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jueves, 7 de noviembre de 2019
lunes, 25 de febrero de 2019
sábado, 9 de febrero de 2019
jueves, 7 de febrero de 2019
lunes, 16 de septiembre de 2013
Desde mi higuera (35)
He estado unos días en Roma, aunque sería más preciso decir que he estado en el Vaticano, por asuntos profesionales. Apenas si he cruzado la raya blanca de la frontera para entrar en Roma en dos o tres ocasiones para tomarme un "stretto" en una cafetería que me encanta de la Via della Conciliazione, junto a la iglesia de Santa María in Transportina. No sé si la cercanía de la embajada de Brasil tendrá algo que ver con la gran calidad de su café.
La plaza de San Pedro es un hervidero de gente casi a cualquier hora del día. Gente multirracial con una participación numerosa de orientales. No deja de ser curioso. El Vaticano y las fabulosas colecciones de arte que posee son un fábrica de dinero que no cesa de producir. Cuestiones de fe aparte, la materialidad del negocio se me antoja de unas dimensiones gigantescas. Y, aunque me viene a la memoria el pasaje neotestamentario en el que Jesús arma la marimorena contra los mercaderes instalados frente a la entrada del Templo de Jerusalén, en realidad no es mi intención ahora criticar el trinomio Religión-Poder-Dinero, tan viejo como el ser humano y sus miedos escatológicos.
Mis visitas a la Ciudad Eterna sirven, entre otras cosas más importantes, para revitalizar un poco mi oxidado latín: por doquier uno encuentra lápidas e inscripciones en latín clásico o eclesiástico con las que poner a prueba viejos saberes casi olvidados. Pero, más allá del simple ejercicio lingüístico, lo que hasta cierto punto sobrecoge es el deseo de los poderosos por permanecer en la memoria viva de la ciudad. La basílica de San Pedro del Vaticano, por ejemplo, no sería menos bella sin la inscripcción que recorre el friso del entablamento de la fachada principal, con la que el papa Pablo V deja bien claro que aquello lo hizo él (aunque las obras las comenzó mucho antes Julio II, terminaron varios pontificados después del suyo y los "paganos" fueron los cristianos), porque los arquitectos de tanta maravilla fueron Bramante, Miguel Ángel y Bernini, principalmente. Menos mal que existen los registros históricos (con sus no pocas carencias y arbitrariedades) para situar a cada cual más o menos en su sitio. Pero, a ver quién es capaz de quitar del escaparate al tal Pablo V.
La plaza de San Pedro es un hervidero de gente casi a cualquier hora del día. Gente multirracial con una participación numerosa de orientales. No deja de ser curioso. El Vaticano y las fabulosas colecciones de arte que posee son un fábrica de dinero que no cesa de producir. Cuestiones de fe aparte, la materialidad del negocio se me antoja de unas dimensiones gigantescas. Y, aunque me viene a la memoria el pasaje neotestamentario en el que Jesús arma la marimorena contra los mercaderes instalados frente a la entrada del Templo de Jerusalén, en realidad no es mi intención ahora criticar el trinomio Religión-Poder-Dinero, tan viejo como el ser humano y sus miedos escatológicos.
Mis visitas a la Ciudad Eterna sirven, entre otras cosas más importantes, para revitalizar un poco mi oxidado latín: por doquier uno encuentra lápidas e inscripciones en latín clásico o eclesiástico con las que poner a prueba viejos saberes casi olvidados. Pero, más allá del simple ejercicio lingüístico, lo que hasta cierto punto sobrecoge es el deseo de los poderosos por permanecer en la memoria viva de la ciudad. La basílica de San Pedro del Vaticano, por ejemplo, no sería menos bella sin la inscripcción que recorre el friso del entablamento de la fachada principal, con la que el papa Pablo V deja bien claro que aquello lo hizo él (aunque las obras las comenzó mucho antes Julio II, terminaron varios pontificados después del suyo y los "paganos" fueron los cristianos), porque los arquitectos de tanta maravilla fueron Bramante, Miguel Ángel y Bernini, principalmente. Menos mal que existen los registros históricos (con sus no pocas carencias y arbitrariedades) para situar a cada cual más o menos en su sitio. Pero, a ver quién es capaz de quitar del escaparate al tal Pablo V.
