamente): Mozart obliga al instrumentista a pasar, en el compás 97, de un do grave (la nota más baja de la tesitura del instrumento) a un fa sobreagudo (de las más altas) y ahí todos fallan en la afinación del agudo, que siempre suele quedar algo calante. Esta grabación no es una excepción. La segunda sección termina con una frase musical suspendida..., un calderón en el compás 102. Son unos instantes de silencio tenso... ¿Qué sucederá a continuación? Pues lo que sucede es el inicio de una cadenza bellísima a dúo de la flauta y el arpa mientras la orquesta, silenciosa y expectante, aguarda el final de tanta belleza para incorporarse, ya todos en conjunto, a una última repetición del tema principal que se disolverá, tras unos trinos del arpa, en tres acordes pianísimos, que me dejan el alma encogida y preparada para la explosión rítmica del Rondó, el último movimiento del Concierto. Si tenéis oportunidad de escuchar la obra completa estoy seguro de que me comprenderéis.
sábado, 18 de noviembre de 2006
La música rusa
Llevo unos días tristón. Un exceso de trabajo pero, sobre todo, una cuota de decepción demasiado alta. Creo que nunca me quedaré vacunado contra la decepción que me causan los comportamientos y reacciones negativas, incluso agresivas, de personas en las que había depositado cierto margen de confianza. Trato de verlo desde todos los ángulos, de comprenderles. Pero no consigo evitar sentirme decepcionado y preguntarme dónde están los fallos, en qué me he equivocado si es que ha sido mío el error.
Lo cierto es que desde hace unos días escucho cuando estoy en casa música rusa. Debió ser, al principio, una reacción subconsciente que luego ha seguido.
Al decir música rusa no me refiero a los grandes clásicos (Tchaikowsky, Glinka, Rimsky-Korsakow, Balakirev, Prokofieff, Shostakowitch y otros). Me refiero a la música popular, a esos cantos nacidos del pueblo con sus armonías sencillas y también a las corales litúrgicas, solemnes, de la religión ortodoxa, tan ancladas en las tonalidades de la música renacentista.
La música popular rusa es triste. Lo descubrí en innumerables noches bajo el cielo estrellado de la estepa siberiana, regadas con vodka casero, cuando inevitablemente del alma rusa aflora la faceta sentimental y canora. En comparación con nuestras canciones de melopea (El vino que tiene Asunción..., sin ir más lejos) sus cantos son musical y narrativamente tristes. De hecho, muchas de ellas forman una saga de "romances crueles" en los que lloran la opresión y el sufrimiento del mujik, del campesino, o los amores contrariados. Y las que no son tristes en sí mismas dejan un regusto de nostalgia. Los más de cincuenta años de dictadura soviética a ritmo de marcha militar y canción patriótica no han podido borrarlas de la memoria colectiva.
Algunas canciones rusas traspasaron el telón de acero y son bien conocidas en Occidente. Recordemos, por ejemplo, Ojos negros, Noches de Moscú, Katiusha o las diversas variantes del Swing de cosacos. Aunque en realidad ninguna de esas canciones forman parte del folklore, a pesar de su popularidad. Sólo Los remeros del Volga, conocida aquí a partir de un excelente arreglo de Glenn Miller y alguna más que no me viene ahora a la memoria serían música popular rusa. Por cierto, habría que separar de esa música tristona la de raíz kazak. Los cosacos son un pueblo alegre y bullanguero.
Tantos años conviviendo con los rusos en nuestras expediciones a Siberia han dejado mucho poso y un amplio repertorio de canciones populares. Agunas de ellas me las he podido traer en grabaciones discográficas rebuscando en los mercadillos del viejo Moscú, especialmente en Izmailova. Remato esta entrada con una bellísima canción que habla de la inmensidad de la estepa, de sus días luminosos y verdes cuando los hielos del invierno se funden y la primavera renace con todo su esplendor. Y de la insignificancia del ser humano en medio de esa llanura interminable.
Lo cierto es que desde hace unos días escucho cuando estoy en casa música rusa. Debió ser, al principio, una reacción subconsciente que luego ha seguido.
