AVATARS I RESURRECCIONS
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Ahir vaig escoltar el programa ‘El Suplement’ de Catalunya Ràdio i em va
resultar molt inquietant. Un ciborg conviu amb l’avatar d’un capellà de
Mataró,...
L'espectacle únic de l'eclipsi total de sol 2026.
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Hem tingut el privilegi i la sort que amb un grup d'amics, i l'organització
de POL Viatges, ens vam traslladar al municipi d'Horta de Sant Joan, a la
Terra...
Fontanarrosa: la luz, el sonido y otras cuestiones
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"Debido a que la velocidad de la luz es mucho mayor a la del sonido,
ciertas personas nos parecen brillantes, un rato antes de escuchar las
pelotudeces que...
Amb el traductor no n'hi ha prou
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El traductor de Google -i d'altres- és una gran eina per a les
traduccions. No descobreixo res.
Però amb el traductor només no n'hi ha prou. Cal la revisió...
"Se volvió gay"...
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"Se volvió gay" fue lo que escuche inintencionalmente a un chico
comentarle a su amiga sobre otro chico...
Eso me da a entender que ese chico no se da cuen...
G N O M O N
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Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas
han pasado sobre mí. Salmos 42:7 Ultonia, a nueve de enero, anno Dni. 1659
Su E...
Desvaríos veraniegos
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Es verano, ahora sí. Pero hace una semana lo era más en espíritu que en
condiciones climatológicas. Aun así hay días en los que decides que se
acabó eso de...
1180
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Luchar contra el cansancio y la soledad. Contra las espectativas, contra el
no llegar.
Confiar no siempre es fácil, plenamente y sin reservas, confiar. Per...
Sobre lo que significa ser fiel
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Ya alguna vez he dicho que me parece una terrible idea ver la fidelidad en
términos únicamente de exclusividad sexual. Y me parece que en nuestra
sociedad...
DIA 69 - LA NOTA EXACTA
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*"El mayor peligro para la mayoría de nosotros no radica en establecer unos
objetivos demasiado altos y fracasar pronto, sino en establecer unos
objetivos ...
¿Quién ganaría hoy las legislativas?
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En una nueva encuesta de la Consultora Dicen, que dirige Hilario Moreno,
conocida en las últimas horas,
Se afirma que si se realizarán hoy las eleccio...
El amor en estos tiempos
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- ¿Cuándo fue la última vez que la viste?
- Nunca la vi. Nunca antes la había visto.
- No sé si ya te había dicho lo mal que me caes cuando hablas así, todo...
Las singularidades de Spider-Verse
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*Spider-Verse*, el evento Marvel en el que todas las versiones de
*Spider-Man* de distintos medios a lo largo de su historia (repito: TODAS)
se unen para...
Arranco con mi proyecto personal
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Desde hace unos meses vengo amasando mi propio proyecto personal en el que
depositar mis habilidades personales. He estado dedicando mucho esfuerzo
(en tie...
2012
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Si tuviera que describir con una palabra el año que se acaba lo haría con
*coraje*, misma que se define como la fuerza de voluntad para hacer las
cosas, e...
Hacía más de cincuenta años que no pasaba los días de la Pascua Florida en mi tierra y he de reconocer que todo me ha resultado extraño por insulso. En mis mocedades esperábamos los tres días de Pascua con ilusión y emoción contenida. Días antes, desde el Domingo de Ramos, se iban perfilando las cuadrillas para las meriendas procurando quedar emparejados aunque sólo fuera provisionalmente. Los días de luto obligado de la Semana Santa dejaban paso a la alegría del Sábado de Gloria, y a las 10 en punto el campanero lanzaba las campanas a rebato anunciando la Resurrección, la chiquillería recorríamos las calles del pueblo atronando con los cohetes y de las casas salían las madres con la “post” sobre la cabeza en dirección al horno para hornear las monas de Pascua.
