miércoles, 31 de enero de 2007

De la educación de los hijos

Mi padre con dos nietos sentados en las rodillas,
como hizo con sus hijos.
(Viejo cliché de 1970)


Hace unos días leía de soslayo, en el diario que tenía abierto otro viajero del autobús, un titular que decía, poco más o menos, que seis de cada diez parejas con hijos admitían no tener tiempo para ocuparse de la educación de sus retoños. No pude leer las razones que aducían para ello pero me las puedo imaginar y se podrían reducir a un par de argumentos: su tiempo se consumía entre la dedicación al trabajo y a ellos mismos. No quedaba tiempo para dedicarlo a los hijos.

Imagino que ese 60% de parejas pertenece a una clase media inmersa en el tráfago de la vida moderna, acosada por la imperiosa necesidad de conquistar y mantener una posición de relumbrón dentro de su ambiente; una clase media cuyos miembros están dispuestos a vender a diario su alma al diablo con tal de conseguir metas y objetivos que les permitan destacar de entre la masa de seres uniformizados por esos mismos deseos irrefrenables de tener más. Entienden la vida como una lucha sin cuartel por conseguir apropiarse de una parcela mayor de bienes con la idea, creo que equivocada, de que ello significa mayor bienestar. Y como el pastel tiene un tamaño limitado, esa lucha no se traduce en una actividad realmente creativa para engrosar el pastel sino en buscar la mejor estrategia para enajenarle su porción a otro menos espabilado. La competitividad y sentido de la emulación, tan antiguas como la Humanidad, toman ahora tintes a menudo dramáticos.

El sistema de vida que aceptamos en los países del "primer mundo" está configurado de tal manera que requiere la plena dedicación laboral de la pareja para poder conseguir y mantener una cierta posición de bienestar, medida no por los botes de pastillas contra la angustia, el estrés y el insomnio que consume la unidad familiar o por las visitas a la consulta del psicólogo sino por las cosas de las que puede presumir en y ante su entorno. El resultado es una familia raquítica, con escasa convivencia familar, constituida por seres forzosa y "justificadamente" independientes que habitan un espacio confortable (pero compartimentado), repleto de artilugios con los que distraer su obligado onanismo. No hay tiempo para ocuparse de los hijos más allá de proporcionarles cachivaches para que se entretengan y no den problemas. Porque de poco sirve disponer de esos elementos de bienestar si uno no puede disfrutarlos hedonistamente y eso requiere también su inversión de tiempo disponible.

Y mientras tanto, de la educación de los hijos se encargarán en los jardines de infancia, en los colegios, en los institutos o en la universidad, sometiéndolos a cargas lectivas y a actividades extraescolares suficientes para que no anden sueltos por la calle mientras los padres se matan a trabajar para pagar la casa, el nuevo coche, la segunda vivienda en la playa o en la montaña, las vacaciones pasadas antes de que lleguen las próximas, etc.

No os podéis imaginar cómo agradezco haberme criado de niño en un pueblo, en el seno de una familia modesta con frecuentes estrecheces. No os podéis imaginar con qué alborozo recuerdo haberme aprendido de memoria, de labios de mi padre, los cuentos de Caperucita Roja, Los Tres Cerditos, Las Cabritas, Juan Sin Miedo y otros muchos que su imaginación fabulaba para mí, sentado sobre sus rodillas cuando regresaba de su trabajo de mecánico, en una silla a la puerta de casa tomando el fresco en verano o al amor del brasero en invierno, y no de una máquina que emitiera sonidos e imágenes artificiales. No os podéis imaginar mi ilusión las pocas veces que fui de niño al cine de verano con mis padres (recuerdo con fijación la película de Disney Dumbo), y me viene con placer a las papilas gustativas el sabor aceitoso de un bocadillo casero con lonchas de berenjena rebozadas y un par de longanizas...

Sé que muchos pensaréis: "Yayo, los tiempos han cambiado...". Es verdad, han cambiado y no quisiera pareceros retrógrado. A cada tiempo, su cosa. Pero creo que el ser humano no ha cambiado tan rápidamente como los tiempos y creo que los hijos de ese 60% de familias con poca convivencia familiar son diferentes de los del 40% restante. Diferentes. No digo ni mejores ni peores. Por ahora.

PS Nada mejor, para ilustrar musicalmente esta entrada, que el soberbio cántico pagano a la diosa Fortuna con que Carl Orff abre y cierra sus Carmina Burana.

sábado, 20 de enero de 2007

Mozart forever...

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A Persio, que me dio la idea.

Ayer, viernes, regresé a casa por la tarde particularmente cansado de la Facultad. Tres horas seguidas de clase, con apenas una pausa de diez minutos para fumarme un par de cigarrillos apresurados en el jardín, me habían dejado el cerebro medio exprimido, reseco y doliente.

Fue así como, algo mecánicamente, me encontré con la flauta armada entre la manos y una partitura abierta en el atril: el Concierto KV 299 para flauta, arpa y orquesta en do mayor, de W. A. Mozart. Tañer la flauta me relaja de manera extraordinaria, sobre todo interpretando música barroca. Pero últimamente se está convirtiendo en un acontecimiento extraordinario porque el tiempo se me va de entre las manos, invertido en quehaceres supuestamente más importantes.

Tampoco penséis que soy un intérprete atinado. Soy un mediocre aficionado desde los 10 años, prácticamente atodidacta, con algo de técnica aprendida del excelente método de Henry Altes e, indirectamente, escuchando a grandes maestros como J.P. Rampal. Toco para mi propio solaz y, en algunas ocasiones, para someterme a la crítica de mis amistades. Pues bien, mientras me enfrentaba al Andantino del KV 299, redordé un comentario de Persio en una de mis entradas anteriores y es lo que me ha llevado a escribir este texto.

