10/04/07
Por la tarde, al terminar la clase de Museología en la facultad, empiezo a notar molestias intestinales. Se agudizan a lo largo de la noche.
11/04/07
No me encuentro en condiciones de acudir al trabajo. Llamo al médico y me diagnostica, en primera instancia, gastritis o gastroenteritis. Me receta sulfamidas y calmantes para el dolor.
Mañana he de viajar a Montpelier (Francia) para dar unas conferencias. Aprovecho para ir preparando el equipaje.
12/04/07
He pasado una noche horrorosa. Por la mañana telefoneo al médico y me sugiere que anule el viaje a Francia y me ingrese por vía de urgencia en un hospital. Así lo hago.
Analíticas, exploraciones, radiografías, escáneres... El dolor es insoportable. A las 22h el diagnóstico está listo: apendicitis pasada que ha provocado peritonitis.
A las 22:30 entro en quirófano. Recupero la consciencia a las 4:35 del día siguiente. El dolor ha cesado.
Llevo varios días recuperándome y cada día me encuentro mejor que el anterior. El 20/04/07 abandoné el hospital. En cuanto resuelva algunos temas administrativos pendientes marcharé quince o veinte días a mi tierra, con mi gente, para terminar la convalecencia.
Disculpadme si abandono por unos días más la blogosfera. Y muchas gracias a todos los que os habéis preocupado por mi situación. Como dicen por mi tierra al referirse a una persona achacosa, "Caldera vella, bony i forat..." (en caldera vieja todo son abolladuras y agujeros...).
Saludos a todos.
lunes, 23 de abril de 2007
lunes, 9 de abril de 2007
De la levedad de un blog
Hace algún tiempo me decía un jovencísimo corresponsal (algo airadamente) que no entendía qué hacía un tipo como yo en un sitio como éste. Mi respuesta fue muy sencilla: "Hacía lo que me apetecía hacer, dependiendo de los momentos". Según ese muchacho, la blogosfera es patrimonio de la gente joven en el que no tienen cabida los sesentones como yo. ¡Bendita inocencia de adolescente, si es que lo era! Me parece innecesario explicar lo evidente. Mis blogs, en nada extraordinarios, hablan por ellos mismos mediante sus contenidos. ¿Hasta qué punto son facetas de mi personalidad? Pues no lo sé, pero os aseguro que yo no dejo de ser quien soy cuando, como ahora, golpeo (con cierta inseguridad como mecanógrafo, que no en las ideas) los botones del teclado.
Un blog puede representar muchas cosas para su autor pero, cuanto más incidental resulte su contenido, más efímera será su vida. Un blog condicionado por una circunstancia personal concreta tiene una alta probabilidad de convertirse en un escombro más en la Red cuando esa circunstancia cambie lo suficiente. Y eso es lo que sucede con bastantes páginas de autores jóvenes que, una vez pasados los sarpullidos que las animaron, languidecen y quedan en la inopia de un limbo tan virtual como el otro limbo.
Llevar adelante un blog requiere tener tiempo e ideas que expresar. El tiempo siempre se puede conseguir, recortando de aquí y de allá y sumando esos minutos que dejamos volar a lo largo del día. Las ideas ya son harina de otro costal. No es infrecuente, paseando por la blogosfera, encontrar páginas raquíticas de contenido. Diréis, y no os faltará razón, que esa es una apreciación personal. Lo acepto. De todo ha de haber en la viña del Señor. Y con harta frecuencia se comprueba que esos blogs tenían los meses contados. Porque, después del punto final de una entrada, comienza la verdadera aventura: la de llegar a alguien a quien le parezca interesante tu aportación y puedas sentir, virtualmente, que formas parte de la blogosfera viva. No creo que haya nadie que considere irrelevante si su esfuerzo creativo tiene o no destinatario. Y no por una cuestión de alimentar el ego, que eso sí lo vería como algo hasta cierto punto criticable, sino porque somos seres que necesitamos comunicar y, si es posible, comunicarnos. Pensar lo contrario sería pervertir los propios fundamentos de la Red y, por extensión, de los medios de comunicación. Aunque, desde luego, yo prefiero otras formas de comunicación más personal, según para qué asuntos.
Formar parte de la blogosfera no es una cuestión de edad sino de ideas. Una vez dentro, si perseveras, encajarás en alguno de los muchísimos sectores que la componen. Si no encuentras hueco algo está fallando. Si te aburres es que la tarea supera tus expectativas. Si no encuentras tiempo para seguir con el blog es porque tienes otras tareas más importantes o atractivas o absorbentes. Nadie nos obliga a estar aquí para siempre.
Yo, por ahora, me quedo.
Un blog puede representar muchas cosas para su autor pero, cuanto más incidental resulte su contenido, más efímera será su vida. Un blog condicionado por una circunstancia personal concreta tiene una alta probabilidad de convertirse en un escombro más en la Red cuando esa circunstancia cambie lo suficiente. Y eso es lo que sucede con bastantes páginas de autores jóvenes que, una vez pasados los sarpullidos que las animaron, languidecen y quedan en la inopia de un limbo tan virtual como el otro limbo.
Llevar adelante un blog requiere tener tiempo e ideas que expresar. El tiempo siempre se puede conseguir, recortando de aquí y de allá y sumando esos minutos que dejamos volar a lo largo del día. Las ideas ya son harina de otro costal. No es infrecuente, paseando por la blogosfera, encontrar páginas raquíticas de contenido. Diréis, y no os faltará razón, que esa es una apreciación personal. Lo acepto. De todo ha de haber en la viña del Señor. Y con harta frecuencia se comprueba que esos blogs tenían los meses contados. Porque, después del punto final de una entrada, comienza la verdadera aventura: la de llegar a alguien a quien le parezca interesante tu aportación y puedas sentir, virtualmente, que formas parte de la blogosfera viva. No creo que haya nadie que considere irrelevante si su esfuerzo creativo tiene o no destinatario. Y no por una cuestión de alimentar el ego, que eso sí lo vería como algo hasta cierto punto criticable, sino porque somos seres que necesitamos comunicar y, si es posible, comunicarnos. Pensar lo contrario sería pervertir los propios fundamentos de la Red y, por extensión, de los medios de comunicación. Aunque, desde luego, yo prefiero otras formas de comunicación más personal, según para qué asuntos.
Formar parte de la blogosfera no es una cuestión de edad sino de ideas. Una vez dentro, si perseveras, encajarás en alguno de los muchísimos sectores que la componen. Si no encuentras hueco algo está fallando. Si te aburres es que la tarea supera tus expectativas. Si no encuentras tiempo para seguir con el blog es porque tienes otras tareas más importantes o atractivas o absorbentes. Nadie nos obliga a estar aquí para siempre.
Yo, por ahora, me quedo.
martes, 3 de abril de 2007
La "Pasión según San Mateo", de J.S. Bach
Estamos en Semana Santa y todavía vibra en mis adentros la música monumental del Cantor de Leipzig escuchada con ánimo reverente el pasado Domingo de Ramos. Desde 1970 tengo la costumbre de escuchar la Pasión según San Mateo, BWV 244, de Johann Sebastian Bach por estas fechas. La adquirí en los muchos años en que Rafael Frübeck de Burgos fue director titular de la Orquesta Nacional de España e, invariablemente, el Domingo de Ramos daba en concierto la "Gran Pasion" con la O.N.E., el Orfeón Donostiarra y un escogido grupo de solistas vocales e instrumentales.
Si alguien me pusiera en la tesitura de tener que escoger tres obras entre la prolífica producción bachiana no dudaría ni un segundo: me quedaría con El Clave Bien Temperado, El Arte de la Fuga y, desde luego, la Matthäus-Passion.
Con el paso del tiempo la Pasión... se ha convertido en algo cercano, familar, y aunque la audición la reservo para el Domingo de Ramos, tengo siempre a mano la partitura en mi modesta biblioteca y la abro al azar y leo algunos pasajes de cuando en cuando.
Sobre esta obra absolutamente genial se ha escrito mucho, pero posiblemente nunca se dirá todo porque, como ante tantos otros monumentos sublimes del genio humano, las actitudes personales, las evocaciones, las sugerencias son incontables. A mí me llena de inquietud, de sosiego, de estupor, de melancolía, de esperanza según van discurriendo los pentagramas. Porque en pocas obras como en ésta empleó Bach tan a fondo sus profundos saberes musicales. El músico convierte el constreñimiento de un guión que no puede alterar (el texto de Mateo en el Evangelio luterano) en una historia apasionada y apasionante, narrada en recitativos en los que la música subraya el dramatismo de los distintos pasajes del relato evangélico de la Pasión. Evangelista, Coro y Orquesta nos llevan plácidamente o nos zarandean o nos ponen un nudo en la garganta. ¿Quién no ha sentido el sobresalto cuando en el compás 30 del nº 54 (de la edición de Eulenburg) los dos coros gritan "Barabbam!" y pocos compases después inician una vivaz fuga mientras siguen gritando "Lass ihn kreuzigen!"? ¿Quién no se siente transportado a otra dimensión ante las sentidas corales que, como remansos de paz, jalonan la obra? ¿A quién no se le anuda la garganta con el aria para contralto del nº 47, "Erbarme dich..."? En una ocasión vi cómo se le saltaban las lágrimas a Norma Procter mientras la cantaba. ¿Quién no se siente empequeñecido y hasta ruín cuando, tras el breve recitativo iniciado en el compás 39 del nº 76, que corresponde a las últimas frases del relato evangélico, ve caer la losa sobre el sepulcro del Crucificado y escucha al coro y a los solistas en la tonalidad de Si bemol mayor despedirse del difunto con jaculatorias acabadas con el familiar "Mein Jesu, gute Nacht!".