sábado, 19 de mayo de 2012
Desde mi higuera (29)
Me gusta pasear desde la Plaza del Marqués de Pombal, por la Avenida da Liberdade, hasta Restauradores y seguir por Rossio hasta la Plaza del Comercio, abierta al estuario. Todo un símbolo. Si se hace la hora de comer o de cenar procuro rehuir las muchas ofertas restauradoras de la Rua da Palma para dirigirme a la Casa do Alentejo, un viejo caserón del siglo XVII que conoció tiempos gloriosos en el siglo XIX como casino, hoy envejecido, decadente y plagado de desconchones en sus pinturas murales pero con una excelente cocina alentejana. O, si se tercia, subir al Barrio Alto y sentarme en la mesa corrida de algún restaurante popular donde algún cantante de fados desgrana su melancolía en la cálida noche primaveral.
Lisboa multirracial y tolerante, como corresponde a su herencia imperial. Y no me olvido de tomar unos pasteles de feijão mientras saboreo alguna de las más de veinte variedades de café ofertadas en las buenas cafeterías. Lisboa antigua y señorial. Sí señor.
martes, 20 de septiembre de 2011
Desde mi higuera (22)
He estado una semana en Toulouse (Francia), la vieja Tolosa
capital del reino visigodo occitano y uno de los núcleos de resistencia cátara.
Es una ciudad encantadora, solazada en las riberas del río Garona (siempre me
ha resultado chocante que los franceses asignen a los ríos el género femenino: “la Garonne”), un río
caudaloso alimentado por las nieves de los Pirineos. Me encanta pasear por su
casco antiguo, que conserva el trazado dieciochesco y no pocos edificios de
aquella época, y sentarme en alguna de sus pequeñas terrazas a contemplar el
paso de una gente multirracial completamente integrada en una floreciente polis
de medio millón de habitantes, tres universidades y gran aparato industrial.
Inevitablemente, mis pasos perdidos acaban siempre en la basílica
de Saint-Serin o San Saturnino de Tolosa, una monumental iglesia románica de
las más grandes de Europa, que me hace recordar la importancia que tuvo Tolosa en
el Medioevo como centro de acogida de peregrinos del Camino de Santiago, antes
de dar el salto a los Pirineos por el paso de Canfranc hacia Jaca, o ya de
vuelta. Es un edificio soberbio, de poderosos muros y arriesgada arquitectura. De
planta cruciforme, su nave central eleva sus pilares a gran altura, y sus
cuatro naves laterales, dos a dos, están recorridas en lo alto por una amplia
tribuna que bordea todo el templo. Sobre el crucero apoya una esbelta
torre-campanario octogonal de cinco cuerpos y aguja con gallo en la veleta. Sus
relieves, tallados en piedra con detallismo de orfebre, me recuerdan los
estilos y las manos de los maestros canteros que también trabajaron en las
iglesias y claustros románicos españoles. Ante los ojos observadores desfila un
complejo programa iconográfico en el que se entremezclan lo sagrado y lo
profano lanzando un mensaje que ya no tiene receptores porque el hombre moderno
ha perdido las claves para interpretarlo como lo hacían los peregrinos
medievales.
Reanudando una vieja costumbre, he preparado un reportaje
con algunas imágenes de tanta maravilla. Espero que les guste.
jueves, 14 de abril de 2011
Desde mi higuera (19)
Acabo de regresar de Roma. La Ciudad Eterna está tomada por miríadas de adolescentes de caras granujientas y calzones a media anca, que graznan todas las lenguas imaginables con evidente predominio del slang yanqui. Imposible pasear por los foros con cierta tranquilidad y sosiego. Aquellas venerables ruinas que invitan a la meditación sobre la levedad del ser y en las que antaño uno podía encontrarse con el eco de la arenga de Cicerón contra el malvado Catilina (Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?...); aquellas nobles inscripciones epigráficas ante las que uno revitalizaba su oxidado latín clásico, ahora son pasto del trote juvenil, parejitas que pasan sin ver, entretenidas solamente en mirarse arrobadas, con ojos de cordero degollado, por los efluvios venéreos. La Vía Sacra calla: ha visto tanta necedad hollar sus enormes adoquines a lo largo de más de dos mil años que debe estar ya de vuelta de todo.