W.A. Mozart es uno de mis compositores favoritos. No sólo su música me resulta fascinante: también su personalidad de genial adolescente es de un atractivo cautivador. Su biografía ha hecho correr ríos de tinta pero quizás sea suficiente para una puesta en escena con traer a la memoria, aquí, la recreación cinematográfica de Milos Forman, Amadeus. Sobrecoge pensar qué y cómo habría podido componer si hubiera vivido más años (murió con 34). En todo caso lo que sí es evidente es que con Mozart el clasicismo musical alcanza su máxima expresión y en sus últimas obras el estigma romántico ya rezuma de los pentagramas. No son pocos los musicólogos que descubrieron la ligazón temperamental entre sus últimas sinfonías y las primeras de Beethoven, el músico romántico por excelencia.

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El Concierto KV 299, escrito en París en 1778 a los 21 años, es una rareza instrumental: para flauta, arpa y orquesta. Mozart, oportunista donde los hubiera, lo escribió para un noble francés que tocaba la flauta y para su hija, aficionada al arpa, con la esperanza de que le ayudara a introducirle en el ambiente musical parisino. Parece que esto último resultó un fiasco (el "chauvinismo" francés viene de lejos...). Con todo, es una joya musical de corte exquisitamente clásico. El Allegro inicial, que comienza con un tutti de dos compases con la orquesta y los solistas sonando fuerte, desarrolla con exquisitez ideas musicales juguetonas a base de escalas y arpegios, en las que los solistas dialogan entre sí y con la orquesta intercambiando protagonismo mediante juegos armónicos de gran brillantez. El segundo tiempo es un Andantino reposado, escrito en la tonalidad de fa mayor para el lucimiento de los instrumentos solistas, dejando a la cuerda el papel nada desdeñable de acompañarles con largas notas tendidas que tejen una especie de tapiz sonoro de fondo sobre el que evolucionan de manera modulada, destacando, las bellísimas frases musicales expuestas por los solistas. El movimiento final, un Allegro estructurado como Rondó, danza muy de moda en los salones cortesanos parisinos de gusto rococó, vuelve a retomar la tonalidad de do mayor. La música nos va transportando con creciente e impetuosa intensidad a un brillante final. Los solistas callan a menudo, dejando que la orquesta exponga los temas, subrayados por los sones del oboe y las trompas (tan queridas del gusto germánico mozartiano), y cuando intervienen lo hacen con extremado virtuosismo de largas escalas y arpegios de la flauta, acentuados por sobrios acordes del arpa.

A mí me gusta especialmente el segundo movimiento, el Andantino, y a él quisiera dedicar párrafo aparte. Constituye, además, la ilustración musical de esta entrada para que puedan seguirse sobre la propia música mis comentarios.

La cuerda expone en los doce primeros compases el tema que va a constituir el eje musical de todo el movimiento. En el compás 13 calla la orquesta durante varios compases y la flauta y el arpa inician la repetición del tema, comenzando un diálogo en el que en ocasiones será la flauta la que desarrolle largas frases moduladas en arpegios ascendentes-descendentes con el contrapunto de arpegios y acordes del arpa y el acompañamiento suave de la cuerda con notas tendidas, y en otros momentos se invertirán los papeles de los solistas. Esta sección se repetirá con armoniosas variaciones sobre el tema principal, en frases fugadas, a partir del compás 59, que se adornan con frecuentes y efectistas trinos. Hacia el final de esta sección está la nota fatídica para el flautista, donde todos fallan ligeramente (yo estrepitosamente): Mozart obliga al instrumentista a pasar, en el compás 97, de un do grave (la nota más baja de la tesitura del instrumento) a un fa sobreagudo (de las más altas) y ahí todos fallan en la afinación del agudo, que siempre suele quedar algo calante. Esta grabación no es una excepción. La segunda sección termina con una frase musical suspendida..., un calderón en el compás 102. Son unos instantes de silencio tenso... ¿Qué sucederá a continuación? Pues lo que sucede es el inicio de una cadenza bellísima a dúo de la flauta y el arpa mientras la orquesta, silenciosa y expectante, aguarda el final de tanta belleza para incorporarse, ya todos en conjunto, a una última repetición del tema principal que se disolverá, tras unos trinos del arpa, en tres acordes pianísimos, que me dejan el alma encogida y preparada para la explosión rítmica del Rondó, el último movimiento del Concierto. Si tenéis oportunidad de escuchar la obra completa estoy seguro de que me comprenderéis.


viernes, 12 de enero de 2007

De los Magos de Oriente

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El hermoso ciclo navideño popular se cierra con la llegada de los tres Reyes Magos de Oriente al portal de Belén para adorar al Niño Jesús. Con todo, la imagen estereotipada que tenemos de este hecho no es "oficial" para la Iglesia Católica ni para ninguna otra Iglesia, sino consecuencia de una larga tradición cristiana cuyo embrión comenzó a germinar en la Iglesia primitiva (hay algunos toscos dibujos en las catacumbas romanas que parecen aludir a los Magos) pero cuyo desarrollo es posterior, medieval, e inspirado en fuentes extracanónicas. En particular, que fueran tres, entre ellos uno de raza negra, es una aportación muy tardía y típicamente del cristianismo de raíz hispánica. Hay algunos datos históricos que ya mencioné en una entrada anterior, a la que encamino al lector para no repetirme.