La apoteosis llega, para mí, con la coral que cierra la obra, la nº 78, también escrita en Si bemol. Las dos orquestas inician un andante sosegado, solemne, con una melodía que presagia altísimos vuelos desarrollada en doce compases como un diálogo entre las orquestas. En la repetición entran los coros con ese impresionante "Wir setzen uns mit Tränen nieder...". En una ocasión asistí a una audición de la Pasión... en el nuevo auditorio de la ciudad de Colonia y me sorprendió ver que, llegados a esta parte de la obra, el público alemán se ponía de pie y cantaba enfervorecido con el coro. El director (nada menos que Karl Richter) había bajado de su podio para dirigir a coro, orquesta y público. Pensaréis que soy un sentimentaloide pero no pude reprimir las lágrimas. Y no era el único, os lo aseguro.
Dejo como ilustración musical precisamente esa Coral del nº 78 de la Pasión según San Mateo, BWV 244, de J. S. Bach. Para escucharla haz clic AQUÍ.
Si alguien me pusiera en la tesitura de tener que escoger tres obras entre la prolífica producción bachiana no dudaría ni un segundo: me quedaría con El Clave Bien Temperado, El Arte de la Fuga y, desde luego, la Matthäus-Passion.
Con el paso del tiempo la Pasión... se ha convertido en algo cercano, familar, y aunque la audición la reservo para el Domingo de Ramos, tengo siempre a mano la partitura en mi modesta biblioteca y la abro al azar y leo algunos pasajes de cuando en cuando.
Sobre esta obra absolutamente genial se ha escrito mucho, pero posiblemente nunca se dirá todo porque, como ante tantos otros monumentos sublimes del genio humano, las actitudes personales, las evocaciones, las sugerencias son incontables. A mí me llena de inquietud, de sosiego, de estupor, de melancolía, de esperanza según van discurriendo los pentagramas. Porque en pocas obras como en ésta empleó Bach tan a fondo sus profundos saberes musicales. El músico convierte el constreñimiento de un guión que no puede alterar (el texto de Mateo en el Evangelio luterano) en una historia apasionada y apasionante, narrada en recitativos en los que la música subraya el dramatismo de los distintos pasajes del relato evangélico de la Pasión. Evangelista, Coro y Orquesta nos llevan plácidamente o nos zarandean o nos ponen un nudo en la garganta. ¿Quién no ha sentido el sobresalto cuando en el compás 30 del nº 54 (de la edición de Eulenburg) los dos coros gritan "Barabbam!" y pocos compases después inician una vivaz fuga mientras siguen gritando "Lass ihn kreuzigen!"? ¿Quién no se siente transportado a otra dimensión ante las sentidas corales que, como remansos de paz, jalonan la obra? ¿A quién no se le anuda la garganta con el aria para contralto del nº 47, "Erbarme dich..."? En una ocasión vi cómo se le saltaban las lágrimas a Norma Procter mientras la cantaba. ¿Quién no se siente empequeñecido y hasta ruín cuando, tras el breve recitativo iniciado en el compás 39 del nº 76, que corresponde a las últimas frases del relato evangélico, ve caer la losa sobre el sepulcro del Crucificado y escucha al coro y a los solistas en la tonalidad de Si bemol mayor despedirse del difunto con jaculatorias acabadas con el familiar "Mein Jesu, gute Nacht!".
La apoteosis llega, para mí, con la coral que cierra la obra, la nº 78, también escrita en Si bemol. Las dos orquestas inician un andante sosegado, solemne, con una melodía que presagia altísimos vuelos desarrollada en doce compases como un diálogo entre las orquestas. En la repetición entran los coros con ese impresionante "Wir setzen uns mit Tränen nieder...". En una ocasión asistí a una audición de la Pasión... en el nuevo auditorio de la ciudad de Colonia y me sorprendió ver que, llegados a esta parte de la obra, el público alemán se ponía de pie y cantaba enfervorecido con el coro. El director (nada menos que Karl Richter) había bajado de su podio para dirigir a coro, orquesta y público. Pensaréis que soy un sentimentaloide pero no pude reprimir las lágrimas. Y no era el único, os lo aseguro.
Dejo como ilustración musical precisamente esa Coral del nº 78 de la Pasión según San Mateo, BWV 244, de J. S. Bach. Para escucharla haz clic AQUÍ.
viernes, 30 de marzo de 2007
San José, un santo y paciente varón

El católico moderno tiene una imagen de este justo varón dibujada recientemente (en los últimos 500 años) con material procedente de fuentes no canónicas, en su mayor parte de los Evangelios Apócrifos. Porque en el Nuevo Testamento hay muy pocas referencias al padre putativo de Jesús, algunas de ellas enormemente polémicas y que siguen trayendo de cabeza a los exégetas cristanos. Por cierto, que de la abreviatura textual PP (Padre Putativo) se ha derivado que a los bautizados con el nombre de José se les llame familiarmente Pepe. Aunque eso supongo que ya lo sabíais.
De los cuatro Evangelios canónicos sólo los de Mateo y Lucas proporcionan algunos datos. Juan se limita a decir en un par de ocasiones que Jesús era hijo de José (Ju 1,45 y 6,42). Pero, ¿quién era ese José de Nazaret?
Según Mateo 1,16, era hijo de un tal Jacob. Para Lucas, en cambio, su padre se llamaba Helí (Lu 3,23). Este desacuerdo en las fuentes reveladas desconcierta a los exégetas, la mayoría de los cuales pasan de puntillas sobre el asunto sin detenerse y unos pocos han elaborado una teoría bastante infumable recurriendo a la Ley del Levirato: en tal teoría se considera que uno de los nombrados, por ejemplo Jacob (que tendría un hermano soltero llamado Helí), sería su padre biológico y habría muerto; según la Ley, su hermano Helí, por ser soltero, estaba obligado a casarse con la viuda, su cuñada, pasando a ser padrastro de su sobrino José.
Tampoco se sabe dónde nació aunque, por el hecho de desplazarse a Belén con María encinta para empadronarse, según ordenaba el edicto augusteo, es muy probable que fuera de Belén. El apócrifo Historia de José el carpintero (escrito en el siglo IV-V) lo afirma taxativamente: "Había un hombre llamado José, oriundo de Belén..." (HJC II,1). Textos canónicos y apócrifos coinciden en que era carpintero. Bueno, en realidad dicen que era tekton, algo así como persona habilidosa para hacer trabajos manuales. Pero desde muy antiguo se fijó el significado de carpintero, aunque en el apócrifo Libro sobre la infancia del Salvador (del siglo XIII) se deja traslucir que era agricultor: "... siendo la época de la sementera, salió José a sembrar trigo" (LIS 3).
Como carpintero no parece que siempre le salieran bien las cosas, a tenor de lo que nos narra el apócrifo Evangelio árabe de la Infancia (del siglo XIII-XIV) en el cap. XXXIX y que, resumiendo, nos viene a contar el milagro que tuvo que hacer Jesús para arreglar los desaguisados de su padre al contruir un trono que le había encargado el rey de Jerusalén.
A pesar del importante papel que jugó San José en la Sagrada Familia, los Evangelios transmiten poca información biográfica sobre el casto varón. Tampoco sobre María, su virgen esposa son en exceso explícitos. ¿Era José viudo cuando desposó a María o no había conocido mujer? La mención en varias ocasiones, en los Evangelios, de "los hermanos del Señor", por ejemplo en Mt 13,55 y ss., es un escollo difícil de salvar, que los exégetas católicos sortean haciendo filigranas retóricas. Pero en la Historia de José... se recoge que el Santo Patriarca era viudo, y que del primer matrimonio tuvo cuatro varones y dos mujeres (HJC II, 3 y ss.). En otros textos se nos indica que a la hora de desposar a María todos sus hijos se habían casado ya, excepto Santiago, el menor, luego Apóstol, al que los textos sagrados llaman "hermano del Señor".
Este asunto es importante para entender la animada discusión entre dos bandos de hagiógrafos: quienes defienden (sin ningún argumento claramente apoyado en la Revelación) que José era joven y soltero cuando se comprometió con María y quienes sostienen que era ya viejo. No quiero extenderme demasiado citando fuentes, pero coincido con quienes opinan que lo más razonable es pensar que era ya, efectivamente, añoso cuando celebró las nupcias con la Virgen. El devenir temporal del propio relato evangélico admite esa posibilidad: cuando Jesús inicia su vida pública su padre putativo debía haber muerto ya, pues no se le menciona como invitado en la boda de Caná; tampoco formaba parte del cortejo familiar al pie de la cruz, cuando, viendo su muerte próxima, Jesús encarga a Juan que se ocupe de cuidar a la Virgen. Las frases de Juan 19, 26-27 no tendrían sentido (exégesis posteriores aparte) si el esposo de María aún viviera. Por otra parte, y con todas las reservas a tener en cuenta, en la Historia de José... Jesús narra de manera presencial la muerte de su padre (HJC XVI y ss.).
Todas estas situaciones de desconocimiento hicieron que, en los primeros tiempos del cristianismo, San José fuera un santo ignorado, sobre todo para el cristianismo occidental. No figura en las nóminas y santorales de los Martirologios más antiguos y no hay constancia de que se le tributara culto oficialmente, aunque bien es verdad que durante los primeros siglos del cristianismo se veneraba principalmente a los mártires. Las referencias cultuales más antiguas que se tienen proceden de calendarios de la Iglesia Copta de los siglos VIII y IX. En Occidente se inició su culto hacia el siglo X, siendo una iglesia de Bolonia la primera dedicada al Santo cuando corría el año 1129. Su culto ganó adeptos gracias a la devoción de influyentes personajes del cristianismo como el Santo de Aquino, San Bernardino, Santa Brígida de Suecia... pero estaríamos ya a finales del siglo XIII y principios del XIV. Por fin, bajo el pontificado de Sixto IV (1471-1484), San José fue oficialmente introducido en el Misal Romano, fijándose su fiesta para el 19 de marzo.