El Primer Día de Pascua (actual Domingo de Resurrección) por la tarde el pueblo se quedaba desierto: todos estábamos en las eras y atarazanas de los alrededores provistos de un “saquet” (los chicos) y un capazo de palma decorado con vivos colores (las chicas). Entre las viandas no podía faltar una lechuga y unas cebolletas, un envoltorio de papel de estraza con sal y una botellita de aceite de oliva, ni las longanizas pascueras largamente oreadas colgando en la cocina desde al menos quince días antes. Ni, desde luego, la mona, el “panou”, esa oronda delicia de masa dulzona coronada por un huevo duro y adornada con clara de huevo montada.
Al atardecer, después de merendar y bailar infatigablemente todo el repertorio de canciones de corro, volvíamos al pueblo y las casas se iban tragando a sus habitantes buscando el ansiado reposo para poder continuar la fiesta los tres días preceptivos.
Hoy las eras y atarazanas son polígonos industriales, y cada vez quedamos menos nostálgicos de aquellos tiempos. Mis sobrinos pequeños me miraban con extrañeza mientras les contaba estas cosas, fastidiados por tener que desatender esas extrañas maquinitas con pantalla a las que están pegados constantemente.
Y he venido solo a sentarme bajo la higuera y comerme mi mona de Pascua y a rumiar que hay vivencias que no se pueden compartir… Ni falta que hace, añado.
El tiempo sigue revuelto y no apetece sentarse bajo la higuera. Se acerca la semana fallera con el temor de que la lluvia pertinaz se lleve por las alcantarillas el trabajo de todo un año preparando nuestra fiesta grande. Antes se hacían rogativas al Santo Patrono de cada pueblo para que aliviase las sequías; aunque, ciertamente, las fértiles tierras de La Ribera valenciana nunca han tenido problemas de agua. Por aquí más bien se hacían rogativas en Septiembre cuando amenazaba tormenta y los arrozales estaban sin segar o con las gavillas en la era esperando la trilla. Ahora no se habla de esas cosas, es curioso…
Pero la escasez de agua de riego es un problema en otras regiones tradicionalmente huertanas. Los polémicos proyectos de trasvases desde cuencas excedentarias se han convertido en armas arrojadizas de nuestra (mala) clase política para agredirse verbalmente mientras esperan confortablemente instalados hasta que llegue final de mes y cobren sus abultados sueldos en tiempos de crisis. Si las abundantes lluvias llenan los pantanos y se recuperan los acuíferos van a tener que buscarse otro tema de debate porque éste habrá perdido actualidad.
Y eso me recuerda el canallesco “bluff” de la Gripe A y el revuelo que se armó con el tema de la vacuna. Ni Gripe A, ni mus, ni pollas… Ya lo presentíamos la gente sensata. Y ahora, a ver qué hace el Estado con las vacunas adquiridas. ¿O no las compró? O, como estamos en crisis, no piensa pagarlas… ¡Menuda pandilla de zánganos! Un comprometido silencio rodea el asunto. Claro, como “los medios” andan ahora de terremoto en terremoto…
Los terremotos, maremotos (me niego a utilizar el vocablo tsunami, como me niego a aceptar que la ciudad de Milán de toda la vida ahora la llamen Mílan algunos papanatas que se autoproclaman periodistas deportivos futboleros) y similares catástrofes naturales no son para tomarlas a chanza, desde luego. Malos días pasé pensando en mis amigos chilenos, hasta que he ido recibiendo noticias de todos ellos diciendo que han salido ilesos.
Los Reyes Magos llegaron con frío, lluvia y hasta nieve a mi habitualmente templada tierra. Todavía andaban los pequeños disfrutando sus esperados regalos cuando el barómetro comenzó a bajar peligrosamente y un viento huracanado nos trajo la ruína: árboles arrancados de cuajo, cosechas perdidas, invernaderos volando por los aires... Pero lo sabíamos. Los partes meteorológicos venían anunciando con antelación el riesgo. Una catástrofe anunciada no es menos catástrofe pero permite tomar algunas medidas preventivas.