Al decir música rusa no me refiero a los grandes clásicos (Tchaikowsky, Glinka, Rimsky-Korsakow, Balakirev, Prokofieff, Shostakowitch y otros). Me refiero a la música popular, a esos cantos nacidos del pueblo con sus armonías sencillas y también a las corales litúrgicas, solemnes, de la religión ortodoxa, tan ancladas en las tonalidades de la música renacentista.
La música popular rusa es triste. Lo descubrí en innumerables noches bajo el cielo estrellado de la estepa siberiana, regadas con vodka casero, cuando inevitablemente del alma rusa aflora la faceta sentimental y canora. En comparación con nuestras canciones de melopea (El vino que tiene Asunción..., sin ir más lejos) sus cantos son musical y narrativamente tristes. De hecho, muchas de ellas forman una saga de "romances crueles" en los que lloran la opresión y el sufrimiento del mujik, del campesino, o los amores contrariados. Y las que no son tristes en sí mismas dejan un regusto de nostalgia. Los más de cincuenta años de dictadura soviética a ritmo de marcha militar y canción patriótica no han podido borrarlas de la memoria colectiva.
Algunas canciones rusas traspasaron el telón de acero y son bien conocidas en Occidente. Recordemos, por ejemplo, Ojos negros, Noches de Moscú, Katiusha o las diversas variantes del Swing de cosacos. Aunque en realidad ninguna de esas canciones forman parte del folklore, a pesar de su popularidad. Sólo Los remeros del Volga, conocida aquí a partir de un excelente arreglo de Glenn Miller y alguna más que no me viene ahora a la memoria serían música popular rusa. Por cierto, habría que separar de esa música tristona la de raíz kazak. Los cosacos son un pueblo alegre y bullanguero.
Tantos años conviviendo con los rusos en nuestras expediciones a Siberia han dejado mucho poso y un amplio repertorio de canciones populares. Agunas de ellas me las he podido traer en grabaciones discográficas rebuscando en los mercadillos del viejo Moscú, especialmente en Izmailova. Remato esta entrada con una bellísima canción que habla de la inmensidad de la estepa, de sus días luminosos y verdes cuando los hielos del invierno se funden y la primavera renace con todo su esplendor. Y de la insignificancia del ser humano en medio de esa llanura interminable.
viernes, 29 de septiembre de 2006
El guateque
Las vacaciones son ese tiempo que a uno le concede su empresario capitalista para que recupere fuerzas para luego seguir explotándole durante otros once meses. En mi caso es la Administración del Estado mi explotador y, si he ser sincero, me encuentro muy a gusto haciendo el trabajo que hago. El periodo vacacional, para mí, no es tanto una necesaria cesura terapéutica en mi actividad habitual como un ligero cambio de actitud, una mayor dedicación a hacer otras cosas y a compartir mi tiempo de otra manera. Y, hasta si me apuráis, sentir el regustillo del aburrimiento de cuando en cuando. Y de síndrome post-vacacional, nada de nada.
Mi casa del pueblo es grande y un poco destartalada. Se nota que es, en realidad, una especie de almacén donde acumulo libros y otros cachivaches que no me caben en mi pequeño apartamento de Madrid de apenas 60 m2. Aquí tengo también la mayor parte de mi colección de música en viejos vinilos de los años 50 y 60.

Ayer organicé una cena-guateque al estilo de mis años mozos a la que invité a un grupo de amigos/as de aquellos años. Resultó un fiestón por todo lo alto con baile que duró hasta avanzada la madrugada.