Los gremios bajomedievales de carpinteros le tomaron por Patrón y así, poco a poco, la devoción a San José fué ganando popularidad. Con Clemente XI (1700-1721) consiguió el rango de fiesta doble de segunda clase, pero fue a lo largo del siglo XIX cuando se produjo el ascenso vertiginoso de categoría, que culminó en 1870 cuando Pío IX lo declaró Patrono Universal de la Iglesia Católica. Después San José entró en política. En 1889 se había instaurado el día 1 de Mayo como Fiesta del Trabajo a la que en pocos años se fueron adhiriendo todas las naciones a través de sus organizaciones sindicales de trabajadores. Pues bien, a Pío XII le cupo el honor de cristianizar en 1955 la Fiesta del Trabajo, convirtiéndola para el orbe católico en el día de San José Obrero.
En cuanto a su patronazgo de las Fallas, viene de la tradición de los gremios de carpinteros de Valencia, y como fueron los carpinteros los que construyeron las primeras fallas (y así ha continuado siendo hasta hace bien poco), cuando la fiesta tomó vuelo fue santificada bajo la tutela del Santo, que también había sido del gremio.
Lo del Día del Padre es más reciente y poco tiene que ver, en realidad, con San José.
De los cuatro Evangelios canónicos sólo los de Mateo y Lucas proporcionan algunos datos. Juan se limita a decir en un par de ocasiones que Jesús era hijo de José (Ju 1,45 y 6,42). Pero, ¿quién era ese José de Nazaret?
Según Mateo 1,16, era hijo de un tal Jacob. Para Lucas, en cambio, su padre se llamaba Helí (Lu 3,23). Este desacuerdo en las fuentes reveladas desconcierta a los exégetas, la mayoría de los cuales pasan de puntillas sobre el asunto sin detenerse y unos pocos han elaborado una teoría bastante infumable recurriendo a la Ley del Levirato: en tal teoría se considera que uno de los nombrados, por ejemplo Jacob (que tendría un hermano soltero llamado Helí), sería su padre biológico y habría muerto; según la Ley, su hermano Helí, por ser soltero, estaba obligado a casarse con la viuda, su cuñada, pasando a ser padrastro de su sobrino José.
Tampoco se sabe dónde nació aunque, por el hecho de desplazarse a Belén con María encinta para empadronarse, según ordenaba el edicto augusteo, es muy probable que fuera de Belén. El apócrifo Historia de José el carpintero (escrito en el siglo IV-V) lo afirma taxativamente: "Había un hombre llamado José, oriundo de Belén..." (HJC II,1). Textos canónicos y apócrifos coinciden en que era carpintero. Bueno, en realidad dicen que era tekton, algo así como persona habilidosa para hacer trabajos manuales. Pero desde muy antiguo se fijó el significado de carpintero, aunque en el apócrifo Libro sobre la infancia del Salvador (del siglo XIII) se deja traslucir que era agricultor: "... siendo la época de la sementera, salió José a sembrar trigo" (LIS 3).
Como carpintero no parece que siempre le salieran bien las cosas, a tenor de lo que nos narra el apócrifo Evangelio árabe de la Infancia (del siglo XIII-XIV) en el cap. XXXIX y que, resumiendo, nos viene a contar el milagro que tuvo que hacer Jesús para arreglar los desaguisados de su padre al contruir un trono que le había encargado el rey de Jerusalén.
A pesar del importante papel que jugó San José en la Sagrada Familia, los Evangelios transmiten poca información biográfica sobre el casto varón. Tampoco sobre María, su virgen esposa son en exceso explícitos. ¿Era José viudo cuando desposó a María o no había conocido mujer? La mención en varias ocasiones, en los Evangelios, de "los hermanos del Señor", por ejemplo en Mt 13,55 y ss., es un escollo difícil de salvar, que los exégetas católicos sortean haciendo filigranas retóricas. Pero en la Historia de José... se recoge que el Santo Patriarca era viudo, y que del primer matrimonio tuvo cuatro varones y dos mujeres (HJC II, 3 y ss.). En otros textos se nos indica que a la hora de desposar a María todos sus hijos se habían casado ya, excepto Santiago, el menor, luego Apóstol, al que los textos sagrados llaman "hermano del Señor".
Este asunto es importante para entender la animada discusión entre dos bandos de hagiógrafos: quienes defienden (sin ningún argumento claramente apoyado en la Revelación) que José era joven y soltero cuando se comprometió con María y quienes sostienen que era ya viejo. No quiero extenderme demasiado citando fuentes, pero coincido con quienes opinan que lo más razonable es pensar que era ya, efectivamente, añoso cuando celebró las nupcias con la Virgen. El devenir temporal del propio relato evangélico admite esa posibilidad: cuando Jesús inicia su vida pública su padre putativo debía haber muerto ya, pues no se le menciona como invitado en la boda de Caná; tampoco formaba parte del cortejo familiar al pie de la cruz, cuando, viendo su muerte próxima, Jesús encarga a Juan que se ocupe de cuidar a la Virgen. Las frases de Juan 19, 26-27 no tendrían sentido (exégesis posteriores aparte) si el esposo de María aún viviera. Por otra parte, y con todas las reservas a tener en cuenta, en la Historia de José... Jesús narra de manera presencial la muerte de su padre (HJC XVI y ss.).
Todas estas situaciones de desconocimiento hicieron que, en los primeros tiempos del cristianismo, San José fuera un santo ignorado, sobre todo para el cristianismo occidental. No figura en las nóminas y santorales de los Martirologios más antiguos y no hay constancia de que se le tributara culto oficialmente, aunque bien es verdad que durante los primeros siglos del cristianismo se veneraba principalmente a los mártires. Las referencias cultuales más antiguas que se tienen proceden de calendarios de la Iglesia Copta de los siglos VIII y IX. En Occidente se inició su culto hacia el siglo X, siendo una iglesia de Bolonia la primera dedicada al Santo cuando corría el año 1129. Su culto ganó adeptos gracias a la devoción de influyentes personajes del cristianismo como el Santo de Aquino, San Bernardino, Santa Brígida de Suecia... pero estaríamos ya a finales del siglo XIII y principios del XIV. Por fin, bajo el pontificado de Sixto IV (1471-1484), San José fue oficialmente introducido en el Misal Romano, fijándose su fiesta para el 19 de marzo.
Los gremios bajomedievales de carpinteros le tomaron por Patrón y así, poco a poco, la devoción a San José fué ganando popularidad. Con Clemente XI (1700-1721) consiguió el rango de fiesta doble de segunda clase, pero fue a lo largo del siglo XIX cuando se produjo el ascenso vertiginoso de categoría, que culminó en 1870 cuando Pío IX lo declaró Patrono Universal de la Iglesia Católica. Después San José entró en política. En 1889 se había instaurado el día 1 de Mayo como Fiesta del Trabajo a la que en pocos años se fueron adhiriendo todas las naciones a través de sus organizaciones sindicales de trabajadores. Pues bien, a Pío XII le cupo el honor de cristianizar en 1955 la Fiesta del Trabajo, convirtiéndola para el orbe católico en el día de San José Obrero.
En cuanto a su patronazgo de las Fallas, viene de la tradición de los gremios de carpinteros de Valencia, y como fueron los carpinteros los que construyeron las primeras fallas (y así ha continuado siendo hasta hace bien poco), cuando la fiesta tomó vuelo fue santificada bajo la tutela del Santo, que también había sido del gremio.
Lo del Día del Padre es más reciente y poco tiene que ver, en realidad, con San José.
(La ilustración corresponde el cuadro "La Sagrada Familia", de Simone Cantarini, pintado hacia 1645)
martes, 20 de marzo de 2007
San José, las Fallas, etc., etc.

Sí, ya sé que llevo el blog algo más desatendido de lo que suele ser habitual. Y no diré que es por razones de trabajo, no. Simplemente, me he tomado una semana de vacaciones para disfrutar de una fiesta tradicional de mi tierra, Valencia: las Fallas. La semana fallera es la apoteosis del cachondeo, del ruído atronador de los cohetes, de los excesos gastronómicos, de las noches sin dormir apenas... Es la quintaesencia de la burla y la crítica ácida a la política y sus personajillos, hecha monumento efímero de cartón y madera para ser quemado la noche del 19 de marzo, con la esperanza (que nunca se cumple) de que el fuego sirva de ejemplar metáfora y limpie nuestra sociedad de tanta basurilla. Mi falla, la de mi barrio, la que os muestro en la foto, llevaba por lema "Haciendo el indio..." y en ella satirizábamos a los políticos locales y su aldeana manera de entender la política. Nada nuevo bajo el sol.
Dentro de unos días, en cuanto me recupere, escribiré algo sobre San José, el patrón de las Fallas, ese santo modesto, casi de segunda fila en la nómina católica.
Ahora os dejo con música: un pasodoble fallero por excelencia, El Fallero, del maestro Serrano.
domingo, 11 de marzo de 2007
En Atenas
He pasado unos días en Atenas por motivos profesionales. Atenas me sobrecoge siempre, y no porque sea actualmente una gran metrópoli abigarrada, ruidosa, incómoda... y llena de turistas (afortunadamente). Me sobrecoge el aleteo ingrávido de tanta Historia, de tantas mentes preclaras generando ideas que han quedado prendidas, fecundando el pensamiento humano, de tantas nobles piedras.