Hoy, por fin, el sol ha asomado tímidamente su redonda cara bondadosa y me he apresurado a sentarme debajo de la higuera a solearme un poco. Estaba yo rumiando los efectos del huracán cuando me ha venido a la memoria un correo que recibí ayer de un conocido, en el que me enviaba adjunto un archivo con una presentación en PowerPoint conteniendo los horóscopos según los signos del zodíaco. Hasta ahí la cosa podía resultar hasta simpática. Pero cuando me entró el descojone fue al final, cuando el autor del bodrio (no mi corresponsal) me pronosticaba un mañana (por hoy) lleno de desgracias que se prolongarían durante los próximos siete años (número cabalístico) si no enviaba el susodicho bodrio a otras direcciones de mi agenda. Cuantas más, mayor sería mi suerte futura.
Leer las estrellas es tan antiguo como el propio fenómeno humano. La profundidad del cielo estrellado es estremecedora y su cambio circular estacional invita al misterio sobrecogedor y a sentir la presencia de fuerzas sobrenaturales. No sorprende que surgieran los astrólogos y que de sus observaciones en largas noches de vigilia se buscaran relaciones fenomenológicas.
El ser humano se ha visto siempre enfrentado a ese gran misterio de sí mismo, y de su angustia se han aprovechado y se aprovechan ciertos "magos" recetando soluciones que van desde los credos religiosos a los consultorios de todo tipo. Todo sea bienvenido si con ello se consigue aliviar esa angustia vital de las personas, o de algunas al menos.
Pero los fantoches que vaticinan gratuitamente terribles desgracias a quienes les siguen si no realizan determinados actos de acatamiento de su voluntad, los miserables que juegan canallamente con lo que de supersticioso tenemos, ésos, son gentuza. Y los hay en todos los ámbitos. No es la primera vez que me ha llegado un mensaje en cadena pidiendo que rezara tal o cual jaculatoria a determinado Santo del santoral cristiano y que la hiciera circular bajo pena de terribles desgracias.
Somos seres leves y a menudo indefensos ante el devenir. Cae dentro de lo posible que mañana, o un día de estos, o dentro de unos años me acaezca una desgracia (¡ojalá que no!). Seguro que si el hideputa que ha confeccionado el amenzador horóscopo que recibí ayer se entera dirá a sus devotos: "¡Claro! Si ya se lo vaticiné yo...". Y se quedará tan ancho.
Hoy hace un frío “que pela” debajo de mi higuera, aunque menos que estos días pasados. Llovizna. Pero es el día del sorteo extraordinario de la Lotería de Navidad, es decir, el comienzo oficial de las Navidades según el cómputo ancestral de la España de alpargata y pandereta. Tal día como hoy, hace muchos años, vivíamos pendientes de la retrasmisión por la radio del sorteo, mientras las mujeres andaban cacharreando por la cocina preparando los dulces de Navidad. Todo casero. No había otra posibilidad. En la llar ardían unos troncos de naranjo dando calor y aromatizando la casa. Recuerdo aquellas sensaciones de niño con cálida añoranza. Para quienes paséis estos días por esta página:
¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! Froehliche Weihnachten und ein gluckliches Neues Jahr! Felices Navidaes y prosperu Añu Nuevu! Bon Nadal i Feliç Any Nou! Merry Christmas and Happy New Year! Zorionak eta Urte Berri On! Joyeux Noël et Bonne Année! Bo Nadal e Prospero AniNovo! Kala Christougenna Kieftihismenos O Kenourios Chronos! Mo'adim Lesimkha! Buon Natale e Felice Anno Nuovo! Boas Festas e um feliz Ano Novo! Pozdrevlyayu s prazdnikom Rozhdestva is Novim Godom! Etc.