La única fuente oficialmente aceptada que habla de la existencia de los Magos se encuentra en el Evangelio de Mateo: "... llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente..." (Mt 2,1), cuando Jesús contaba algo menos de dos años de edad. El texto parece sencillo y claro, ¿verdad? Pues nada de eso... Hay al menos dos aparentes contradicciones. Una de ellas, como ya he justificado en otro lugar, es que Jesús no acababa de nacer cuando llegaron los Magos. La segunda tiene que ver con cuestiones geográficas y de procedencia de esos Señores guiados por una estrella.

Dice el evangelista que llegaron "del Oriente". Siempre se ha interpretado que los Magos podían ser astrónomos o astrólogos de países situados al oriente de Palestina, quizás de Mesopotamia. Babilonia contaba con una larga tradición de estudiosos en el tema de los astros. En Persia la tradición astronómica era menor pero allí se practicaba otra religión monoteísta, el Zoroastrismo, cuya teología es bastante parecida a la judaica y también se esperaba la llegada de un Mesías anunciado por algún prodigio; por eso hay quienes opinan que los Magos pudieron ser sacerdotes del culto zoroástrico.

Algunos críticos piensan que si estos personajes estaban en tierras al Este de Palestina no podían llegar a Judea siguiendo una estrella vista al Oriente porque les hubiera dirigido en dirección a las tierras del Indo, es decir, en dirección contraria. El quid de la cuestión, como han hecho notar algunos filólogos, quizás resida en una mala traducción al griego del texto evangélico original (hoy perdido), de la que se derivan las versiones actuales a todos los idiomas. No voy a entrar en mayores profundidades sobre este asunto, que podrían resultar largas y farragosas, pero me uno a quienes opinan que estos críticos se aferran machaconamente a un texto y olvidan algo tan elemental como es el movimiento de rotación de la Tierra de Oeste a Este: la "estrella" era avistada al oriente (como el sol) y seguía un recorrido aparente de Este a Oeste. La dirección que marcaba a los Magos era hacia occidente y hacia allí se encaminaron.

Sobre los Magos habla también el Protoevangelio de Santiago, texto apócrifo cuya redacción se completó a principios del siglo IV pero que contiene materiales más antiguos, de finales del siglo I, contemporáneos y coincidentes con los de Mateo. En Prot S XXI,1 se dice "... hemos visto su estrella en el Oriente...", lo cual podría significar no la posición de la estrella sino la de los observadores: ellos estaban en las tierras del Este, en el Oriente, la vieron y la siguieron en dirección Oeste. El texto de Santiago es más descriptivo que el de Mateo para esta parte de la Historia Sagrada. Así, en Prot S XXI, 2 leemos: "... Hemos visto un astro muy grande que brillaba entre las demás estrellas y las eclipsaba...".

Ante la carencia de toda otra fuente histórica con la que cruzar la información de los textos sagrados, han sido los astrónomos quienes han tomado el relevo de historiadores y teólogos para arrojar algo de luz sobre este hecho. Se ha propuesto que la "estrella" podría haber sido una conjunción triple de planetas (Marte, Júpiter y Saturno), que produce un efecto de gran luminosidad. Pero en el año 5 a. de C., que es cuando Jesús tendría unos dos años, no se dieron conjunciones de ese tipo. Hubo una en marzo del año 7 a. de C., el año del probable nacimiento del Niño, y es razonable pensar que fuera ese fenómeno el que alertó a los Magos sobre la proximidad de algún prodigio. Además, la conjunción se produjo en Piscis, constelación asociada a la fenomenología judía.

Los Magos tuvieron que aguardar otros dos años hasta que sucedió un fenómeno astronómico singular que les movió a la peregrinación. Está recogido en la literatura china y coreana del momento: en marzo del año 5 a. de C. se registra la aparición de un cometa que fue visible durante 70 días. Los astrónomos modernos consideran que no se trató realmente de un cometa sino de una Nova o Supernova. Bueno, eso es lo de menos ahora. Lo verdaderamente importante es que fue un fenómeno lo suficientemente extraordinario, vistoso y duradero para permitir que los Magos llegaran a Belén cuando Jesús iba a cumplir dos años. La diferencia temporal entre la conjunción que anunciaba el nacimiento (año 7 a. de C.) y el avistamiento de la estrella que orientó a los sabios viajeros (año 5 a. de C.) explicaría por qué Herodes sabía, por su conversación con ellos mencionada por Mateo, la edad de Jesús y pudo ordenar la matanza de inocentes de hasta dos años. Los textos evangélicos sinópticos y apócrifos de los Magos encuentran así una razonablemente sólida apoyatura en hechos astronómicos.

¿Cuántos Magos eran? No lo sabemos. Ni Mateo ni Santiago dan cifra alguna. Pero en la tradición cristiana occidental cristalizó pronto el número de tres. Mi postal de felicitación navideña está tomada de un mosaico de Rávena, de comienzos del siglo IV. Es muy posible que ese número quedara fijado a partir de los tres dones que, según Prot S XXI,3, ofrecieron al Niño: oro, incienso y mirra. Para los cristianos ortodoxos, en cambio, fueron doce los Magos, como los Apóstoles.

Tampoco fueron reyes. Es a partir del siglo XI cuando comienza a dárseles ese tratamiento y se les representa coronados. En el mosaico antes mencionado aparecen tocados con gorro frigio, no con corona (no eran reyes), algo que a partir de la Revolución Francesa se convertiría curiosamente en símbolo del republicanismo.