Siempre suelo hospedarme en un hotel cercano al centro histórico para, en mi tiempo libre, poder pasear tranquilamente por las callejuelas del Plaka y adentrarme en grato paseo por las calles de la Atenas clásica, las ruínas de la esplendorosa Atenas de Pericles, no sin detenerme antes o después en la taberna de Manniatis y allí, desde su pequeña terraza, contemplar la dominante silueta de la Acrópolis mientras saboreo, solo o en compañía, una jarra de recio vino resinoso y, si se tercia por la hora, engullir sin prisa unas dolmades, o moussaka, o kolokithakia, aprestando el camino a unos calamares o al pulpo aderezado con taramasalata, pero dejando algo de hueco para poder rematar con dulces baklavas o loukoumades.
Os invito a un paseo por las ruínas de Atenas (reproducido hasta cierto punto en el "clip" que cierra este artículo). En las últimas callejuelas de la ciudad actual uno puede encontrarse con bellas iglesias bizantinas y sus ricos mosaicos de tema religioso y, al levantar la vista en dirección sur, las escarpadas paredes de la mesa rocosa en cuya plataforma se eleva el Partenón. Es un regalo para la vista.
Pero entremos al Ágora desde el Cerámico por la avenida que la cruza en diagonal, por la que tantas veces discurrió la procesión sagrada de las Panateneas en dirección al Partenón, al templo mayor de Atenea Pártenos. A la derecha, y como un anticipo, el templo de Efestos, también llamado de Teseo, con sus evidentes concomitancias con el Partenón (no son pocos quienes opinan que los trazó el mismo arquitecto). Pasemos junto a las ruínas de la Casa de la Fuente y dirijamos la mirada (con la imaginación, pues sólo los cimientos perduran) hacia los recintos porticados que cerraban la gran plaza del Ágora, las pintadas Stoas, y prestemos oído a los ecos que todavía resuenan de las voces de Zenón enseñando filosofía estoica, de los tyranos construyendo la democracia ateniense, de Demóstenes en sus diatribas contra Filipo de Macedonia... ¡Tantas voces magistrales se agolpan en mi memoria...!
Llego ya al pie del risco del recinto sagrado y el camino comienza a ascender y pasa zigzagueante junto al precipicio sur, al que me asomo para contemplar el Odeón de Herodes Ático y recordar aquella memorable representación de la Electra de Eurípides, en griego clásico, hace de esto ya más de veinte años. Algo más al este se vislumbran las nobles ruínas del teatro de Dionisio, donde estrenaron Eurípides, Aristófanes, Sófocles y tantos otros clásicos. Impresiona sólo el recordarlo...
Paso junto al pequeño templo dedicado a Atenea Niké y enfilo la escalinata de los Propileos. El corazón me late a más de 100, no sólo por los achaques de viejo fumador, mientras subo los gastados escalones que conducen a la soberbia barrera de columnas jacenadas: sé que es el pórtico, la antesala de un espacio maravilloso. La Geometría reina allí como una aliada sublime de lo esotérico. Uno quiere ver el Partenón pero la columnata del propileo no te permite sino una visión segmentada del espacio más allá. Has de rebasarla y entonces, ¡oh milagro!, ante ti se despliega una perspectiva absolutamente genial del templo en ligero escorzo, la mejor perspectiva posible a la distancia óptima. Todo calculado para el efectismo.
Me siento sobre el tambor de una columna caída, enciendo un cigarrillo y, mientras fumo con fruición, paseo la mirada por el Erecteion reconstruído y pienso en sus Cariátides originales (hoy en museos) recordando viejos grabados y fotografías del siglo XIX.
Pero el Partenón me llama con la atractiva salmodia de las Vestales en los cultos a la diosa protectora. Paseo por su alrededor y lleno con la imaginación el hueco horrendo de la cella (derruida por la horrísona explosión del polvorín que los turcos otomanos instalaron en ella en el siglo XVII) con la gigantesca escultura de Atenea Pártenos labrada por Fidias, destruida por manos iconoclastas no se sabe cuándo. Huelo el incienso y los perfumes de ese sancta sanctorum y recorro con la mirada por fuera y por dentro del templo los frontones y frisos con altorrelieves que cuentan historias maravillosas de la mitología griega. Mirada imaginaria que me ha de transportar a Londres y París donde se custodian, afortunadamente, la mayor parte de los restos conservados de tanta maravilla marmórea.
Atardece... Desando el camino tras una última mirada antes de cruzar de nuevo los Propileos. Es tiempo de pensar en la taberna de Manniatis y en un reparador refrigerio.
Siempre suelo hospedarme en un hotel cercano al centro histórico para, en mi tiempo libre, poder pasear tranquilamente por las callejuelas del Plaka y adentrarme en grato paseo por las calles de la Atenas clásica, las ruínas de la esplendorosa Atenas de Pericles, no sin detenerme antes o después en la taberna de Manniatis y allí, desde su pequeña terraza, contemplar la dominante silueta de la Acrópolis mientras saboreo, solo o en compañía, una jarra de recio vino resinoso y, si se tercia por la hora, engullir sin prisa unas dolmades, o moussaka, o kolokithakia, aprestando el camino a unos calamares o al pulpo aderezado con taramasalata, pero dejando algo de hueco para poder rematar con dulces baklavas o loukoumades.
Os invito a un paseo por las ruínas de Atenas (reproducido hasta cierto punto en el "clip" que cierra este artículo). En las últimas callejuelas de la ciudad actual uno puede encontrarse con bellas iglesias bizantinas y sus ricos mosaicos de tema religioso y, al levantar la vista en dirección sur, las escarpadas paredes de la mesa rocosa en cuya plataforma se eleva el Partenón. Es un regalo para la vista.
Pero entremos al Ágora desde el Cerámico por la avenida que la cruza en diagonal, por la que tantas veces discurrió la procesión sagrada de las Panateneas en dirección al Partenón, al templo mayor de Atenea Pártenos. A la derecha, y como un anticipo, el templo de Efestos, también llamado de Teseo, con sus evidentes concomitancias con el Partenón (no son pocos quienes opinan que los trazó el mismo arquitecto). Pasemos junto a las ruínas de la Casa de la Fuente y dirijamos la mirada (con la imaginación, pues sólo los cimientos perduran) hacia los recintos porticados que cerraban la gran plaza del Ágora, las pintadas Stoas, y prestemos oído a los ecos que todavía resuenan de las voces de Zenón enseñando filosofía estoica, de los tyranos construyendo la democracia ateniense, de Demóstenes en sus diatribas contra Filipo de Macedonia... ¡Tantas voces magistrales se agolpan en mi memoria...!
Llego ya al pie del risco del recinto sagrado y el camino comienza a ascender y pasa zigzagueante junto al precipicio sur, al que me asomo para contemplar el Odeón de Herodes Ático y recordar aquella memorable representación de la Electra de Eurípides, en griego clásico, hace de esto ya más de veinte años. Algo más al este se vislumbran las nobles ruínas del teatro de Dionisio, donde estrenaron Eurípides, Aristófanes, Sófocles y tantos otros clásicos. Impresiona sólo el recordarlo...
Paso junto al pequeño templo dedicado a Atenea Niké y enfilo la escalinata de los Propileos. El corazón me late a más de 100, no sólo por los achaques de viejo fumador, mientras subo los gastados escalones que conducen a la soberbia barrera de columnas jacenadas: sé que es el pórtico, la antesala de un espacio maravilloso. La Geometría reina allí como una aliada sublime de lo esotérico. Uno quiere ver el Partenón pero la columnata del propileo no te permite sino una visión segmentada del espacio más allá. Has de rebasarla y entonces, ¡oh milagro!, ante ti se despliega una perspectiva absolutamente genial del templo en ligero escorzo, la mejor perspectiva posible a la distancia óptima. Todo calculado para el efectismo.
Me siento sobre el tambor de una columna caída, enciendo un cigarrillo y, mientras fumo con fruición, paseo la mirada por el Erecteion reconstruído y pienso en sus Cariátides originales (hoy en museos) recordando viejos grabados y fotografías del siglo XIX.
Pero el Partenón me llama con la atractiva salmodia de las Vestales en los cultos a la diosa protectora. Paseo por su alrededor y lleno con la imaginación el hueco horrendo de la cella (derruida por la horrísona explosión del polvorín que los turcos otomanos instalaron en ella en el siglo XVII) con la gigantesca escultura de Atenea Pártenos labrada por Fidias, destruida por manos iconoclastas no se sabe cuándo. Huelo el incienso y los perfumes de ese sancta sanctorum y recorro con la mirada por fuera y por dentro del templo los frontones y frisos con altorrelieves que cuentan historias maravillosas de la mitología griega. Mirada imaginaria que me ha de transportar a Londres y París donde se custodian, afortunadamente, la mayor parte de los restos conservados de tanta maravilla marmórea.
Atardece... Desando el camino tras una última mirada antes de cruzar de nuevo los Propileos. Es tiempo de pensar en la taberna de Manniatis y en un reparador refrigerio.
viernes, 2 de marzo de 2007
¿Eres espiado?
La Red es un medio de expresión y opinión cada día menos seguro, menos independiente y menos libre, si es que estas cualidadades las tuvo alguna vez. A estas alturas de la película, cuando las posibilidades ofrecidas por Internet ya son exploradas y explotadas por muchos millones de internautas tras varios decenios de bombardeo publicitario directo e indirecto ensalzando sus virtudes, la Red se está convirtiendo en un arma estratégica potencialmente peligrosa para la seguridad del "stablishment", que ve en ese acto voluntario de apretar una tecla un direccionamiento hacia el desacato, hacia lo prohibido, hacia la transgresión de moralidades pactadas no se sabe con quién.
Leía recientemente en un periódico abandonado en una repisa del tren de cercanías que me lleva a diario a la universidad, que cada día estamos más controlados por los sistemas informáticos del Estado. No es sólo por Hacienda, aunque por ahí comenzó. Nuestra actividad va dejando rastros que quedan almacenados en incontables bases de datos fiscalizadas por el Estado, desde la visita al médico hasta el gesto cotidiano de pagar la cuenta del restaurante o de la tienda con una tarjeta de crédito.