Con el fin de prepara un programa musical a gusto de todos pedí a cada uno de los invitados que me pasara con antelación una lista con sus cuatro canciones preferidas y la cosa resultó tan entrañablemente curiosa que no me resisto a poner la relación de los 15 hits más seleccionados. No perdáis de vista que nos juntamos quince sesentones/as:
15 votos: Diana (2ª versión), por Paul Anka
15 votos: Only you, por The Platters
12 votos: Kiss me quick, por Elvis Presley
10 votos: Adam and Eve, por Paul Anka
10 votos: Geen fields, por The Brothers Four
10 votos: Oh, Carol!, por Neil Sedaka
10 votos: Sixteen tons, por The Platters
10 votos: El reloj, por Antonio Prieto y los Hermanos Rigual
10 votos: Piove (Ciao, ciao bambina), por Domenico Modugno
9 votos: Too young, por la Orquesta de Ray Conniff
9 votos: Perdóname, por El Dúo Dinámico
8 votos: The young ones, por Cliff Richard & The Shadows
8 votos: Long tall Sally, por Little Richard
8 votos: Taste of honey, por The Beatles
8 votos: Apache, por The Shadows

¡No me digáis que no formábamos una buena pandilla de carrozones con gustos musicales bien afines! El rock&roll hizo estragos en nuestros trabajados esqueletos demasiado recargados de años y de grasa, pero fue una velada inolvidable. Escribo estas líneas en la más completa inmovilidad porque el solo movimiento de los dedos sobre el teclado me levanta unas agujetas insoportables por todo el cuerpo. Y no soy de los peor parados: hay quien hoy no se ha levantado de la cama. Me consta...
PS1 Supongo que a los lectores jóvenes este Hit Parade les sonará poco o nada. A mí me sucede así con las canciones actuales.
PS2 Experimentando con el lenguaje HTML para incluir una canción he estropeado la entrada original y he tenido que rehacerla. Lo siento sobre todo porque había ya 12 comentarios que, desgraciadamente, han "volado". Les ruego que me disculpen y si me visitan de nuevo dejen constancia de su paso.
Mi casa del pueblo es grande y un poco destartalada. Se nota que es, en realidad, una especie de almacén donde acumulo libros y otros cachivaches que no me caben en mi pequeño apartamento de Madrid de apenas 60 m2. Aquí tengo también la mayor parte de mi colección de música en viejos vinilos de los años 50 y 60.
Ayer organicé una cena-guateque al estilo de mis años mozos a la que invité a un grupo de amigos/as de aquellos años. Resultó un fiestón por todo lo alto con baile que duró hasta avanzada la madrugada.
Con el fin de prepara un programa musical a gusto de todos pedí a cada uno de los invitados que me pasara con antelación una lista con sus cuatro canciones preferidas y la cosa resultó tan entrañablemente curiosa que no me resisto a poner la relación de los 15 hits más seleccionados. No perdáis de vista que nos juntamos quince sesentones/as:
15 votos: Diana (2ª versión), por Paul Anka
15 votos: Only you, por The Platters
12 votos: Kiss me quick, por Elvis Presley
10 votos: Adam and Eve, por Paul Anka
10 votos: Geen fields, por The Brothers Four
10 votos: Oh, Carol!, por Neil Sedaka
10 votos: Sixteen tons, por The Platters
10 votos: El reloj, por Antonio Prieto y los Hermanos Rigual
10 votos: Piove (Ciao, ciao bambina), por Domenico Modugno
9 votos: Too young, por la Orquesta de Ray Conniff
9 votos: Perdóname, por El Dúo Dinámico
8 votos: The young ones, por Cliff Richard & The Shadows
8 votos: Long tall Sally, por Little Richard
8 votos: Taste of honey, por The Beatles
8 votos: Apache, por The Shadows
¡No me digáis que no formábamos una buena pandilla de carrozones con gustos musicales bien afines! El rock&roll hizo estragos en nuestros trabajados esqueletos demasiado recargados de años y de grasa, pero fue una velada inolvidable. Escribo estas líneas en la más completa inmovilidad porque el solo movimiento de los dedos sobre el teclado me levanta unas agujetas insoportables por todo el cuerpo. Y no soy de los peor parados: hay quien hoy no se ha levantado de la cama. Me consta...
PS1 Supongo que a los lectores jóvenes este Hit Parade les sonará poco o nada. A mí me sucede así con las canciones actuales.
PS2 Experimentando con el lenguaje HTML para incluir una canción he estropeado la entrada original y he tenido que rehacerla. Lo siento sobre todo porque había ya 12 comentarios que, desgraciadamente, han "volado". Les ruego que me disculpen y si me visitan de nuevo dejen constancia de su paso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