Realidad o leyenda, los Magos de Oriente forman parte inseparable del retablo navideño y son esos personajes entrañables que todos (o la mayoría) hemos venerado de niños con temor e ilusión.



PS: Para cerrar con música este ciclo de Navidad os dejo este villancico popular castizo.

sábado, 6 de enero de 2007

Llegaron los Reyes Magos...

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Llegaron los Reyes Magos con sus bolsas de regalos. No me dejaron carbón, o sea, que no debí ser tan malo el año pasado como para merecer esa burla.

Desde hace ya muchos años escribo a los Magos pidiéndoles algunos regalos para mis ahijados Carlos y Eduardo. Ambos tienen ahora 33 años, están felizmente casados y Carlos, además, tiene tres hijos, dos niñas de 6 y 4 años, y un varoncito de dos. De la mayor de Carlos, Loreto, soy también su padrino. Digo esto porque, a medida que se fueron agregando nuevos miembros al clan, fueron aumentando las peticiones a los Magos, primero para las novias y luego para los niños.

En las Navidades de 1987 -ha llovido mucho desde entonces- Carlos y Eduardo me dijeron: "Padrino, a partir de este año queremos que los Reyes nos dejen sus regalos en tu casa". Hasta entonces lo habían hecho en las suyas. Y así fue cómo se instituyó la bonita costumbre de reunirnos en casa, a las seis de la tarde, para abrir los paquetes, en torno a un gran roscón de Reyes (un dulce típico madrileño para esa fecha), cada seis de enero.

Todos ellos conocen de sobra mis gustos y mi opinión sobre los regalos. Éstos han de ser algo sorprendentes, prescindibles y, desde luego, baratos. Me disgustan los regalos caros y utilitarios. Veamos los que he tenido hoy, que ya he comenzado a disfrutar:

- J.S. Bach: Misa en si menor, BWV 232, en la versión de Collegium Vocale Gent bajo la batuta de Ph. Herreweghe. Las voces solistas: J. Zomer, V. Gens, A. Scholl, Ch. Prégardien, P. Kooy y H. Müller-Brachmann. Es una edición relativamente reciente, de 1998, de una grabación de 1996.
(De esta obra ya tengo la excelente versión de K. Richter de los años 60, con la Orquesta y Coro Bach de Munich, edición remasterizada).

- Marin Marais: Suitte d'un Goût Extranger. Pièces de viole du IV Livre. 1717. La versión es de Jordi Savall con un grupo de solistas tañendo instrumentos de época. El registro es de 2006.
(De M. Marais tengo poca música en mi discoteca: unas pocas piezas que sonaron en equella excelente película Todas las mañanas del mundo, también interpretadas por J. Savall).

- W.A. Mozart: Las Sonatas para violín y piano (edición integral). La versión es de Anne-Sophie Mutter al violín y Lambert Orkis, piano. La grabación es de 2006.
(¡No tenía ninguna de las Sonatas en este formato!).

- N. Paganini: Los Seis Conciertos para violín y orquesta. Al violín Salvatore Accardo, con la Orquesta Filarmónica de Londres bajo la dirección de Charles Dutoit. Son grabaciones de 1974 y 1975, remasterizadas.
(Tengo en vinilos la excelente versión de Arthur Grumiaux de los años cincuenta. Creo que Grumiaux ha sido el mejor intérprete de Paganini, aparte del propio autor. También tengo ya los conciertos 1, 2, 3 y 4 en esta misma versión. Con este pack completo el ciclo de Accardo, gran virtuoso pero con cierto acaloramiento. Por contraste, la versión que tengo del Concierto nº 1 por I. Czerkow con la Sinfónica de Munich me deja bastante frío).

- Gerald Durrell: La triogía de Corfú, Mi familia y otros animales, Bichos y otros familiares y El jardín de los dioses, más Un novio para mamá y otros relatos y Filete de lenguado.
(Había leído hace años la primera de ellas y me pareció una prosa autobiográfica, despreocupada y amable; un regalo para los amantes de la naturaleza y del humor inglés. Prácticamente son las obras completas).

Como muestra musical he colgado una alegre giga de M. Marais.


miércoles, 3 de enero de 2007

La Muerte, ya...

I

Era una tarde desapacible del mes de febrero. Del mar soplaba un viento frío y cortante que arañaba la piel hasta escocer. El grupo de amigos acababa de salir de una sesión de cineclub en el Colom donde se había proyectado El séptimo sello, de Ingmar Bergman, y seguían discutiendo sobre la complejidad de las metáforas visuales mientras se encaminaban al Bar Gandía para guarecerse de las inclemencias del tiempo y tomar algún refrigerio bien caliente. Una vez allí, sentados en torno a una mesa de velador, la tertulia prosiguió largo rato. En uno de esos silencios tensos y embarazosos que se producen a veces alguien dijo: "El día que me muera me gustaría que organizarais una gran comida a mi salud. ¡Sin mujeres!". Rieron la ocurrencia e incluso hablaron de la necesidad de escribir un protocolo a tal efecto. Tenían entre 18 y 19 años.