Luego están los hackers. Los buenos, los más hábiles, no suelen entretenerse en entrar y espiar un ordenador personal. Lo que les hace subir la tasa de adrenalina es romper las barreras de seguridad de grandes compañías u organismos oficiales y dejar allí su firma. Porque los PCs son demasiado vulnerables por más que instalemos esos programas anti-spy que nos venden a precio de oro y que, la verdad, sirven para bien poco a quienes utilizamos Internet con moderación. Pero, con el fenómeno hacker, los organismos policiales y de "inteligencia" se dieron cuenta de lo fácil que resulta espiar cualquier cuenta de correo electrónico, cualquier blog, cualquier página web, aunque nos identifiquemos con esos nombres a veces tan ridículos tras los que intentamos salvaguardar el anonimato. Es tan sencillo como "pinchar" un teléfono.
Así, ese soplo aparente de libertad que ofrece Internet puede convertirse en una trampa en la que puedes caer y verte cazado como un gazapillo si lo que muestras en tu escaparate o el contenido de tus mensajes no gusta a alguien con el poder y medios suficientes para tenerte controlado. Padres hay que ya controlan de ese modo todas las comunicaciones de sus hijos, incluidos los teléfonos móviles. La moraleja que pretenden introducir esos controladores de vidas ajenas es: "Habla, exprésate, comunícate, pero si te sales de mis normas te daré un garrotazo a ti y a quien se comunique contigo". Como al gazapo. Y, además, pueden conocer de antemano tus movimientos en cuanto los lances al éter.
Quienes somos partidarios de la libertad sin tapujos sabemos también que somos algo utópicos. Cuanto mayor despliegue tecnológico, mayor facilidad de control. Es la manera que tiene el Sistema de mantenerse y perpetuarse. El ejercicio de la libertad es limitado; desde fuera nos imponen unos límites de los que a menudo no somos conscientes hasta que, al traspasarlos, la Autoridad, ese Gran Hermano nacido con taras incurables de mala conciencia, te aplica sanción en virtud de no sé qué artículo de no sé qué código legal.
"Eres un poco ácrata", diréis. Así es. Aunque tampoco creo en Icaria, ese lugar de utopía donde todos podamos vivir en armonía y libertad perfectas. Ácrata y escéptico.
Yo soy espiado, lo sé (y no salta ninguna alarma en mi PC a pesar de las protecciones), porque también lo es una persona muy querida con quien me comunico utilizando a veces estos medios electrónicos. Y he sido advertido. Pero, como le dije al emisario, por ahora me paso las amenazas por entre las piernas, a la altura de mis colgajos. A mi edad hay muchos miedos que ya tengo superados y no me va a amedrentar lo que considero una instrusión inadmisible en mi esfera privada. Que uno también tiene algún derecho; no todo van a ser obligaciones.
Leía recientemente en un periódico abandonado en una repisa del tren de cercanías que me lleva a diario a la universidad, que cada día estamos más controlados por los sistemas informáticos del Estado. No es sólo por Hacienda, aunque por ahí comenzó. Nuestra actividad va dejando rastros que quedan almacenados en incontables bases de datos fiscalizadas por el Estado, desde la visita al médico hasta el gesto cotidiano de pagar la cuenta del restaurante o de la tienda con una tarjeta de crédito.
Luego están los hackers. Los buenos, los más hábiles, no suelen entretenerse en entrar y espiar un ordenador personal. Lo que les hace subir la tasa de adrenalina es romper las barreras de seguridad de grandes compañías u organismos oficiales y dejar allí su firma. Porque los PCs son demasiado vulnerables por más que instalemos esos programas anti-spy que nos venden a precio de oro y que, la verdad, sirven para bien poco a quienes utilizamos Internet con moderación. Pero, con el fenómeno hacker, los organismos policiales y de "inteligencia" se dieron cuenta de lo fácil que resulta espiar cualquier cuenta de correo electrónico, cualquier blog, cualquier página web, aunque nos identifiquemos con esos nombres a veces tan ridículos tras los que intentamos salvaguardar el anonimato. Es tan sencillo como "pinchar" un teléfono.
Así, ese soplo aparente de libertad que ofrece Internet puede convertirse en una trampa en la que puedes caer y verte cazado como un gazapillo si lo que muestras en tu escaparate o el contenido de tus mensajes no gusta a alguien con el poder y medios suficientes para tenerte controlado. Padres hay que ya controlan de ese modo todas las comunicaciones de sus hijos, incluidos los teléfonos móviles. La moraleja que pretenden introducir esos controladores de vidas ajenas es: "Habla, exprésate, comunícate, pero si te sales de mis normas te daré un garrotazo a ti y a quien se comunique contigo". Como al gazapo. Y, además, pueden conocer de antemano tus movimientos en cuanto los lances al éter.
Quienes somos partidarios de la libertad sin tapujos sabemos también que somos algo utópicos. Cuanto mayor despliegue tecnológico, mayor facilidad de control. Es la manera que tiene el Sistema de mantenerse y perpetuarse. El ejercicio de la libertad es limitado; desde fuera nos imponen unos límites de los que a menudo no somos conscientes hasta que, al traspasarlos, la Autoridad, ese Gran Hermano nacido con taras incurables de mala conciencia, te aplica sanción en virtud de no sé qué artículo de no sé qué código legal.
"Eres un poco ácrata", diréis. Así es. Aunque tampoco creo en Icaria, ese lugar de utopía donde todos podamos vivir en armonía y libertad perfectas. Ácrata y escéptico.
Yo soy espiado, lo sé (y no salta ninguna alarma en mi PC a pesar de las protecciones), porque también lo es una persona muy querida con quien me comunico utilizando a veces estos medios electrónicos. Y he sido advertido. Pero, como le dije al emisario, por ahora me paso las amenazas por entre las piernas, a la altura de mis colgajos. A mi edad hay muchos miedos que ya tengo superados y no me va a amedrentar lo que considero una instrusión inadmisible en mi esfera privada. Que uno también tiene algún derecho; no todo van a ser obligaciones.
martes, 20 de febrero de 2007
Carnaval

Es difícil encontrar un pueblo o una región que no haya tenido a lo largo de la Historia una tradición orgiástica para celebrar algún acontecimiento importante del año. El Carnaval es la versión contemporánea de esas reminiscencias en el bloque cultural cristiano.
En sus orígenes, como suponen algunos investigadores, los pueblos agrícolas primitivos solían celebrar hacia finales del invierno una gran fiesta en la que consumían todos los víveres perecederos que el frío permitía conservar pero que peligraban al llegar los primeros calores primaverales. A menudo seguía un periodo de carencia o ayuno hasta que las nuevas cosechas o las posibilidades de la caza volvían a proveer las despensas.
El Carnaval parece tener su antecedente más directo en las Bacanales romanas, fiestas en honor al dios Baco que, a su vez, derivan de las ceremonias en honor de Dyonisos, el dios griego de la buena vida. Tenemos noticias fidedignas de que las Fiestas Dionisíacas ya se celebraban con todo boato en el siglo VI a. de C. en Atenas y otros lugares de Grecia. Estas fiestas, iniciáticas en algunos aspectos, tenían su parte culta en la que se daban conciertos y representaciones teatrales (ya sabéis que los actores griegos actuaban siempre con el rostro cubierto por una máscara que figuraba el personaje que representaban). Pero lo más renombrado eran sus orgías en las que se ingerían cantidades ingentes de vino y de comida, y que solían rematarse con todas las fantasías eróticas imaginables, practicadas en las umbrías de los bosquecillos de los alrededores de Atenas. Dyonisos era, ante todo, el dios de la renovación; de ahí que sus fiestas coincidieran con el final del invierno.
Los romanos, tan poco originales en tantas cosas, adoptaron el panteón griego en su práctica totalidad pero, eso sí, cambiando los nombres de los dioses. Dyonisos pasó a llamarse Baco y las Fiestas Dionisíacas, Bacanales. Pero, curiosamente, las Bacanales romanas se desarrollaron en sus comienzos con un sentido diferente al de su original griego: en Roma era la fiesta de los desasistidos de la fortuna, de los indigentes, de los borrachos, de las prostitutas, de los homosexuales... Eran fiestas privadas (aunque multitudinarias en ocasiones), dirigidas por famosas meretrices algunos de cuyos nombres conocemos, en las que vino y sexo campaban por sus respetos. Tan tremenda llegó a ser la cosa que en el año 186 a. de C. el Senado de la República promulgó un edicto prohibiéndolas radicalmente y dando lugar a lo que se viene en llamar la "primera gran persecución religiosa" de la Historia en la que murieron miles de varones adictos a ese desmelene; las mujeres eran castigadas sólo con el confinamiento en casa. Con el tiempo las Bacanales volvieron a reverdecer en tiempos del Imperio, sin perder su carácter de excesos báquicos pero con una mayor participación ciudadana.
El Carnaval, aunque con evidentes sintonías con los rituales orgiásticos paganos, es sin embargo una fiesta típicamente cristiana que tomó cuerpo en época medieval como desafuero orgásmico precursor de la Cuaresma, ese tiempo de ayuno y penitencia que precede a la Pasión de Cristo. Las ordenanzas cristianas exigían que durante la Cuaresma se observaran el ayuno y la abstinencia de comer carne, incluyendo en esa abstinencia el contacto sexual, y así ha sido hasta hace bien pocos años. Dura 40 días, tantos como dicen los Evangelios que estuvo Cristo ayunando en el desierto preparándose para su vida pública. Como, por otro lado, en el calendario cristiano el final de la Cuaresma es la Semana de Pasión o Santa y ésta ha de coincidir con el primer plenilunio de primavera del hemisferio boreal, el Carnaval ha de terminar el día anterior al Miércoles de Ceniza, primer día de Cuaresma.