Desde mi higuera no se ve la Albufera, pero basta salir al balcón de la casa para tener una amplia panorámica de la laguna, brillando bajo los reflejos del primer sol de la mañana. Y me he puesto a recordar…
Andaba yo por el final de mis “teens”, allá por 1961, cuando se produjo el secuestro del buque trasatlántico “Santa María” por un comando capitaneado por el portugués Henrique Galvao. Fue un intento de llamar la atención del mundo contra las dictaduras ibéricas, la de Salazar en Portugal y la de Franco en España, aunque la prensa española maquilló el suceso con otros tintes patrioteros. Se ha sabido luego que Franco ordenó al buque de guerra español “Canarias” que fuera en su busca con orden de hundirlo en cuanto lo avistara. Pero parece ser que todo fue una bravuconada y un paripé de los militarotes bigotudos de aquellos tristes años, el “Santa María” arribó a Recife en Brasil y los piratas se acogieron al derecho de asilo político.
Digo esto porque mi cuadrilla de amigos, aficionados a la pesca y a navegar en barca por la Albufera, nos autodenominamos desde entonces “Los Galvaos”. No es que en nuestras correrías anduviéramos secuestrando barcas de agua dulce. Tampoco que el nombre llevara detrás ningún matiz político (¡pobres infelices, nosotros, adoctrinados en la monolítica Formación del Espíritu Nacional!). Fue, simplemente, que Galvao nos cayó simpático (y no fuimos los únicos).
Pero, hablando de piratería, me viene ahora a la memoria la piratería musical y las gilipolleces que ventosean en la SGAE sus jerifaltes y acólitos desde sus poltronas, fincas multimillonarias y otras menudencias. ¡Hatajo de inmorales subidos al carro de la abundancia! Soy pirata. Soy pirata desde los 16 años, desde que cayó en mis manos mi primer magnetófono de carrete, un entonces ya viejo Ingra. Desde entonces hasta ahora mi estudio de pirateo musical se ha modernizado mucho. He grabado para mi disfrute y el de mis amistades decenas de miles de canciones. Y lo seguiré haciendo. También he comprado (y sigo comprando) algunos miles de discos de vinilo (mi debilidad) y unos cientos de CDs, que todo no va a ser piratear.
Me jode que la música en cualquier formato se considere un artículo de lujo y vaya cargada con impuestos abusivos “ad hoc”. La cultura no puede ser tratada como un artículo de lujo. Pero, en el caso particular de la industria discográfica, el volumen de negocio es de tal calibre que los márgenes de beneficios son sencilla y llanamente una inmoralidad resultante del atraco a las magras economías de la mayoría de aficionados. ¿De dónde, si no, saldrían las sustanciosas fortunas de los quejumbrosos “ídolos” y de quienes a ellos se arriman a comer la sopa boba? Pero por lo visto quieren más, lo quieren todo.
Con la ley en la mano, la piratería musical y videográfica es un delito sin paliativo. Pero hay leyes justas, menos justas y del embudo. Así que, al igual que hacían cuando les convenía aquellos señorones feudales frente a ciertos decretos reales, “acato pero no cumplo”. Favor que hago al decir esto al legislador y a la cohorte de plañideras que berrean por aumentar su peculio a costa de mi bolsillo y del de otros muchos, porque el señorón medieval al decir “acato” reconocía la superioridad moral y de rango de quien podía legislar, pero yo no estoy nada convencido de que esos tales de la SGAE merezcan tal consideración.
Hace demasiado calor para un otoño tan avanzado. Mi higuera conserva casi todo su follaje y su sombra se agradece todavía a estas alturas de noviembre. Y mosquitos..., hay miríadas de mosquitos; como en verano.
Desde hace tiempo vengo pensando que hay al menos dos profesiones que están de sobra. Una es la de economista: nunca aciertan nada, nunca son capaces de prever las crisis económicas, nunca atinan con las soluciones. Al final, como siempre, los mercados se autorregulan y hacen que las aguas revueltas vuelvan a su cauce tras devastar algunas propiedades. La otra profesión que está de sobra es la del ecologista oficial, la del funcionario ecologista. Están de sobra, lógicamente, los departamentos gubernamentales que dicen que se dedican a cuidar del medio ambiente.