II

Miércoles, 27 de diciembre de 2006. La tarde era fresca pero por fin había dejado de llover. La Calle Mayor estaba muy animada por la gente que entraba y salía de las tiendas haciendo sus compras. Néstor y yo paseábamos entreteniendo el tiempo hasta que llegara Mariles (su mujer) y marcháramos a cenar. Era imposible llevar una conversación: a cada paso alguien nos paraba para desearnos felices fiestas y preguntarme si estaba de vacaciones y cómo me iban las cosas por Madrid y si era verdad que había tantas obras por las calles. Así fue como nos cruzamos con Joan M. Monjo. Andaba con parsimonia, luciendo una leve sonrisa mientras repartía saludos. Nos abrazamos cordialmente y le pregunté por su salud. "Hace unos días me dijo Salva -por nuestro amigo cardiólogo- que mi corazón es una cafetera rusa. Cualquier día se parará...". Sonreía escépticamente elevando las cejas con su gracejo particular. Todos sabíamos, y él también, que llevaba cuatro años viviendo de prestado tras un infarto grave. Nos abrazamos de nuevo y seguimos nuestros caminos en direcciones opuestas.


III

Martes, 2 de enero de 2007. Estoy en casa y suena mi móvil. Es un mensaje de Néstor enviado a varias personas. Lacónico: "Joan M. Monjo nos ha dejado. El entierro será esta tarde a las 5 en la Alquerieta de Guardamar". Son las 11:19 de la mañana. Me visto para la ocasión, subo al coche y enfilo la autopista de Valencia.
Guardamar de la Safor era una pequeña pedanía junto a Gandía hasta que el "boom" turístico de las últimos años la ha convertido en municipio independiente. Cuando he llegado a la iglesuela de la Alquerieta ya estaba formado el duelo junto al féretro y desfilaba ante él la crema de la intelectualidad literaria valenciana para rendirle homenaje. He buscado a Néstor y a los otros amigos, que formaban corrillo un poco apartados del desfile oficial.
Responso y luego, a hombros, hemos llevado el ataúd al cementerio distante apenas doscientos metros de la iglesia. Allí se han leído algunos poemas y fragmentos en prosa de Joan M. y, con un largo aplauso, se han introducido sus restos mortales en un nicho.
Cuando ha terminado el ritual necrolátrico era ya de noche, aunque apenas habían dado las seis y media en el reloj del nuevo ayuntamiento. Una luna llena espléndida, perfectamente redonda, rielaba en las aguas de las acequias y dejaba nacarados reflejos en las hojas de los naranjos humedecidas por el primer rocío.
El grupo de amigos caminaba en silencio hacia el caserío cuando ha dicho Otis: "He reservado mesa para las nueve en L'Arnadí. ¡Sin mujeres!"


PS Joan M. Monjo es el primero de aquel grupo de amigos que se ha ido. Podría colgar aquí, como homenaje al hombre de letras, alguna creación suya. Pero Joan M. escribió siempre en valenciano-catalán. Tendría que traducirlo y ya sabéis lo que se dice: "Traduttore... traditore...". Quizás lo haga en otro momento. Ahora me apetece más colgar una canción que fue nuestro himno de guerra cuando, a finales de los años 60 del siglo pasado, comenzamos a luchar en las universidades contra la dictadura reclamando libertades: Al vent, del cantautor valenciano Raimon.


jueves, 28 de diciembre de 2006

Cuentecillo navideño

La comida del día de Navidad había sido copiosa y su estómago le producía ciertas flatulencias como de un ser vivo que se desperezara espasmódicamente dentro de su abdomen. Pensó: "He comido demasiado. Me subirá el azúcar". Pero, ¿quién se resiste ante un buen puchero navideño? Su cuñada Teresín era una respetuosa seguidora de la tradición: la comida de Navidad, puchero, faltaría más... Y, cuando todavía andaba uno regurgitando la cena de Nochebuena, había que sentarse de nuevo a la mesa ante una humeante sopera llena de exquisiteces aviares y varias bandejas con las guarniciones y viandas del puchero.

Eran casi las cinco de la tarde cuando se había levantado de la mesa dispuesto a tomar una reparadora siesta pero la pesadez de estómago no le dejaba conciliar el sueño. El estómago y una idea fija que, al principio como simple punzada y luego como abierta inquietud, ronroneaba por su cerebro. Tumbado como estaba, levantó la cabeza de la almohada para asegurarse de que el teléfono móvil estaba conectado y bien visible sobre la mesilla. Esperaba una llamada especial o, mejor dicho, un mensaje. El año anterior, ese mismo día hacia la media tarde, había recibido un mensaje suyo: "Felices pascuas y próspero año nuevo". Nada original en sí, de no haber sido porque era la primera vez tras dos años que se producía ese contacto.

Desde entonces muchas cosas habían sucedido. La más notable, sin duda, esas inolvidables vacaciones de Semana Santa que pasaron juntos tendiendo puentes hacia lejanas ciudades y acariciando esperanzas de nuevos rumbos. Lo que había sucedido luego hizo posible que estrenaran esa nueva andadura.

Sintió sed y una pirueta del subconsciente trajo a primer plano el contenido de su nevera, siempre bastante desangelada: unas botellas de agua refrescándose, una botella de cava tumbada esperando su momento, un cabo de lomo de Guijuelo duro como una piedra después de varios meses, dos latas de Red Bull y una pastilla de chocolate puro Valor...

Chasqueó la lengua algo estropajosa varias veces y se dio la vuelta en la cama. Un dulce sopor le estaba venciendo mientras esperaba...



(La canción, Pigliate 'na pastiglia, interpretada por Renzo Arbore creo que viene al pelo...)

viernes, 22 de diciembre de 2006

¡Feliz Navidad!

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sábado, 16 de diciembre de 2006

La Natividad



Como supongo que harán otros miles de "bloggers" en estos días, se me ha ocurrido la nada original idea de escribir algo sobre la Navidad o, más específicamente, sobre la Natividad. Para la mayoría de las personas del mundo occidental, sean o no creyentes, estas fechas de final de año y comienzo del siguiente tienen algo de especial.