Por referencia a la obligatoriedad de abstenerse de comer carne es por lo que nace la palabra Carnaval, derivada de la italiana Carnevale que, a su vez, es haplología de la latina carnelevare (eliminar la carne). El Carnaval también se denomina Carnestolendas, haciéndose eco de la frase latina que denomina el tiempo litúrgico en el Misal Romano: "Domenica Prima Carnes Tolendas...", es decir, el domingo anterior al día de quitar la carne o Domingo de Carnaval.
El Carnaval, desde el Medioevo, ha sido tiempo de cierto desacato a la autoridad como reacción, primero, al autoritarismo feudal, y luego al sistema establecido sea cual fuere. Por eso es tiempo de máscaras y disfraces tras los que camuflar la oportunidad de desmandarse. Y eso valía tanto para las gentes menos favorecidad como para las de mayor alcurnia, que todos andaban más o menos igual de urgidos de cintura para abajo.
De la relación Cuaresma-abstiencia sexual es buena prueba la fiesta salmantina del Lunes de Aguas. Salamanca fue durante siglos la sede universitaria más importante de España y, aún hoy, el carácter universitario impregna la ciudad. Si la población estudiantil era numerosa, también lo eran las putas que ejercían su oficio en las casas de mancebía. Pues bien, para obligar a los estudiantes a abstenerse del pecado de la carne, Felipe II dictó unas ordenanzas por las cuales las prostitutas eran "desterradas" al otro lado del río Tormes durante la Cuaresma y la semana de Pascua. Pero el lunes siguiente al de Pascua, el Lunes de Aguas, en medio de una gran fiesta regada con buen vino y nutrida con hornazo (una empanada rellena de suculentos productos del cerdo), los estudiantes cruzaban el río en barcas y traían de nuevo en volandas a sus queridas meretrices a las mancebías.
Hoy el Carnaval ha perdido casi todo el atractivo de su atavismo. Los deslumbrantes carnavales de Río, de Tenerife, de Venecia, de Nueva Orleáns, de Cádiz y de otras muchas ciudades famosas apenas quedan en pura mascarada, desfiles y alcohol. Uno "asiste" a los carnavales pero no forma parte de ellos. Y si se disfraza es para desfilar, nada más. Quizás es que la Cuaresma ha perdido su sentido, y no se concibe Carnaval sin Cuaresma. Si tuviera que escoger algún carnaval me quedaría con el de Venecia, sugeridor de orgasmos finos y delicados, o el de Cádiz, cachondo donde los haya. Los demás se me antojan podridamente "glamourosos" y el "glamour" siempre me ha parecido tan frustrante como la eyaculación precoz.
En sus orígenes, como suponen algunos investigadores, los pueblos agrícolas primitivos solían celebrar hacia finales del invierno una gran fiesta en la que consumían todos los víveres perecederos que el frío permitía conservar pero que peligraban al llegar los primeros calores primaverales. A menudo seguía un periodo de carencia o ayuno hasta que las nuevas cosechas o las posibilidades de la caza volvían a proveer las despensas.
El Carnaval parece tener su antecedente más directo en las Bacanales romanas, fiestas en honor al dios Baco que, a su vez, derivan de las ceremonias en honor de Dyonisos, el dios griego de la buena vida. Tenemos noticias fidedignas de que las Fiestas Dionisíacas ya se celebraban con todo boato en el siglo VI a. de C. en Atenas y otros lugares de Grecia. Estas fiestas, iniciáticas en algunos aspectos, tenían su parte culta en la que se daban conciertos y representaciones teatrales (ya sabéis que los actores griegos actuaban siempre con el rostro cubierto por una máscara que figuraba el personaje que representaban). Pero lo más renombrado eran sus orgías en las que se ingerían cantidades ingentes de vino y de comida, y que solían rematarse con todas las fantasías eróticas imaginables, practicadas en las umbrías de los bosquecillos de los alrededores de Atenas. Dyonisos era, ante todo, el dios de la renovación; de ahí que sus fiestas coincidieran con el final del invierno.
Los romanos, tan poco originales en tantas cosas, adoptaron el panteón griego en su práctica totalidad pero, eso sí, cambiando los nombres de los dioses. Dyonisos pasó a llamarse Baco y las Fiestas Dionisíacas, Bacanales. Pero, curiosamente, las Bacanales romanas se desarrollaron en sus comienzos con un sentido diferente al de su original griego: en Roma era la fiesta de los desasistidos de la fortuna, de los indigentes, de los borrachos, de las prostitutas, de los homosexuales... Eran fiestas privadas (aunque multitudinarias en ocasiones), dirigidas por famosas meretrices algunos de cuyos nombres conocemos, en las que vino y sexo campaban por sus respetos. Tan tremenda llegó a ser la cosa que en el año 186 a. de C. el Senado de la República promulgó un edicto prohibiéndolas radicalmente y dando lugar a lo que se viene en llamar la "primera gran persecución religiosa" de la Historia en la que murieron miles de varones adictos a ese desmelene; las mujeres eran castigadas sólo con el confinamiento en casa. Con el tiempo las Bacanales volvieron a reverdecer en tiempos del Imperio, sin perder su carácter de excesos báquicos pero con una mayor participación ciudadana.
El Carnaval, aunque con evidentes sintonías con los rituales orgiásticos paganos, es sin embargo una fiesta típicamente cristiana que tomó cuerpo en época medieval como desafuero orgásmico precursor de la Cuaresma, ese tiempo de ayuno y penitencia que precede a la Pasión de Cristo. Las ordenanzas cristianas exigían que durante la Cuaresma se observaran el ayuno y la abstinencia de comer carne, incluyendo en esa abstinencia el contacto sexual, y así ha sido hasta hace bien pocos años. Dura 40 días, tantos como dicen los Evangelios que estuvo Cristo ayunando en el desierto preparándose para su vida pública. Como, por otro lado, en el calendario cristiano el final de la Cuaresma es la Semana de Pasión o Santa y ésta ha de coincidir con el primer plenilunio de primavera del hemisferio boreal, el Carnaval ha de terminar el día anterior al Miércoles de Ceniza, primer día de Cuaresma.
Por referencia a la obligatoriedad de abstenerse de comer carne es por lo que nace la palabra Carnaval, derivada de la italiana Carnevale que, a su vez, es haplología de la latina carnelevare (eliminar la carne). El Carnaval también se denomina Carnestolendas, haciéndose eco de la frase latina que denomina el tiempo litúrgico en el Misal Romano: "Domenica Prima Carnes Tolendas...", es decir, el domingo anterior al día de quitar la carne o Domingo de Carnaval.
El Carnaval, desde el Medioevo, ha sido tiempo de cierto desacato a la autoridad como reacción, primero, al autoritarismo feudal, y luego al sistema establecido sea cual fuere. Por eso es tiempo de máscaras y disfraces tras los que camuflar la oportunidad de desmandarse. Y eso valía tanto para las gentes menos favorecidad como para las de mayor alcurnia, que todos andaban más o menos igual de urgidos de cintura para abajo.
De la relación Cuaresma-abstiencia sexual es buena prueba la fiesta salmantina del Lunes de Aguas. Salamanca fue durante siglos la sede universitaria más importante de España y, aún hoy, el carácter universitario impregna la ciudad. Si la población estudiantil era numerosa, también lo eran las putas que ejercían su oficio en las casas de mancebía. Pues bien, para obligar a los estudiantes a abstenerse del pecado de la carne, Felipe II dictó unas ordenanzas por las cuales las prostitutas eran "desterradas" al otro lado del río Tormes durante la Cuaresma y la semana de Pascua. Pero el lunes siguiente al de Pascua, el Lunes de Aguas, en medio de una gran fiesta regada con buen vino y nutrida con hornazo (una empanada rellena de suculentos productos del cerdo), los estudiantes cruzaban el río en barcas y traían de nuevo en volandas a sus queridas meretrices a las mancebías.
Hoy el Carnaval ha perdido casi todo el atractivo de su atavismo. Los deslumbrantes carnavales de Río, de Tenerife, de Venecia, de Nueva Orleáns, de Cádiz y de otras muchas ciudades famosas apenas quedan en pura mascarada, desfiles y alcohol. Uno "asiste" a los carnavales pero no forma parte de ellos. Y si se disfraza es para desfilar, nada más. Quizás es que la Cuaresma ha perdido su sentido, y no se concibe Carnaval sin Cuaresma. Si tuviera que escoger algún carnaval me quedaría con el de Venecia, sugeridor de orgasmos finos y delicados, o el de Cádiz, cachondo donde los haya. Los demás se me antojan podridamente "glamourosos" y el "glamour" siempre me ha parecido tan frustrante como la eyaculación precoz.
Para ilustrar he escogido música barroca veneciana, de la época en que los carnavales adquierieron allí su máximo esplendor y bien ganada fama. Es el Allegro introductorio de uno de los conciertos para mandolina de Vivaldi. Los acordes de la cuerda que acompaña a la mandolina son como los golpes de remo del gondolero dirigiéndose a buen ritmo hacia San Marco, corazón de la fiesta.
lunes, 12 de febrero de 2007
San Valentín, Patrón de los enamorados

He recogido el guante lanzado elegantemente por Gabrielus en su comentario a mi artículo anterior, en el que sugería que escribiese sobre San Valentín, el Santo del amor humano y Patrón de los enamorados. Así que he desempolvado algunos libros viejos y me he puesto a estudiar su hagiografía para aprender algo que poderos contar brevemente y tuviera cierto aire de originalidad. Y os confieso que he andado de sorpresa en sorpresa.