Sólo los pinos del Palatino parecen ajenos a todo y mecen sus serenas siluetas mientras cae la tarde…
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Viajes
jueves, 16 de abril de 2009
Un paseo por el Albayzín de Granada
El Albayzín es el barrio con mayor personalidad de la ciudad de Granada, la capital del último reino musulmán en España. Siempre que viajo a Granada por motivos profesionales me gusta alojarme en el Carmen de la Victoria, la residencia de la Universidad para profesores invitados, en el Albayzín. El carmen es una delicia para los sentidos. Desde sus jardines de traza romántica uno puede disfrutar de una hermosa vista de la fortaleza y los palacios de la Alhambra y los jardines del Generalife.
Subir la empinada Cuesta del Chapiz es ascender hacia el corazón del Albayzín e internarse en la maraña de callejuelas de este barrio popular impregnado de espíritu moruno y calé. Aunque totalmente cristianizado tras la toma de la ciudad por las tropas de los Reyes Católicos, no es difícil reconocer en los campanarios los minaretes de las antiguas mezquitas y en el quiebro contante de sus callejones la llamada a los principios coránicos acerca de la finitud de lo humano.
Aunque ciertas zonas del Albayzín suelen ser muy frecuentadas por los “guiris” (es la forma coloquial de llamar en Andalucía a los turistas extranjeros), hay momentos de la mañana en los que la calma se extiende por doquier y uno puede curiosear por los mercadillos instalados en recónditas plazuelas o charlar de lo mal que va el negocio con el dueño de alguna taberna todavía medio adormecida, en penumbra, mientras saborea un café mañanero y un cigarrillo.
Espero que os guste el reportaje.
Subir la empinada Cuesta del Chapiz es ascender hacia el corazón del Albayzín e internarse en la maraña de callejuelas de este barrio popular impregnado de espíritu moruno y calé. Aunque totalmente cristianizado tras la toma de la ciudad por las tropas de los Reyes Católicos, no es difícil reconocer en los campanarios los minaretes de las antiguas mezquitas y en el quiebro contante de sus callejones la llamada a los principios coránicos acerca de la finitud de lo humano.
Aunque ciertas zonas del Albayzín suelen ser muy frecuentadas por los “guiris” (es la forma coloquial de llamar en Andalucía a los turistas extranjeros), hay momentos de la mañana en los que la calma se extiende por doquier y uno puede curiosear por los mercadillos instalados en recónditas plazuelas o charlar de lo mal que va el negocio con el dueño de alguna taberna todavía medio adormecida, en penumbra, mientras saborea un café mañanero y un cigarrillo.
Espero que os guste el reportaje.
domingo, 22 de febrero de 2009
Desierto
He estado unas semanas en Oranjemund (Namibia), una mota verde en medio del inmenso desierto namibiense. Por las tardes, cuando comenzaba a caer el sol, me gustaba dar un paseo por entre las desoladas dunas cuando la luz tiñe el paisaje de colores tornasolados y las nubes primero azulean para luego volverse rosáceas, mientras en el horizonte quedaba apenas una fina línea anaranjada. La noche cae de pronto en el desierto como una cortina de cretona negra.Es el momento de la reflexión… En un día suceden infinidad de cosas y situaciones que apenas percibimos porque las estamos viviendo en ese momento. Luego, revivir aquel detalle, aquel gesto amable o aquella expresión crispada es como extraer la esencia a la jornada para saborearla con deleite (aunque algún trago amarguee) y alimentar la jornada aún por venir. Hacer planes para mañana en un entorno en el que las formas se difuminan lentamente y pierden sus límites reconocibles se asemeja un poco a crear desde la oscuridad de la nada, a sabiendas de que al cabo de unas horas todo podrá ser percibido.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Un paseo por el centro de Ciudad de México
En octubre pasado estuve una semana en Ciudad de México. No volvía por allá desde 1975. Noté grandes cambios respecto de lo que recordaba de esa enorme urbe. Recuerdo que cuando estudiaba Geografía Humana en mis años de universidad, allá por los años 1960, mi maestro ponía la conurbación de México como el ejemplo más claro de un absurdo de agregado humano. Creo que así es, con todo lo que ha crecido (y también mejorado en algunos aspectos). El centro de ciudad de México es sólo la parte más amable de ese hormiguero, que apenas se percibe desde Zona Rosa, que es donde se encontraba mi hotel, relativamente cerca del Museo de Antropología. Pero al salir en coche hacia destinos periféricos (por ejemplo Teotihuacán) uno percibe esa realidad suburbial durante kilómetros y kilómetros.