Soy de tierra de arroz. La Albufera de Valencia era uno de los parajes más hermosos que recuerdo haber disfrutado de joven. Allí, con mis amigos, en sus barcas de agua dulce, hemos pescado buenas anguilas y lubinas, las hemos guisado todavía coleando “a la vora d’un sequiol” (en la orilla de una acequia) y nos las hemos comido regadas con recio vino de Turís. Luego, si hacía calor, ¡al agua, patos! Ahora en las aguas sucias de la Albufera sólo hay miseria y podredumbre, esa que arrojamos hace años a toneladas cuando el desarrollismo industrial todo lo justificaba y que ahí ha quedado envenenando metros y metros del suelo cenagoso del marjal. Pero sigue siendo tierra de arroz, a pesar de las putadas.
La última ha venido de fuera, como casi siempre. Resulta que desde tiempo inmemorial, después de segar el arroz, el rastrojo se quemaba. Era una operación salutífera y terapéutica: el fuego quemaba los nidos de insectos provocadores de plagas, limpiaba el campo y la ceniza era un buen abono natural. En las casas había animales (caballos, vacas), y la paja de arroz servía para higienizar los suelos de las cuadras. Pero desde hace ya muchos años no hay animales de tiro y las vacas se han de estabular fuera de los pueblos, en establos que han de reunir las condiciones dictadas por ciertas normativas. Otra parte de la paja de mejor calidad se la llevaban los vinateros para hacer fundas con las que proteger las botellas en sus cajas de embalaje. Ahora la protección se hace con cartón y materiales sintéticos.
En resumen, que la paja de arroz ya no sirve ni para pasta de papel porque dicen que resulta más caro recogerla que el beneficio que da.
Y ahora viene lo bueno. Los arroceros, siguiendo su inveterada costumbre, a finales de septiembre o primeros de octubre quemaban la paja y los rastrojos. Pero este año no. Resulta que los “países europeos” se han quejado porque el humo de las pajas ensucia su atmósfera, etc., etc. No tengo muy claro a qué pajas se refieren… Lo cierto es que los ecologistas oficiales de la Comunidad Valenciana, lejos de argumentar los aspectos beneficiosos de tal uso, a la chita callando se han bajado los calzones ante los protestantes y han prohibido la quema del rastrojo arrocero. Seguro que habrán inflado el pecho (quizás lo único que se les infla) y habrán dicho: “Nosotros, los más obedientes y ecologistas del mundo”.
Pero resulta que este año, de otoño particularmente cálido, la paja comenzó a pudrirse y se ha convertido en un inmenso criadero de insectos, en particular de mosquitos. Estos insectos, en forma de plaga, están atacando a otros cultivos hortícolas y obligando a usar pesticidas que hasta ahora resultaban innecesarios. Y las personas humanas (uso el pleonasmo a sabiendas para poder excluir a los ecologistas) nos vemos perseguidos día y noche por los moquitos, defendiéndonos, cómo no, con mosquiteras e insecticidas de farmacia. Llegará la hora de plantar la próxima cosecha de arroz y los campos estarán echos una porquería. Porque ¿qué han de hacer los arroceros con la paja? Nadie de la Administración ha dado directrices al respecto.
Total: todo un éxito de la política ecológica. ¡Si serán borricos titulados superiores!