La primera sorpresa, al revisar obras generales, es que sobre San Valentín se sabe poco, muy poco a ciencia cierta, aparte de los tópicos de sobra conocidos que sirven de soporte al Día de los Enamorados. Había que ir a fuentes más específicas y éstas no son otras que los Martirologios. Esos escritos son relaciones, listas de mártires y santos, con datos biográficos, ordenadas en plan calendárico, cuyos orígenes se remontan a los primeros tiempos de la cristiandad. Andando el tiempo se fueron refundiendo y engrosando con los datos de las distintas sedes episcopales hasta que el papa Gregorio XIII (el reformador del calendario actual o gregoriano) publicó en 1583 el Martirologio Romano vigente en la actualidad, aunque en continua revisión, la última de 1953.
Y aquí llega mi segunda sorpresa al consultar dicha obra: el 14 de febrero hay dos "San Valentines", ambos mártires, uno presbítero romano que murió degollado en el año 270 (en otros textos se lee 269) y otro obispo de Terni, también degollado "en el miliario LXIIII de la Vía Flaminia", en 273. ¡Dos "San Valentines"...! Pero, ¿cuál es el de los enamorados?
El libro que sirve de base al Martirologio Romano es el Martirologio Jeronimiano, que vio la luz en la primera mitad del siglo VI y que, a su vez, transcribe el Martirologio Siríaco del que se conserva una copia en el British Museum fechada en el 411 que, a su vez, resume otro manuscrito griego redactado entre el 362 y el 381, actualmente perdido. Pues bien, en el calendario hagiográfico jeronimiano sólo consta un San Valentín, el de Terni. De ahí que una importante línea de investigación desarrollada por los jesuítas defienda que sólo hubo un San Valentín, el de Terni. La Arqueología parece apoyar esa tesis, pues es tradición fijada en los textos que el papa San Julio I (337-352) edificó una basílica en el lugar del martirio, cuyas ruinas todavía mencionan viajeros del siglo XIV. Pero lo más interesante es que la excavación arqueológica reciente del cementerio anejo a la iglesia descubrió lápidas con inscripciones que indican sin lugar a dudas que allí estaba enterrado el Santo Obispo de Terni. Su muerte tuvo lugar en una fecha sin concretar, entre 269 y 273.
Os estaréis preguntando por qué doy tantos tumbos en torno a si uno o dos "San Valentines". Pues veréis: porque el que tradicionalmente se considera Patrón de los enamorados, el de Roma, es precisamente el que parece que no existió. Pero, aunque hubiera existido, ¿qué dice el Martirologio Romano sobre los "San Valentines"?:
San Valentín de Terni: «En Terni, S. Valentín obispo y mártir, a quien después de prolongados azotes echaron en la cárcel; mas no pudiendo vencerle, sacáronle de ella en el silencio de la medianoche y le degollaron por orden de Plácido, Prefecto de la ciudad».
San Valentín de Roma: «En Roma, en la Via Flaminia, el triunfo de S. Valentín, presbítero y mártir que, siendo insigne por el don de curaciones y por la doctrina, fue apaleado y degollado por orden del César Claudio».
Ninguno de los dos, tal como los describe la Iglesia oficial, parece que tuviera nada que ver con temas amatorios. ¿Por qué, entonces, el 14 de febrero, fiesta de San Valentín, es el Día de los Enamorados? Un poco de paciencia; ya llegaremos.
Del mismo modo que una corriente niega la existencia de San Valentín de Roma basándose en el texto riguroso jeronimiano, otra la afirma, aunque, todo hay que decirlo, la fuente en la que bebe parece menos rigurosa. Esa fuente no es otra que unas Actas cuya redacción no es anterior al siglo VI, en las que se dice que el santo fue martirizado en tiempos del emperador Aurelio Claudio (Claudio II, apodado El Godo, 268-270), y que hizo el milagro de devolver la vista a la hija de uno de sus carceleros. La dudosa veracidad de esas actas y de otros escritos de la época estriba en que por aquel entonces se había puesto muy de moda escribir hagiografías que tenían más de novela-ficción que de realidad y siempre fueron vistas con prevención, cuando no rechazadas de plano, por la Iglesia oficial. Quizás por eso el redactor del Martirologio Jeronimiano no las tuvo en cuenta, aunque también pudo suceder que el texto jeronimiano fuera escrito un poco antes que las mencionadas Actas. Decían esas narraciones noveladas que el Santo romano casaba en secreto a parejas de jóvenes, algo que El Godo había prohibido estrictamente porque, según él y sus mandos militares, el tálamo nupcial debilitaba el vigor guerrero de los legionarios. Como si las legiones no acarrearan en su entorno una nutrida "troupe" de prostitutas y afeminados para dar satisfacción a las urgencias venéreas de la recia tropa...
Ralidad o fantasía, lo cierto es que también se atribuye al papa San Julio I la erección de una iglesia en el lugar del martirio del Santo, cerca de la actual Puerta del Popolo, donde la tradición decía que estaba enterrado, que fue lugar de peregrinación hasta el siglo XII, cuando sus restos fueron trasladados a la iglesia de Santa Práxedes donde se veneran en la actualidad. También presta veracidad a la existencia del San Valentín romano el que aparezca mencionado en el Sacramentario del papa San Gregorio Magno (hacia 540-604), monje benedictino de extenso y escrupuloso saber. Quizás por eso la Iglesia ha optado por admitir dos "San Valentines" el 14 de febrero. Sin embargo, para la crítica hagiográfica moderna, más estricta, las fuentes que sostienen al San Valentín casamentero son más dudosas que las del Santo de Terni.
Otros hay, finalmente, que opinan que sólo hubo un San Valentín pero que en torno suyo se tejieron leyendas tan distintas que parece que fueron dos. Dichas leyendas tienen algunos puntos concordantes: el martirio y muerte por degollación en la Vía Flaminia, en tiempos de Claudio II, un 14 de febrero y la construcción de una iglesia sobre sus tumbas por el papa Julio I. Quizás las diversas leyendas nacieron de un mismo personaje.
La primera sorpresa, al revisar obras generales, es que sobre San Valentín se sabe poco, muy poco a ciencia cierta, aparte de los tópicos de sobra conocidos que sirven de soporte al Día de los Enamorados. Había que ir a fuentes más específicas y éstas no son otras que los Martirologios. Esos escritos son relaciones, listas de mártires y santos, con datos biográficos, ordenadas en plan calendárico, cuyos orígenes se remontan a los primeros tiempos de la cristiandad. Andando el tiempo se fueron refundiendo y engrosando con los datos de las distintas sedes episcopales hasta que el papa Gregorio XIII (el reformador del calendario actual o gregoriano) publicó en 1583 el Martirologio Romano vigente en la actualidad, aunque en continua revisión, la última de 1953.
Y aquí llega mi segunda sorpresa al consultar dicha obra: el 14 de febrero hay dos "San Valentines", ambos mártires, uno presbítero romano que murió degollado en el año 270 (en otros textos se lee 269) y otro obispo de Terni, también degollado "en el miliario LXIIII de la Vía Flaminia", en 273. ¡Dos "San Valentines"...! Pero, ¿cuál es el de los enamorados?
El libro que sirve de base al Martirologio Romano es el Martirologio Jeronimiano, que vio la luz en la primera mitad del siglo VI y que, a su vez, transcribe el Martirologio Siríaco del que se conserva una copia en el British Museum fechada en el 411 que, a su vez, resume otro manuscrito griego redactado entre el 362 y el 381, actualmente perdido. Pues bien, en el calendario hagiográfico jeronimiano sólo consta un San Valentín, el de Terni. De ahí que una importante línea de investigación desarrollada por los jesuítas defienda que sólo hubo un San Valentín, el de Terni. La Arqueología parece apoyar esa tesis, pues es tradición fijada en los textos que el papa San Julio I (337-352) edificó una basílica en el lugar del martirio, cuyas ruinas todavía mencionan viajeros del siglo XIV. Pero lo más interesante es que la excavación arqueológica reciente del cementerio anejo a la iglesia descubrió lápidas con inscripciones que indican sin lugar a dudas que allí estaba enterrado el Santo Obispo de Terni. Su muerte tuvo lugar en una fecha sin concretar, entre 269 y 273.
Os estaréis preguntando por qué doy tantos tumbos en torno a si uno o dos "San Valentines". Pues veréis: porque el que tradicionalmente se considera Patrón de los enamorados, el de Roma, es precisamente el que parece que no existió. Pero, aunque hubiera existido, ¿qué dice el Martirologio Romano sobre los "San Valentines"?:
San Valentín de Terni: «En Terni, S. Valentín obispo y mártir, a quien después de prolongados azotes echaron en la cárcel; mas no pudiendo vencerle, sacáronle de ella en el silencio de la medianoche y le degollaron por orden de Plácido, Prefecto de la ciudad».
San Valentín de Roma: «En Roma, en la Via Flaminia, el triunfo de S. Valentín, presbítero y mártir que, siendo insigne por el don de curaciones y por la doctrina, fue apaleado y degollado por orden del César Claudio».
Ninguno de los dos, tal como los describe la Iglesia oficial, parece que tuviera nada que ver con temas amatorios. ¿Por qué, entonces, el 14 de febrero, fiesta de San Valentín, es el Día de los Enamorados? Un poco de paciencia; ya llegaremos.