En el DF tuve la oportunidad de encontrarme con algunos colegas blogueros y conocerlos en vivo y en directo, y compartir mesa y mantel en algún restaurante típico. Y también de pasear por el centro. Os dejo un pequeño reportaje fotográfico de aquellos días inolvidables.
En el DF tuve la oportunidad de encontrarme con algunos colegas blogueros y conocerlos en vivo y en directo, y compartir mesa y mantel en algún restaurante típico. Y también de pasear por el centro. Os dejo un pequeño reportaje fotográfico de aquellos días inolvidables.
domingo, 16 de noviembre de 2008
Croniquilla de un viaje a la Baja California (México)
Cuando comuniqué mi intención a mis amigos mexicanos de pasar una semana de vacaciones en Mexicali la reacción fue unánime: “¿Mexicali? ¿Que te vas una semana a Mexicali? ¡Pero si en Mexicali no hay nada!...". Pero resulta que en Mexicali me estaba esperando mi amigo Aristóteles, y sí había mucho que charlar y muchas cosas que ver. Además, Mexicali estaba en plena feria. Luego fuimos al pueblo donde vive, a Puerto Peñasco, un enclave de turismo de playa de primer orden. Pero yo prefería la belleza adusta del paisaje subdesértico, el escudo volcánico de El Pinacate, etc.
Vi carteles indicadores de direcciones con nombres familiares: Caborca, Hermosillo, lugares en donde habitan “bloggers” que frecuento y que sentí no tener tiempo para visitarles personalmente.
Os dejo un montaje con imágenes de aquellos días inolvidables. ¡Gracias, Hugo, por tu hospitalidad!
Vi carteles indicadores de direcciones con nombres familiares: Caborca, Hermosillo, lugares en donde habitan “bloggers” que frecuento y que sentí no tener tiempo para visitarles personalmente.
Os dejo un montaje con imágenes de aquellos días inolvidables. ¡Gracias, Hugo, por tu hospitalidad!
viernes, 7 de noviembre de 2008
Ocho días en Atenas
Esta vez es Atenas el destino de mi viaje y con él espero dar por terminado mi periplo de este año, más viajado de lo que en principio pensé. Grecia es un país que me resulta familiar. Su paisaje, típicamente mediterráneo, se parece mucho al de mi tierra: costas accidentadas y escabrosas entre las que se extienden tramos de tranquilas playas de arenas limpias bañadas por un mar verdeazulado de aguas transparentes. En sus montañas, romero, tomillo, brezo, carrasca... Viñas y olivos en las terrazas de los campos.
Me alojaré en un tranquilo hotel cerca de la Plaza Omonia, a quince minutos de agradable paseo de las ruinas de la Atenas clásica, recorriendo las viejas calles del barrio Psyrri Monastiraki, y más o menos a la misma distancia del Museo Nacional de Historia, no lejos de Syntagma.
Atenas me hechiza. La reverente sorpresa de los primeros viajes –de eso hace ya muchos años- ha cedido la vez a un profundo sentimiento romántico (en el sentido decimonónico del término): sentarme en los restos de la gradilla del Ágora donde quizás Sócrates puso también sus huesudas posaderas muchos siglos antes; recorrer la cavea del teatro donde aún parecen resonar los diálogos de una tragedia de Esquilo o de una comedia de Aristófanes; escuchar en el silencio las viejas melodías del Odeon; y la omnipresente Acrópolis, la ciudad de los dioses. Sentarme a media tarde en un café del Observatorio a merendar mientras, al fondo, las nobles piedras del Partenón van cambiando su color hacia tonos amarillentos y ocres conforme va cayendo el crepúsculo.
La noche en el Pireo es una caja de sorpresas: tentadoras hetairas ofreciendo un repertorio carnal inolvidable –dicen ellas-; luego no es para tanto –dicen ellos-; alegres sirtakis en los abarrotados locales de copas; restaurantes que pregonan sus deliciosos menús de pescados y mariscos -¿quién puede resistir tamaña tentación ?…
PS – Sé que tengo un poco abandonada mi responsabilidad con este blog. Espero poder corregirla pronto.