He pasado unos días apacibles, otoñales, en los albergues de Péret (Francia), un pueblecito de no más de 500 almas situado en el corazón de los viñedos de L’Hérault. Buenos vinos, buena cocina campiñesa y todo el tiempo del mundo para dar largos paseos y pensar en las musarañas. El pueblo tiene apenas una docena de calles, una de las cuales está dedicada a los esposos Curie. Intenté en vano recordar algún pueblo o ciudad española con alguna vía pública dedicada a algún científico español de renombre universal pero resultó en vano. Quizás Severo Ochoa. Y es que, mientras el desarrollo de las ciencias debe mucho a científicos franceses como Pasteur, Lavoisier, Carnot, Pascal, Ampère, Becquerel, Gay-Lussac, Fourier, Laplace, Cauchy, l’Hôpital, Poisson, Berthollet, Le Châtelier, Baumé, Mariotte, Flammarion (por mencionar sólo a algunos de los muchos a quienes los franceses honran dedicándoles calles y plazas), cuyas aportaciones recuerdo haber estudiado en mis años de bachillerato, en esos mismos años y textos de formación básica no recuerdo que figurara ningún científico español. Y me he preguntado por qué. La respuesta a la raquítica aportación española al panorama de las Ciencias (con mayúscula) podría ejemplarizarse en la desafortunada frase nada menos que de D. Miguel de Unamuno, dicha a comienzos del siglo XX: “¡Que investiguen ellos!”. O la más genérica, trágica y patética del matón con galones de general Millán Astray (que sí tiene o ha tenido muchas calles con su nombre): “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!” (relacionada, curiosamente, con un discurso de Unamuno). Y es que durante demasiados siglos ha habido el triste convenciendo de que los españoles debían ser la mitad frailes y la otra mitad soldados (las españolas contaban poco en la comedia). La rica España Imperial, esa en cuyas tierras no se ponía el sol, no fue capaz de alumbrar ningún científico. Muchos humanistas, eso sí. Pero en Francia, en Alemania, en Inglaterra e incluso en Italia, además de grandes humanistas fueron surgiendo esas cabezas pensantes que, contra viento y marea en ocasiones, han hecho posible el desarrollo científico y tecnológico que disfrutamos todos. El “quid” de la cuestión está ahí: en el poder ilimitado que durante siglos han ejercido la Iglesia Católica y las instituciones militares sobre la educación. Sobre todo la Iglesia y su política castrante del desarrollo científico que tan frontalmente choca con el inmovilismo dogmático. Sí, que investiguen los otros, los librepensadores, los heterodoxos, los descreídos, los ateos, los protestantes, los infieles, los condenados al fuego eterno. Mientras tanto, veamos la televisión que se ha inventado gracias a ellos…
Tragicomedia de la gripe A, en varios actos, unos claramente criminales, otros de puro negocio sinvergonzón. Cuando allá por el mes de abril saltaron las alarmas en los medios de comunicación (siempre dispuestos a lanzar a bombo y platillos las noticias más extravagantes tiñéndolas de verdades incuestionables), amenazando a la población mundial con una plaga pestilífera de magnitudes bíblicas por contagio del virus N1H1 que se extendería desde México, hice una mueca de incredulidad. Hoy, seis meses más tarde, sentado bajo mi higuera viendo caer los primeros pámpanos otoñales, me ha dado por sintetizar tanta basura informativa y buscar los tres pies al gato del asunto, que los tiene.
El show mexicano quedó en apenas nada (con todos mis respetos y condolencias para las pocas víctimas de la epidemia que perdieron la vida, cuya tragedia personal y familiar es inconmensurable; a quien le ha tocado la china no le valen paños calientes). Pero, en términos estadísticos (que es una forma de valorar la gravedad de una epidemia), a estas fechas, las muertes por los efectos de la gripe A no superan la cifra de 4.000 en todo el mundo, mientras que para la gripe estacional se manejan cifras entre 40.000 y 200.000 fallecidos. Sin embargo, el efecto de la noticia sobre la población (entre otros) se tradujo en el asalto masivo a las farmacias a comprar mascarillas de papel que, al menos en Madrid, se agotaron en unas horas mientras los fabricantes se frotaban las manos y ponían las máquinas a toda pastilla para aprovechar el tirón del negocio. Yo he presenciado en el metro cómo, cuando alguien estornudaba, se hacía un vacío preventivo a su alrededor.