En el orbe católico se celebra la Natividad, el nacimiento del Jesús histórico quien, al crecer, tomaría conciencia y se convertiría en el Mesías Redentor. Pero ¿nació Jesús un 25 de diciembre o fecha equivalente en el calendario romano? ¿Qué dicen los textos canónicos y los no canónicos al respecto?

En los Evangelios sinópticos más antiguos, los de Lucas y Mateo, escritos en el último cuarto del siglo I, se pasa muy por encima sobre el hecho del nacimiento de Jesús, sobre todo en Mateo. Los otros dos evangelistas, Marcos y Juan, no tratan el tema. Sus intereses, desde perspectivas algo diferentes, se centran en la vida pública del Nazareno como camino hacia la Pasión y la Redención. Pero en todos ellos excepto en Juan hay algunos datos que, cruzando fechas y contextos históricos, nos pueden aproximar al momento que buscamos. Mateo nos dice que nació cuando reinaba en Judea Herodes el Grande (Nacido, pues, en Belén de Judá en los días del Rey Herodes..., Mt 2,1) quien, por miedo a las profecías mesiánicas (Jesús como rex judeorum), hizo asesinar a todos los niños menores de dos años (...mandó matar a todos los niños que había en Belén..., Mt 2,16). De este hecho sangriento sólo habla Mateo.

Herodes el Grande, personaje que conocemos en sus rasgos principales a través de los anales de Roma puesto que fue un protegido de la República, reinó en Judea entre los años 37 y 4 antes del nacimiento de Cristo, según el cómputo del calendario actual. Aquí se aprecia un desajuste calendárico que luego justificaré. Pero ¿por qué ordena la degollación de inocentes varones de hasta dos años? Los evangelios canónicos no aclaran este extremo y la única referencia en Mt 2,16, ...según el tiempo que con diligencia había inquirido (Herodes) de los magos..., hace pensar que falta texto aclaratorio en Mt 2,7. Se desprende que Jesús era ya niño crecido cuando recibió la visita de los Magos o, lo que es lo mismo, que los Magos de Oriente no fueron a adorarle de recién nacido como es creencia popular.

El evangelio apócrifo (no canónico) de la Natividad llamado Pseudo Mateo, escrito a mediados del siglo VI d. de C., nos da alguna luz sobre estos acontecimientos aunque, dada su redacción tardía amén de ciertas desviaciones del canon, la Iglesia no lo considera fruto de la inspiración divina: Después de transcurridos dos años (del nacimiento), vinieron a Jerusalén unos magos... (Ps Mt XVI,1).

Para librar a Jesús del loco infanticidio, la Sagrada Familia huyó a Egipto, hecho que sólo recoge el evangelio de Mateo, regresando y afincándose en Nazaret de Galilea después de la muerte de Herodes (Mt 2,19). El Pseudo Mateo nos dice que tras el regreso ...se encontraba Jesús en Galilea, recién cumplidos sus tres años... (Ps Mt XXVI, 1). Es decir, que cuando Herodes murió Jesús contaba con tres años vividos y acababa de iniciar su cuarto año. Sabemos con bastante aproximación la fecha de la muerte de Herodes porque, según escribió el historiador fariseo romanizado Flavio Josefo a finales del siglo I d. de C., murió pocos días después de que ocurriera un eclipse de luna. Tal eclipse sucedió la noche del 12 al 13 de marzo del año 750 de la fundación de Roma, equivalente al año 4 a. de C. de nuestro cómputo y es una fecha avalada por varias fuentes de la época y por el caledario astronómico.

Por lo tanto, Jesús debió nacer poco más de tres años antes de esa fecha, es decir en los años 7-6 a. de C. La credibilidad de esa fecha "antes de Cristo" para el nacimiento de Cristo concuerda con otros dos datos que encontramos en el evangelio de Lucas en donde se nos dice que Jesús contaba unos 30 años de edad cuando fue bautizado en las aguas de Jordán (Lc 3,23) y eso sucedía en el año 15 del imperio de Tiberio César (Lc 3,1). Tiberio fue emperador desde el otoño del año 14 al 37 d. de C. y su decimoquinto año imperial está a caballo de los años 27 y 28 d. de C. Si sumamos los 5-6 de decalage salen 32-33 años, esos aproximadamente 30 años de los que habla Lucas, que no saldrían si aplicáramos a rajatabla las fechas calendáricas por las que nos regimos actualmente.

Ese desequilibrio de fechas entre el nacimiento de Jesús y nuestro calendario se debe a que, cuando se estableció el calendario actual allá por el siglo VI d. de C., se consideró que la fundación de Roma era del año 754 a. de C. (los propios romanos no se ponían de acuerdo en la fecha de la fundación, encontrando en las fuentes oscilaciones entre el 758 y el 728 a. de C.). Pero la fecha en concreto de 754 es errónea, como se ha podido demostrar cruzando el calendario astronómico y los hechos históricos. La Era Cristiana, cuyo punto de origen es el nacimiento de Cristo, comenzó realmente cinco o seis años antes. Pero, como al fin y al cabo, es sólo una referencia acordada para que nos sirva de orientación, no vale la pena modificarla.