Me alojaré en un tranquilo hotel cerca de la Plaza Omonia, a quince minutos de agradable paseo de las ruinas de la Atenas clásica, recorriendo las viejas calles del barrio Psyrri Monastiraki, y más o menos a la misma distancia del Museo Nacional de Historia, no lejos de Syntagma.
Atenas me hechiza. La reverente sorpresa de los primeros viajes –de eso hace ya muchos años- ha cedido la vez a un profundo sentimiento romántico (en el sentido decimonónico del término): sentarme en los restos de la gradilla del Ágora donde quizás Sócrates puso también sus huesudas posaderas muchos siglos antes; recorrer la cavea del teatro donde aún parecen resonar los diálogos de una tragedia de Esquilo o de una comedia de Aristófanes; escuchar en el silencio las viejas melodías del Odeon; y la omnipresente Acrópolis, la ciudad de los dioses. Sentarme a media tarde en un café del Observatorio a merendar mientras, al fondo, las nobles piedras del Partenón van cambiando su color hacia tonos amarillentos y ocres conforme va cayendo el crepúsculo.
La noche en el Pireo es una caja de sorpresas: tentadoras hetairas ofreciendo un repertorio carnal inolvidable –dicen ellas-; luego no es para tanto –dicen ellos-; alegres sirtakis en los abarrotados locales de copas; restaurantes que pregonan sus deliciosos menús de pescados y mariscos -¿quién puede resistir tamaña tentación ?…
PS – Sé que tengo un poco abandonada mi responsabilidad con este blog. Espero poder corregirla pronto.
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jueves, 11 de septiembre de 2008
Namibia y Sudáfrica
Estoy teniendo un verano muy movido. Quizá demasiado. Últimamente he tenido que viajar a Namibia y Sudáfrica por cuestiones de trabajo. Bueno, en realidad el trabajo era en Namibia, en el extremo sur del Desierto de Namibia, en Oranjemund. Allí hay una enorme mina de diamantes. No es que haya cambiado de oficio, no. Es que las labores mineras han tropezado con con un importante depósito arqueológico y las autoridades namibias solicitaron colaboración a algunos expertos. Aquello es el desierto de arena más pelado que os podáis imaginar.Terminada la tarea estuve descansando unos días en Sudáfrica, en Ciudad El Cabo y, con algunas fotos que tomé, he preparado una presentación que os invito a ver. Espero que os guste.
jueves, 3 de julio de 2008
Minivacaciones en Moscú
El Yayo Salva se marcha unos días a Moscú, mitad trabajo, mitad placeres de los sentidos. Un año más tendrá que poner a prueba su capacidad de aguante a la vodka “Russian style” frente a aguerridos nativos que intentarán tumbarle. Pero eso será sólo un día, el día del “gran banquete” con infinidad de brindis, algo muy típicamente ruso.El programa musical ya está completo y las entradas en el bolsillo:
Día 5 de julio, Teatro Stanislavsky, ballet “El Lago de los Cisnes”, de P.I. Tchaikovsky, con coreografía de Vladimir Burmeister.
Día 6 de julio, Teatro Helikon-Opera, “Le Nozze di Figaro”, de W.A. Mozart, dirigida por Dmitry Bertman.
Día 7 de julio, Teatro Bolshoi, ballet “Spartacus”, de Aram Khachaturian, con coreografía de Yuri Grigorovich.
El gastronómico se improvisará sobre la marcha, pero no faltará una visita a U Pirosmani (cocina georgiana) a comer sus ricas berenjenas “khachapury”, después de un agradable paseo por los jardines del monasterio de Novodevichy. Y la sopa “borsch” en el restaurantillo siempre atestado que hay frente al metro, camino del mercado de Izmaylovo. Y aquel restaurante libanés en la zona residencial de estudiantes de la Universidad, con chicas que bailan habilidosamente la danza del vientre por unos pocos rublos (quizá me fume mientrastanto una narguila con aroma de naranja). Y tomar un helado (“moroshnoe”) en cualquier puestecillo callejero…
Y pasearé como un turista más por la Plaza Roja, y tomaré las enésimas fotos a las cúpulas de San Basilio, y sentiré una vez más la incomodidad al pasar frente al matadero de disidentes y simples sospechosos que fue el antiguo edificio de la KGB en la calle Lublianka.