Con todo, lo de la gripe A ya no es una epidemia sino una pandemia, que es una calificación de mucha mayor gravedad. Pero para poder ser declarada pandemia la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha tenido de modificar recientemente la definición de pandemia, porque con la anterior no entraba. Uno, que es perro viejo escéptico en tantas cosas, sabe de las aficiones barraganas de la ONU, exhibidas sin ningún pudor casi a diario. Por lo visto, esas aptitudes para la prostitución adornan también a organismos de ella dependientes como la OMS. ¿Que por qué digo esto? Pues porque ante una epidemia (u otro mal grave que tenga que ver con la salud pública) la OMS recomienda a los estados miembros cómo deben actuar para resolverla. Como se trata de una recomendación, dichos estados pueden o no hacer caso a la OMS. Pero ante una pandemia la OMS ordena lo que hay que hacer de manera ineludible. Así las cosas, la OMS puede ordenar la obligatoriedad de que se vacune a toda la población mundial contra el virus de la gripe A. Y ahora quienes se frotan las manos de contento son las multinacionales farmacéuticas, que ven la posibilidad de fabricar miles de millones de vacunas con la venta asegurada. La presión mediática se está encargando de preparar el terreno, aireando cada fallecimiento por gripe A y callándose los cientos de fallecidos por gripe estacional en el mismo periodo. ¡Vaya mierda de periodistas!
Hay quien dice que, en realidad, el brote de gripe A ha sido provocado. Lo cual, de ser verdad, sería un verdadero crimen contra la Humanidad. Algo debe haber de cierto porque se ha dicho que los técnicos de un laboratorio farmacéutico desenterraron el cadáver de un esquimal fallecido en la gran epidemia de gripe A de hacia 1920, extrajeron el virus N1H1 congelado y lo han reproducido artificialmente. En posible relación con esto, cierta multinacional farmacéutica distribuyó hace poco por Europa central 17 kg de vacunas (miles de dosis) contra la gripe estacional. Pero, mira tú por dónde, a un técnico de uno de esos países se le ocurrió analizar lo que contenían los viales de vacuna y se encontró con la sorpresa de que había una mezcla de cepas de gripe estacional y de gripe A. Es decir, cepas de gran capacidad de contagio pero baja mortalidad (gripe estacional) y cepas de difícil contagio pero elevada mortalidad (gripe A). Si las leyes de Mendel no son erróneas (que no parece), algunas personas inoculadas con esa vacuna podrían haber desarrollado una cepa mutada de gran morbilidad y gran capacidad de contagio. Obviamente las vacunas se devolvieron al laboratorio fabricante, cuya única disculpa parece ser que fue algo así como “¡vaya error más tonto!”. A la cosa no se le dio ninguna publicidad (o muy poca) y espero y deseo que esos viales asesinos no estén viajando a un destino tercermundista, incluso dentro de algún programa de beneficencia de la OMS.
Porque detrás de todo este asunto canallesco están las poderosas multinacionales que, encima, se quieren lavar las manos como Pilatos y han exigido (y obtenido en EE.UU.) una ley que les exima de toda responsabilidad por los posibles efectos secundarios de sus vacunas, de modo que ningún paciente afectado pueda llevarles ante los tribunales y exigir daños y perjuicios. Todo muy transparente, n’est pas?
Los brotes de gripe A no son nuevos. Ya he mencionado la epidemia de los años 20, y recuerdo la que afectó a España hacia 1970, tras la cual los maduritos como yo quedamos inmunizados. Pero si se ponen en circulación cepas mutadas no vale ninguna autoinmunidad. Y nadie es capaz de controlar esa amenaza bacteriológica.
Tal como están las cosas, no me voy a vacunar. Si las autoridades hacen la vacunación obligatoria, tendrán que mandar a los civiles para sacarme a rastras de debajo de mi higuera.
En fin, echen un vistazo a este vídeo, que no tiene desperdicio. Es la primera parte de seis, que pueden encontrar en YouTube.