Del mismo modo que una corriente niega la existencia de San Valentín de Roma basándose en el texto riguroso jeronimiano, otra la afirma, aunque, todo hay que decirlo, la fuente en la que bebe parece menos rigurosa. Esa fuente no es otra que unas Actas cuya redacción no es anterior al siglo VI, en las que se dice que el santo fue martirizado en tiempos del emperador Aurelio Claudio (Claudio II, apodado El Godo, 268-270), y que hizo el milagro de devolver la vista a la hija de uno de sus carceleros. La dudosa veracidad de esas actas y de otros escritos de la época estriba en que por aquel entonces se había puesto muy de moda escribir hagiografías que tenían más de novela-ficción que de realidad y siempre fueron vistas con prevención, cuando no rechazadas de plano, por la Iglesia oficial. Quizás por eso el redactor del Martirologio Jeronimiano no las tuvo en cuenta, aunque también pudo suceder que el texto jeronimiano fuera escrito un poco antes que las mencionadas Actas. Decían esas narraciones noveladas que el Santo romano casaba en secreto a parejas de jóvenes, algo que El Godo había prohibido estrictamente porque, según él y sus mandos militares, el tálamo nupcial debilitaba el vigor guerrero de los legionarios. Como si las legiones no acarrearan en su entorno una nutrida "troupe" de prostitutas y afeminados para dar satisfacción a las urgencias venéreas de la recia tropa...
Ralidad o fantasía, lo cierto es que también se atribuye al papa San Julio I la erección de una iglesia en el lugar del martirio del Santo, cerca de la actual Puerta del Popolo, donde la tradición decía que estaba enterrado, que fue lugar de peregrinación hasta el siglo XII, cuando sus restos fueron trasladados a la iglesia de Santa Práxedes donde se veneran en la actualidad. También presta veracidad a la existencia del San Valentín romano el que aparezca mencionado en el Sacramentario del papa San Gregorio Magno (hacia 540-604), monje benedictino de extenso y escrupuloso saber. Quizás por eso la Iglesia ha optado por admitir dos "San Valentines" el 14 de febrero. Sin embargo, para la crítica hagiográfica moderna, más estricta, las fuentes que sostienen al San Valentín casamentero son más dudosas que las del Santo de Terni.
Otros hay, finalmente, que opinan que sólo hubo un San Valentín pero que en torno suyo se tejieron leyendas tan distintas que parece que fueron dos. Dichas leyendas tienen algunos puntos concordantes: el martirio y muerte por degollación en la Vía Flaminia, en tiempos de Claudio II, un 14 de febrero y la construcción de una iglesia sobre sus tumbas por el papa Julio I. Quizás las diversas leyendas nacieron de un mismo personaje.

¿Por qué celebramos el 14 de febrero el Día de San Valentín? Volvamos un momento la vista atrás, a los siglos IV-V, cuando la Iglesia comenzaba a fijar el santoral mezclando tradiciones, leyendas y datos históricos de sus próceres venerados en el recuerdo por los fieles. La romanidad pagana tenía también su calendario festivo y la Iglesia, una vez adquirido el estatus de religion libre en todo el Imperio Romano tras el Edicto de Milán del 313, trató de cristianizar las fiestas preexistentes. El Día de San Valentín es un caso claro de ese proceder, si damos crédito a una vieja tradición. Ab XV Kalendas Martias, es decir, el 15 de febrero, se celebraba en Roma una fiesta llamada Lvpercalia dedicada a la fertilidad. Fue abolida en el 494 por el papa Gelasio quien, ante diem XV Kalendias Martias..., es decir, el 14 de febrero, impuso la de San Valentín (aunque no sabemos de cuál de los dos ni si en su tiempo se veneraban dos santos con el mismo nombre). Los romanos se hicieron eco de la leyenda del Santo casamentero y consideraron que era éste el titular de la fiesta ya que, al fin y al cabo, se dedicó a matrimoniar parejas y bendecir su prole, algo que podía relacionarse fácilmente con el culto pagano a la fertilidad festejado previamente.
Otra facción, en cambio, piensa que no fue la cristianización de la Lvpercalia la razón sino el simple hecho de que se consideraba esa fecha la del martirio del Santo. Sostiene que la relación San Valentín-enamorados surgió más tarde, en época medieval, derivada de un hecho ornitológico que tiene lugar por esas fechas de febrero: el inicio del apareamiento de ciertas especies de aves. De ese modo, en la creencia popular fue anidando el sentimiento que relacionaba a San Valentín con las parejas de enamorados y el matrimonio, ignorando o desconociendo posibles leyendas anteriores.
Sea como fuere, lo cierto es que San Valentín es un personaje tan desconocido para la Iglesia oficial que nunca se le ha asignado misa propia en el Misal Romano. El 14 de febrero se celebra la de los Santos Cirilo y Metodio, y el santoral del día cita un San Valentín, sin especificar cuál, sin duda para no crear confusión en los creyentes.
Cruzarse regalos y mensajes entre enamorados es costumbre tan antigua como la Humanidad. Conforme la leyenda de San Valentín como Patrón de los enamorados se fue consolidando en el orbe cristiano, tal costumbre se asoció al día del Santo. Sin embargo ha sido en tiempos recientes, con la mundialización, el fenómeno publicitario y su invitación al consumo, cuando el hábito del regalo material ha tomado dimensiones planetarias y mueve un volumen de negocio escalofriante en torno a los sentimientos de amor y amistad. Antes era la sencilla tarjeta, el mensaje con palabras de amor, quizás un poema, el encargado hacer llegar a la persona amada el ardor del sentimiento. Ahora son otros adminículos los portadores de la pasión. Y como imagen de fondo, la de un Santo de leyenda...
Que seáis felices, tengáis amor a raudales y que todos los días del año sean tan expresivos de ese amor como el Día de San Valentín.
PS. Como ilustración musical de esta entrada he escogido una canción de Tuna de mis años de universidad, un pasodoble romanticón que gustaba mucho en mis años mozos.
miércoles, 31 de enero de 2007
De la educación de los hijos
como hizo con sus hijos.
(Viejo cliché de 1970)
Hace unos días leía de soslayo, en el diario que tenía abierto otro viajero del autobús, un titular que decía, poco más o menos, que seis de cada diez parejas con hijos admitían no tener tiempo para ocuparse de la educación de sus retoños. No pude leer las razones que aducían para ello pero me las puedo imaginar y se podrían reducir a un par de argumentos: su tiempo se consumía entre la dedicación al trabajo y a ellos mismos. No quedaba tiempo para dedicarlo a los hijos.
Imagino que ese 60% de parejas pertenece a una clase media inmersa en el tráfago de la vida moderna, acosada por la imperiosa necesidad de conquistar y mantener una posición de relumbrón dentro de su ambiente; una clase media cuyos miembros están dispuestos a vender a diario su alma al diablo con tal de conseguir metas y objetivos que les permitan destacar de entre la masa de seres uniformizados por esos mismos deseos irrefrenables de tener más. Entienden la vida como una lucha sin cuartel por conseguir apropiarse de una parcela mayor de bienes con la idea, creo que equivocada, de que ello significa mayor bienestar. Y como el pastel tiene un tamaño limitado, esa lucha no se traduce en una actividad realmente creativa para engrosar el pastel sino en buscar la mejor estrategia para enajenarle su porción a otro menos espabilado. La competitividad y sentido de la emulación, tan antiguas como la Humanidad, toman ahora tintes a menudo dramáticos.
El sistema de vida que aceptamos en los países del "primer mundo" está configurado de tal manera que requiere la plena dedicación laboral de la pareja para poder conseguir y mantener una cierta posición de bienestar, medida no por los botes de pastillas contra la angustia, el estrés y el insomnio que consume la unidad familiar o por las visitas a la consulta del psicólogo sino por las cosas de las que puede presumir en y ante su entorno. El resultado es una familia raquítica, con escasa convivencia familar, constituida por seres forzosa y "justificadamente" independientes que habitan un espacio confortable (pero compartimentado), repleto de artilugios con los que distraer su obligado onanismo. No hay tiempo para ocuparse de los hijos más allá de proporcionarles cachivaches para que se entretengan y no den problemas. Porque de poco sirve disponer de esos elementos de bienestar si uno no puede disfrutarlos hedonistamente y eso requiere también su inversión de tiempo disponible.
Y mientras tanto, de la educación de los hijos se encargarán en los jardines de infancia, en los colegios, en los institutos o en la universidad, sometiéndolos a cargas lectivas y a actividades extraescolares suficientes para que no anden sueltos por la calle mientras los padres se matan a trabajar para pagar la casa, el nuevo coche, la segunda vivienda en la playa o en la montaña, las vacaciones pasadas antes de que lleguen las próximas, etc.
No os podéis imaginar cómo agradezco haberme criado de niño en un pueblo, en el seno de una familia modesta con frecuentes estrecheces. No os podéis imaginar con qué alborozo recuerdo haberme aprendido de memoria, de labios de mi padre, los cuentos de Caperucita Roja, Los Tres Cerditos, Las Cabritas, Juan Sin Miedo y otros muchos que su imaginación fabulaba para mí, sentado sobre sus rodillas cuando regresaba de su trabajo de mecánico, en una silla a la puerta de casa tomando el fresco en verano o al amor del brasero en invierno, y no de una máquina que emitiera sonidos e imágenes artificiales. No os podéis imaginar mi ilusión las pocas veces que fui de niño al cine de verano con mis padres (recuerdo con fijación la película de Disney Dumbo), y me viene con placer a las papilas gustativas el sabor aceitoso de un bocadillo casero con lonchas de berenjena rebozadas y un par de longanizas...
Sé que muchos pensaréis: "Yayo, los tiempos han cambiado...". Es verdad, han cambiado y no quisiera pareceros retrógrado. A cada tiempo, su cosa. Pero creo que el ser humano no ha cambiado tan rápidamente como los tiempos y creo que los hijos de ese 60% de familias con poca convivencia familiar son diferentes de los del 40% restante. Diferentes. No digo ni mejores ni peores. Por ahora.
PS Nada mejor, para ilustrar musicalmente esta entrada, que el soberbio cántico pagano a la diosa Fortuna con que Carl Orff abre y cierra sus Carmina Burana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