En fin, que amo Moscú, y todos los años me busco alguna excusa para exprimirlo un poco más.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Un paseo por la Patagonia chilena
Confieso que cada vez que veo las fotografías de mi reciente estancia en los entornos de Puerto Natales y Punta Arenas siento un revoloteo de mariposas en el estómago. Ciertamente fueron unos días de paz y tranquilidad los que viví en esas hermosas regiones chilenas en las que el paisaje te subsume por su grandiosidad. La levedad del ser se hace más patente ante las fuerzas de la Naturaleza puestas en juego allí para crear esa majestuosa arquitectura tectónica.
Como lo prometido es deuda, aquí os dejo el reportaje. He seleccionado, de las más de 600 fotografías que he tomado, las que me han parecido más interesantes para dar sentido y continuidad a una especie de paseo relatado en unos seis minutos. Porque, sí, esta vez he puesto voz en “off” atendiendo las sugerencias de algunos comentarios a mi anterior videoclip. Por cierto que si esos “provocadores” (Gonzalo, Oso, Swirlies) no se pasan a verlo, les corto... las orejas. Es broma. Libertad de acción sobre todo.
De nuevo mi mala cabeza me lleva de viaje: una quincena a Lisboa (no te sulfures, Memo, no es farde, es mi trabajo), dejando mis obligaciones blogueras bajo mínimos en ese tiempo. Disculpadme quienes observéis que no paso tan frecuentemente como solía a leer y comentar vuestros trabajos.
Como lo prometido es deuda, aquí os dejo el reportaje. He seleccionado, de las más de 600 fotografías que he tomado, las que me han parecido más interesantes para dar sentido y continuidad a una especie de paseo relatado en unos seis minutos. Porque, sí, esta vez he puesto voz en “off” atendiendo las sugerencias de algunos comentarios a mi anterior videoclip. Por cierto que si esos “provocadores” (Gonzalo, Oso, Swirlies) no se pasan a verlo, les corto... las orejas. Es broma. Libertad de acción sobre todo.
De nuevo mi mala cabeza me lleva de viaje: una quincena a Lisboa (no te sulfures, Memo, no es farde, es mi trabajo), dejando mis obligaciones blogueras bajo mínimos en ese tiempo. Disculpadme quienes observéis que no paso tan frecuentemente como solía a leer y comentar vuestros trabajos.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Elogio del botillo berciano
La ciudad de León siempre me ha parecido encantadora, no sólo por su densidad monumental y su recia historia. Acabo de regresar de allí tras un encuentro de profesionales de tres días. Hace frío en León, ese frío seco tan conveniente para ayudar en la cura de sus embutidos típicos, que entramos en tiempos de matanza. A estas alturas de la estación, las cumbres serranas en lontananza ya lucen el blanco manto de las primeras nieves.Me hago eco del dicho popular: "Del cerdo me gustan hasta sus andares...". ¿Qué habría sido de la civilización occidental sin el aporte dietético del cerdo? Es un animal que no tiene desperdicio y, junto a la nobleza de sus jamones, paletas y lomo, no son de ningunear su panceta (en particular si es entreverada, eso que los anglosajones ahuman y llaman "bacon"), el tocino, los chicharrones, los chorizos tan variados (nada que ver con las escuchimizadas salchichas germánicas), las no menos numerosas variantes locales de morcillas y los innumerables guisos que de todo ello se derivan.
Para mí, estar en León y no comer botillo es un grave pecado de abstinencia. Dicen que el botillo es originario de la comarca leonesa del Bierzo, un invento culinario de monjes y eremitas medievales. Noble origen, pues, tanto por el terruño como por sus inventores, que siempre se ha dicho que la gente de latines
tenía fino paladar.
tenía fino paladar.El botillo se hace con las partes del cerdo que parecerían desperdicio: el espinazo, las costillas descarnadas, huesos de la cabeza y el rabo, todo ello macerado con pimentón algo picante, abundante ajo, hierbas aromáticas y sal. Luego se embucha en una tripa gruesa y se deja secar.
Para comerlo hay que hervirlo durante mucho tiempo para que suelte la sustancia, junto con repollo o berza, patatas, chorizo y morcilla picante de cebolla. Y, a la hora del yantar, regarlo con vinos bercianos o de la comarca de Valdevimbre.