Septiembre es un mes de retornos (en España). Es el regreso de las vacaciones, su final inaplazable e inexorable para muchos; es el comienzo del nuevo curso en escuelas, institutos y universidades… Desde mi higuera todo eso me parece hoy muy lejano y, sin embargo, hace apenas una semana que terminé mis obligaciones docentes en la universidad y ayer las del museo. Septiembre es un mes de crisis. A muchas personas les entra el “yuyu” por tener que volver a las rutinas del trabajo diario, algo que en una época de crisis como la actual, con tanto paro, parece un lujo inexplicable. El hecho mismo de tener vacaciones ya es un privilegio, tal y como pintan las cosas. Y es que hay demasiada gente sobre la que recae con todo rigor la maldición bíblica: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. El sudor, como metáfora, significa ante todo tener que hacer algo que a uno no le gusta una jornada tras otra, todos los días del calendario laboral. En septiembre les llega a muchos el síndrome post-vacacional, la angustia de una vida sin sentido o con un sentido distinto del deseado. Yo he tenido la gran suerte, hasta ahora, de que me gustaran mis obligaciones. Cuando era estudiante de bachillerato me hartaban aquellas vacaciones tan largas, desde finales de mayo hasta primeros de octubre. Estaba deseando volver a las aulas y encarar un nuevo curso. Luego, como profesional, casi siempre he trabajado en lo que me ha gustado. No digo que no haya habido contratiempos e incluso situaciones crispantes. Pero el balance siempre ha sido positivo. Mi obligación ahora es ser un jubilado feliz, y pienso cumplirla al pie de la letra.
La higuera es en mi tierra, la Huerta Valenciana, un árbol frondoso, a menudo centenario. En verano, su sombra adensada por los grandes pámpanos y aromatizada por la lechosa savia es refugio amable donde sestear tumbado en una hamaca. En invierno sus peladas y nudosas ramas parecen querer detener las nubes. Me gusta sentarme, entonces, sobre la rumorosa hojarasca. La higuera es un árbol importante en mi vida; sobre todo lo fue durante mi niñez y adolescencia. Recuerdo la higuera negra de mi tío Vicente en el Bovalar y la blanca en Els Sassens, a las que no me dejaban encaramarme (tendría yo 6 ó 7 años). Hoy ya no existen, abatidas por el transformismo urbanístico. Tampoco existe ya, por las mismas razones, la de Ricardo, a la que nos subíamos la pandilla de chavales para tramar en secreto nuestras correrías veraniegas, ocultos en la fronda. Pero todavía están ahí, centenarias, la de la Casa del Tío Cabrera y la de la Señora Anita. Me conozco sus ramas una por una, casi con los ojos cerrados; por todas he brincado, reptado o me he dejado caer balanceándome al estilo de Tarzán. En más de una horquilla me sentaba a masturbarme siendo adolescente, sin saber todavía que el higo es una fruta erótica cantada en bellas poesías por los poetas árabes medievales (la higuera, el sicomoro fue traído a España por los moros) y vulgarizada chabacanamente por la gente soez, también. Hace unos años planté una higuera en el corral de la casa de campo. Ya está crecida y da higos negros pero no la veré llegar a su pleno desarrollo: hace falta un tiempo del que mi vida no dispone. Pero no me importa: es mi higuera, me da sombra y frutos y puedo sentarme bajo sus jóvenes ramas y contemplar el mundo desde mi higuera, ahora que, jubilado, muchas cosas han cambiado en mi entorno. A aquella sensación de levedad del ser que siempre me acompañó se suma ahora cierta necesidad de síntesis, de ordenar mis cosas para dejarlas en un mundo que cada vez me resultará más ajeno. He ganado en dominio del tiempo para hacer lo que me convenga con pocas limitaciones externas, precisamente cuando la lógica me dice que a mi reloj de arena le quedan pocas vueltas. Pero eso no me preocupa, ni mucho menos me angustia. Cargo en mis espaldas tanta historia vivida que lo ya hecho me colma; lo que venga será una añadidura, una guinda. Y tengo tantos planes para esa añadidura que me temo que voy a dedicar poco tiempo a estar en la higuera.