Otro tema distinto es por qué se celebra la Navidad el 25 de diciembre. La Iglesia Cristiana primitiva sólo celebraba una festividad: la de la Pascua de Resurrección, enraizada en la Pascua judía que tenía lugar en torno al equinoccio vernal. La Pascua se celebrara el primer viernes de luna llena de la primavera (por eso la Semana Santa fluctúa dentro del calendario actual). Fue a partir del edicto de Milán promulgado por Constantino en el año 321, por el cual el cristianismo dejaba de ser una religión ilegal y perseguida, cuando comienzan a celebrarse festividades públicas, generalmente cristianizando viejas fiestas paganas. El papa Julio I, mediado el siglo IV, fijó la fecha del 25 de diciembre para celebrar la Natividad del Señor, aprovechando las antiguas tradiciones festivas romanas de las Saturnales, del Mitraísmo y otras incluso anteriores relacionadas con el solsticio de invierno del mundo conocido entonces.

Estas breves pinceladas de historia, nada originales por mi parte porque sobre el tema se han escrito decenas de libros, sólo pretenden airear algunos datos curiosos en torno a unas celebraciones que la tradición cristiana ha consagrado como cliché estereotipado de una secuencia de hechos históricos cuya pauta fue otra.

Y como colofón musical os invito a escuchar un viejo villancico castellano recogido en el Cancionero de Oaxaca (esa Oaxaca que tanto nos duele desde hace demasiado tiempo), recopilado en el siglo XVII.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

De la memoria histórica



Otra agresión contra el patrimonio cultural de la humanidad. No es de hoy sino de hace unos pocos años y ya entonces se aireó en los medios de comunicación: el expolio de los museos de Irak como consecuencia de la guerra. Era algo que los profesionales de los museos sabíamos que ocurriría y por eso, poco antes de que se iniciara la cerril contienda, firmamos un manifiesto pidiendo protección para los yacimientos arqueológicos de la Mesopotamia, cuna de civilizaciones, y para los bienes culturales depositados en los museos. Como era de esperar, tras buenas palabras de la ONU, se pasaron las recomendaciones por el forro de los co..nes.

Los pasados cuatro o cinco años ha estado trabajando una comisión internacional de expertos en la confección de la interminable lista de obras de arte robadas por unos y por otros, aprovechando el río revuelto de la guerra y, por fin, hace unos días se presentó en España el libro editado como resultado de sus trabajos. Pretende ser una guía para anticuarios, policía de fronteras y galerias de subastas para que denuncien a Interpol la localización de alguno de esos objetos robados y puedan ser recuperados para la memoria histórica. La verdad, soy poco optimista al respecto. Se rumoreó en su momento sobre robos selectivos "bajo pedido" de coleccionistas sin escrúpulos, por lo que muchos de esos objetos están a buen recaudo en cajas fuertes privadas y pasará al menos una generación hasta que, probablemente por cuestiones de reparto de herencias, vuelvan a asomar a la luz pública. Sólo espero que la legislación internacional no haga prescribir el delito e Irak pueda recuperar esa parte importante de su identidad.

La desfachatez y el expansonismo imperialista yankee, ya expuestos sin ambages en 1823 con la Doctrina Monroe, sintetizable en la frase "América para los americanos" (entendiendo por americanos a los norteamericanos blancos, claro está) ha ampliado su ámbito al orbe entero justificando sus nefastas (y nefandas) intervenciones allá donde sus intereses económicos=políticos lo han aconsejado. No descubro nada nuevo al incluir la guerra de Irak dentro de esa categoría de intevenciones interesadas. De acuerdo en que el tal Saddam es un pájaro de cuentas, pero hay tantos como él en las avanzadillas políticas que si se les hiciera la guerra el mundo sería una antorcha ardiente. Hay un dicho en mi tierra que dice: "Si los hijos de pu.. volaran, taparían el sol". Pues eso. Confiemos en la democracia y en que "a todo cerdo le llega su San Martín".

Irak se ha convertido en un nuevo Viet-Nam. Lo reconocen las propias autoridades norteamericanas (aunque no con esas palabras) al decir estos días que esa guerra no les está yendo nada bien. Y es que la mentalidad de Oriente Medio, fundamentada en el mohometanismo y forjada por una memoria histórica particular es muy distinta de la occidental. El contraste es más acusado cuando se le antepone la mentalidad norteamericana blanca, que es la de un pueblo sin apenas memoria histórica y la poca que tienen no es para echar cohetes (de fiesta, que de los otros bien que lanzan).

Los fundamentalismos no son nada buenos. Son siempre resultado de posturas exacerbadas de agresión-defensa basadas en consignas religiosas que las sacralizan. Los viejos reinos de la España medieval son el ejemplo más prístino (y creo que único) de la posibilidad de convivencia pacífica y creativa de tres mentalidades con memorias históricas bien diferenciadas, la cristiana, la musulmana y la judía. Hubo sus rifi-rafes pero, en el fondo, poca cosa hasta que la mentalidad medieval cristiana dio paso a la "modernidad" y las nuevas consignas inspiradas en lecturas viciadas de los textos sagrados hicieron incompatible la tolerancia con el judaísmo y el arabismo. Detrás, todos lo sabemos, había la necesidad de justificar cuestiones políticas y económicas. Y surgieron las posiciones fundamentalistas, cuyo más dramático exponente en el campo católico fue la llamada Santa Inquisición de triste recuerdo, y de cuyos abusos sólo recientemente el Vaticano ha iniciado un discreto mea culpa en tono menor.

Los iraquíes se han visto abocados a abrazar posturas fundamentalistas, más o menos larvadas desde hace siglos, como mecanismo de defensa ante una injerencia occidental que va mucho más allá de una simple balacera. No las justifico. No justifico ningún uso de la violencia. Pero (con dolor) les entiendo. Y es que la memoria histórica acaba despertando y confiere a las personas nuevas formas de interpretar el presente y de proyección hacia el futuro. Y luchan por ello sin importarles el coste. Eso es algo que nunca comprenderán quienes, o no tienen memoria histórica o la pretenden ocultar bajo oropeles de supuesta modernidad.