De postre manzana reineta, si es el tiempo. Y que no falte la siesta...
sábado, 17 de noviembre de 2007
Un paseo por Santiago de Chile
Ya regresé de mi estancia en Chile. Y he de confesar que vuelvo cargado de fuertes impresiones. Por orden de importancia diré en primer lugar que me ha resultado muy grato conocer personalmente a varios amigos internautas que tuvieron la amabilidad de venir a saludarme al lugar donde me encontraba trabajando. Otros dos sé que lo intentaron pero no pudieron dar conmigo en ese momento. De verdad que lo siento, Marcos e Ignacio.
Santiago es una megalópolis de aire moderno con todos los inconvenientes de un crecimiento acelerado y poco orgánico, dicen los entendidos, que acoge a cerca del 40% de la población chilena. La he podido contemplar desde el aire y desde el mirador del Cerro de San Cristóbal, y es impresionante. Pero moverme, lo que se dice pasear, lo he hecho sólo por el centro, por el casco antiguo que, por cierto, de antiguo tiene poco aparte de su localización y su trazado de ciudad colonial de calles perpendiculares encerrando manzanas regulares. Apenas quedan edificios antiguos: algunas iglesias de arquitectura dieciochesca. Dicen que los frecuentes terremotos han ido derrumbando los viejos, siendo sustituidos por nuevas construcciones. Del siglo XIX y comienzos del XX pueden contemplarse algunos ejemplos de arquitectura neoclásica afrancesada. Pero lo que predomina es la construcción de la segunda mitad del XX, con algunos buenos ejemplos de arquitectura moderna y muchos edificios-colmena.
He disfrutado de la cocina santiaguina en los, para mi gusto, excesivamente ruidosos restaurantes de Bellavista y Tobalaba, y de los aperitivos regados con “piscosauer” o con buenas cervezas del país (la Austral me encanta). Los vinos chilenos son también excelentes.
También anduve por las frías tierras de la Patagonia chilena. Pero de ello hablaré en próximas entradas. Ahora os invito a que me acompañéis a dar un paseo fotográfico por las calles de Santiago.
Santiago es una megalópolis de aire moderno con todos los inconvenientes de un crecimiento acelerado y poco orgánico, dicen los entendidos, que acoge a cerca del 40% de la población chilena. La he podido contemplar desde el aire y desde el mirador del Cerro de San Cristóbal, y es impresionante. Pero moverme, lo que se dice pasear, lo he hecho sólo por el centro, por el casco antiguo que, por cierto, de antiguo tiene poco aparte de su localización y su trazado de ciudad colonial de calles perpendiculares encerrando manzanas regulares. Apenas quedan edificios antiguos: algunas iglesias de arquitectura dieciochesca. Dicen que los frecuentes terremotos han ido derrumbando los viejos, siendo sustituidos por nuevas construcciones. Del siglo XIX y comienzos del XX pueden contemplarse algunos ejemplos de arquitectura neoclásica afrancesada. Pero lo que predomina es la construcción de la segunda mitad del XX, con algunos buenos ejemplos de arquitectura moderna y muchos edificios-colmena.
He disfrutado de la cocina santiaguina en los, para mi gusto, excesivamente ruidosos restaurantes de Bellavista y Tobalaba, y de los aperitivos regados con “piscosauer” o con buenas cervezas del país (la Austral me encanta). Los vinos chilenos son también excelentes.
También anduve por las frías tierras de la Patagonia chilena. Pero de ello hablaré en próximas entradas. Ahora os invito a que me acompañéis a dar un paseo fotográfico por las calles de Santiago.
domingo, 28 de octubre de 2007
En Santiago de Chile

Voy a tener abandonadas mis obligaciones de blogger por un par de semanas. Por razones de trabajo he de desplazarme a Santiago de Chile. Bueno, a Santiago, a la Patagonia chilena y a algún otro lugar, que algo de turismo haré también aprovechando la ocasión (se admiten sugerencias). Pero, en principio, del 2 al 5 de Noviembre estaré más o menos encerrado en la sala de exposiciones del Centro Cultural Palacio La Moneda participando en el montaje de una exposición: España, encrucijada de civilizaciones (http://www.ccplm.cl/index.php).
Allí me tendréis esos días, por si algún amigo santiaguino quiere pasarse a saludar personalmente.
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