Ya veis, he comenzado hablando de una cosa y, sobre la marcha, se me ha ido calentando la pluma. Porque si me duele el expolio de obras de arte, más me duele la pérdida de vidas humanas.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Alarmante...



Hace unos días seguía en la televisión española una entrevista a un científico especializado en la investigación del genoma humano, en particular de los cromosomas. Dio algunos datos sobre nuestra salud cromosomática realmente preocupantes, alarmantes...

Hace muchos años estudié y seguí de cerca las diversas teorías sobre la evolución del género humano. Entonces me interesaba la Prehistoria y para su comprensión es de capital importancia el tema de la hominización, de la aparición del hombre sobre la Tierra. Por los años 60 del siglo XX teníamos pocos fósiles de homínidos y de los distintos eslabones de la secuencia del género Homo. Hoy la colección de restos fósiles es abrumadoramente mayor, lo que ha dado lugar al abandono de algunas teorías y al afianzamiento de otras. Pero el tema sigue (afortunadamente) sin solución.

Desde aquellos años mi posición ideológica es decididamente evolucionista aunque sigamos desconociendo detalles importantes de la secuencia evolutiva que llevó desde los homínidos al Homo sapiens sapiens, género y especie a las que creo pertenecer. Fue también entonces cuando comenzó a germinar en mí la idea de que si algo distingue al género humano de otros géneros de la escala zoológica es su capacidad de evolución en un tiempo (geológico) relativamente corto y que esa capacidad debía estar ligada a un hecho aparentemente simple: ser un animal inteligente progresivamente desadaptado. Lo que nos enseña la evolución social (ligada sin duda a la biológica) desde la más remota Prehistoria hasta la actualidad es que el Homo ha sido capaz de ir desadaptándose de su medio natural, la Madre Naturaleza, para intentar dominarla y crearse un entorno a su medida gracias a su inteligencia. No entro a valorar si eso es bueno o malo: simplemente constato lo que me parece un hecho evidente. ¿Qué sucedería si, de pronto, al levantarnos una mañana nos encontráramos sin energía eléctrica ni combustible para los vehículos ni agua potable ni alimentos en los anaqueles de los supermercados? Las íbamos a pasar canutas, pero quienes salvaran el pellejo pondrían en marcha recursos tecnológicos para sobrevivir, crecer y multiplicarse porque, de algún modo que ignoro, en algún rincón de nuestra herencia genética almacenamos recursos para superar las "crisis de adaptación".

Pero ¿qué sucederá si el Homo sapiens sapiens pierde su capacidad para reproducirse?

Algunos datos preocupantes que he ido entresacando de aquí y de allá:

1) En el cromosoma X (femenino) está escrita la posibilidad de que la mujer produzca durante su vida fértil más de un millón de óvulos. En la mujer neonata actual esa capacidad se ha reducido a unos 400.000 y a lo largo de su vida se reduce aún más.

2) Desde hace unos quince años se sabe que la cantidad de espermatozoides en el esperma del varón se ha reducido en un 50%. Pero, además, la calidad de esos bichitos ciliados y retozones deja mucho que desear incluso en la población juvenil.

3) Hace unos 300 millones de años el cromosoma Y (masculino) contenía unos 1.500 genes. Actualmente apenas son 50 los genes activos; el resto son inservibles, lo que hace que algunos genetistas lo hayan denominado "cromosoma vertedero" o "cromosoma basura".

4) En el Primer Mundo una de cada siete parejas es incapaz de concebir descendencia. La tasa de infertilidad se debe en un 40% a la mujer, otro 40% al hombre y el 20% restante a ambos. Esa situación ha puesto en marcha toda una "industria" de reproducción asistida, inseminación artificial, bebés-probeta, etc.

Los especialistas dicen que las causas podrían ser consecuencia de la polución, de un exceso de ingestión de estrógenos (hormona femenina, habitual componente, por ejemplo, de los conservantes alimentarios, cuyo efecto en los hombres es disminuir la capacidad para producir espermatozoides y en la mujer su exceso mengua la disposición para ovular), de la obesidad o la extrema delgadez, del sedentarismo, etc. Pero creo que el asunto no está nada claro.

Yo no sé si la Naturaleza es sabia. Pienso que es como es, y se auto-regula en función de las infinitas relaciones que se dan en el medio natural y de las que, en el fondo, el ser humano, por muy desadaptado que sea, no puede zafarse. En el último millón de años, sin que sepamos por qué y sin que nuestra especie pintara un pimiento, la Tierra ha vivido varios periodos glaciares cada vez más cercanos en el tiempo. ¿Estamos entrando en esa fase de calentamiento previa a una glaciación?

Pero, en el fondo, esa última pregunta es irrelevante dentro del tema raíz que me ha movido a escribir esta entrada. Lo inquietante es qué está pasando con nuestra especie. ¿Estamos al comienzo de una fase de recesión poblacional cuya solución es cada vez más dependiente de la manipulación genética? ¿Estamos abocados a sobrevivir como especie (en un futuro) gracias a sistemas de reproducción que hoy consideramos artificiales o éticamente criticables? ¿Se está abriendo el camino hacia una nueva especie de Homo?

Muchas preguntas para las que no tengo respuesta. Pero, en todo caso, me parecería una vida terriblemente aburrida la de esa nueva especie si se perdiera la capacidad para el orgasmo. Si, triste.